En febrero de 2012 escribí un blog sobre la relevancia para las revoluciones árabes que habían sacudido la región del informe de la ONU presentado poco antes, “Resilient People, Resilient Planet: A Future worth Choosing,” en el que se pedía la eventual adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Ahora, tres años y medio después, en la Asamblea General de las Naciones Unidas celebrada recientemente en Nueva York, los líderes mundiales respaldaron los ODS, una agenda ambiciosa que busca poner fin a la pobreza, promover la prosperidad y proteger el medio ambiente.
En 2012 situé los objetivos formulados en el contexto de la “primavera” árabe, afirmando que los ODS “se vinculan con cuestiones que están en el centro de las revoluciones árabes: el crecimiento económico, la equidad y la inclusión, y las políticas que nos alejan del uso insostenible de los recursos naturales (pensemos en el agua para la región MENA y en las subvenciones a la energía, así como en otras políticas que desvían los recursos)”. Huelga decir que todas estas cuestiones siguen muy vigentes, pero el problema del conflicto violento sostenido aún no había penetrado en nuestra conciencia colectiva como lo ha hecho con tanta fuerza desde entonces. En aquel momento, aunque había señales de lo que vendría (algunas más claras que otras), Irak, Libia, Siria y Yemen seguían en gran medida intactos, y un desenlace positivo más pronto que tarde parecía posible, mientras que el precursor de ISIS había sido derrotado y un resurgimiento importante parecía poco probable.
Ahora, tres años y medio después, el factor determinante en gran parte de la región es la fragilidad y el conflicto. Hay guerra abierta en los cuatro países y una nueva generación de extremistas representa un serio desafío en toda la región, que llega hasta Europa, Estados Unidos y más allá.
Efectivamente, la fragilidad y el conflicto constituyen un desafío global, y en una sola de sus manifestaciones, el mundo cuenta ahora con 60 millones de personas desplazadas frente a 45 millones en 2012. Entonces había menos de 700 000 refugiados sirios y unos 2 millones de desplazados internos a finales de 2012. Estas cifras se sitúan ahora, respectivamente, en más de 4 millones y 8 millones. Además, hay actualmente 4 millones de desplazados internos iraquíes y solo Turquía acoge a más de 100 000 refugiados iraquíes. Huelga decir que ni Libia ni Yemen han quedado al margen del desafío humanitario.
Todo ello pone de manifiesto que, ante este desafío a escala regional y mundial, las necesidades humanitarias son hoy enormes y quedan sin cubrir en cantidades significativas. En 2000, el gasto humanitario mundial había sido de 2000 millones de dólares, alcanzó los 25 000 millones de dólares en 2014 y sigue aumentando, aunque lo lastran déficits del 40 % para 2015. Mientras tanto, los conflictos costaron a la economía mundial 14,3 billones de dólares, más del 13 % del PIB mundial. Sin embargo, la distinción entre la ayuda humanitaria y la ayuda al desarrollo es cada vez menos clara. Esto es especialmente cierto en los países frágiles y afectados por conflictos, donde las agencias se esfuerzan por hacer frente a cuestiones relacionadas con la educación, la salud y la sostenibilidad de las comunidades en riesgo.
De hecho, una lección importante de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que los ODS sustituirán a finales de 2015, fue la importancia crítica de abordar la fragilidad y el conflicto: 50 de los países más frágiles acogen hoy al 43 % de las personas que viven en pobreza extrema, pero para 2030 esta cifra ascenderá al 62 %. El informe final de la ONU sobre los ODM señala que “los conflictos siguen siendo la mayor amenaza para el desarrollo humano”.
Cada vez resulta más evidente que la desigualdad que crece más rápido es la que separa a los Estados frágiles y afectados por conflictos de los estables. David Miliband , actual presidente y director ejecutivo del International Rescue Committee y exsecretario de Estado de Asuntos Exteriores del Reino Unido, pide establecer objetivos especiales para las personas que viven en Estados frágiles y afectados por conflictos, en torno a los cuales las agencias humanitarias y de desarrollo podrían alinear sus esfuerzos.
La alineación y las alianzas con otras agencias donantes, organizaciones humanitarias, gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y el sector privado sustentan la nueva estrategia MENA del Grupo Banco Mundial. La nueva estrategia comienza reconociendo que las transiciones regionales han sido mucho más dolorosas y violentas de lo previsto hace cuatro años. El foco está ahora en utilizar el desarrollo para promover la paz y la estabilidad social, condición sine qua non para acabar con la pobreza y aumentar la prosperidad compartida. De hecho, dados los enormes efectos derrame de los conflictos de la región, los flujos de refugiados, el terrorismo, etc., la paz y la estabilidad en la región son un bien público mundial. La estrategia tiene cuatro pilares. Dos abordan las causas del conflicto y la violencia: por un lado, renovar el contrato social en la región mediante estructuras políticas y socioeconómicas inclusivas e impulsar una cooperación regional significativa en la región menos integrada del mundo. Los otros dos pilares abordan las consecuencias inmediatas de la crisis, es decir, construir resiliencia ante el impacto de los desplazamientos forzosos masivos de población, mediante el apoyo a las personas desplazadas y a las comunidades de acogida, y preparar la recuperación y la reconstrucción dondequiera y cuando surja la paz. Esto nos remite a nuestra misión inmediata tras la Segunda Guerra Mundial, cuando nos fundaron como BIRF, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento.
Esta entrada apareció por primera vez en The World Bank’s Voices and Views: Middle East and North Africa Blog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Omer Karasapan es coordinador de Conocimiento y Aprendizaje de la Región de Oriente Medio y Norte de África del Banco Mundial.
Imagen: Un niño refugiado sirio hace el signo de la victoria mientras asoma tras la valla de un campo de refugiados. REUTERS/Umit Bektas.


