Cómo podemos acabar con la pobreza en nuestra vida

Cómo podemos acabar con la pobreza en nuestra vida
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El dramaturgo George Bernard Shaw escribió en una ocasión que la pobreza es «el mayor de los males y el peor de los crímenes». Aunque Shaw escribió esas conmovedoras palabras hace más de un siglo, la realidad es que demasiadas personas siguen llevando vidas marcadas por el hambre y las privaciones.

Lo más injusto es el número de niños que crecen en la pobreza. Según UNICEF, más de 160 millones de niños menores de cinco años con desnutrición sufren retraso del crecimiento, y 22.000 niños mueren cada día a causa del hambre u otros problemas de salud provocados por la pobreza. La mayoría muere en silencio, sin poder luchar por sí misma.

El aspecto positivo es que se han logrado avances en la reducción de la pobreza. Entre 1990 y 2010 –un periodo en el que cayó el comunismo y se abrieron los mercados–, el porcentaje de personas que vivían en pobreza extrema en las economías en desarrollo se redujo a la mitad, hasta el 21 %.

No obstante, eso deja a más de mil millones de personas sobreviviendo con $1.25 o menos al día. Como dijo en una ocasión Nelson Mandela, la pobreza no es un hecho de la naturaleza, sino un problema creado por el ser humano que puede superarse y erradicarse con la acción de todos nosotros.

El Banco Mundial se ha fijado el ambicioso objetivo de sacar de la pobreza extrema a los últimos mil millones de personas para 2030, y es un empeño que todos deberíamos apoyar. Realmente hará falta «la colaboración de todos», porque el Banco Mundial no puede acabar con la pobreza únicamente mediante su labor de desarrollo.

La cuestión, entonces, es qué más puede hacerse y, no es de extrañar, existen diferencias razonables sobre las demás tácticas que deberíamos emplear. Por ejemplo, algunos abogan por condonar las deudas de los países pobres, mientras que otros defienden programas de microfinanciación que ofrecen préstamos a nivel de base.

Existe otra solución que ha recibido poca atención, pero que tenemos justo delante: poner en marcha reformas comerciales que faciliten a cada artesano, a cada emprendedor y a cada pequeño agricultor vender libremente sus productos en otros mercados.

En UPS, siempre hemos creído en el poder habilitador del comercio, y me alienta que esta idea esté ganando terreno en los círculos del desarrollo. Por ejemplo, el Banco Mundial señaló en un informe de 2009 que «la reducción sostenida de la pobreza a largo plazo depende de estimular el crecimiento económico, que a su vez depende de la reforma de la política comercial».

La historia demuestra que las naciones que abren sus economías al comercio se vuelven más prósperas con el tiempo. La liberalización del comercio crea la oferta y la demanda que impulsa a las empresas a contratar a más empleados, lo que a su vez permite a estos trabajadores alimentar a sus familias.

Abrir las economías también obliga a las empresas a ser más competitivas. Las que afrontan el reto suelen poder exportar después sus bienes y servicios a otros países.

Pero primero debemos poner en marcha las iniciativas comerciales que actualmente están sobre la mesa. Entre ellas figuran el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios, la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP), la Asociación Transpacífica (TPA) y el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio (TFA).

En conjunto, estas iniciativas reducirían aún más las barreras arancelarias y no arancelarias, liberalizarían los servicios y la contratación pública, y promoverían una mayor cooperación entre los reguladores. Y crearían empleo –y esperanza– en las regiones donde escasean.

El Instituto Peterson de Economía Internacional calcula que solo el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio crearía 21 millones de nuevos empleos, de los cuales 18 millones se generarían en las economías en desarrollo.

Por supuesto, estas iniciativas han topado con su parte de resistencia política. Esta resistencia era de esperar, porque los pactos comerciales siempre han encendido las pasiones.

Hace casi 200 años, el historiador británico Thomas B. Macaulay observó que «el libre comercio –una de las mayores bendiciones que un gobierno puede conceder a su pueblo– es impopular en casi todos los países».

Pero la historia reciente ha demostrado cómo el comercio puede impulsar a las economías en desarrollo y a sus habitantes. Solo tenemos que comparar la China de hoy –próspera y con presencia global– con su etapa previa a la liberalización para ver los beneficios de abrir mercados que durante mucho tiempo estuvieron aislados.

La historia también ha demostrado la necesidad de ayudar a las economías a hacer la transición hacia un mercado abierto. Por ejemplo, aunque los beneficios del comercio son innegables, hay un argumento razonable a favor de prestar asistencia a los trabajadores desplazados que necesitan tiempo para aprender nuevas habilidades.

Al margen de estas cuestiones, todos tenemos la obligación moral de no vacilar en nuestro apoyo, porque los beneficios del comercio –económicos y humanitarios– son demasiado poderosos como para ignorarlos. Pero se requerirá un compromiso continuo de las naciones y sus pueblos, junto con los esfuerzos de los sectores público y privado, para acabar con las injusticias que la pobreza impone a los menos favorecidos.

Este artículo se publica en colaboración con CNBC. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: David Abney es director ejecutivo de UPS

Imagen: Una niña vende manzanas junto a la carretera y espera clientes a las afueras de la ciudad angoleña de Lubango, el 15 de enero de 2010. REUTERS/Finbarr O’Reilly.

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