Washington, D. C. – La economía estadounidense moderna fue moldeada por cuatro grandes iniciativas de infraestructura, cada una demasiado ambiciosa para que el sector privado pudiera emprenderla por sí solo: la red ferroviaria que abarca todo el continente, las autopistas interestatales, el sistema de control del tráfico aéreo e Internet. El sector público respaldó el desarrollo inicial de todas ellas, y cada una redujo drásticamente el costo del transporte y las comunicaciones, haciendo más fácil, barato y seguro trasladar bienes, personas e información.
Ante la posibilidad de una nueva gran inversión en infraestructura, una prioridad evidente es reconstruir y renovar las partes deterioradas de los sistemas existentes. Sin embargo, Estados Unidos puede hacer aún más por la productividad y la creación de empleo si considera quiénes y qué necesitan estar mejor conectados con la acelerada frontera científica. Históricamente, la innovación ha generado un crecimiento más rápido y buenos empleos. Pero Estados Unidos ha perdido su ventaja innovadora en ciencia básica y, con ella, muchos de los empleos bien remunerados relacionados con la creación de conocimiento y su transformación en bienes que desean los consumidores. La mejor manera de recuperar esa ventaja es priorizar nuestras inversiones públicas con una visión de futuro, que incorpore a personas y lugares de todo el país en los procesos que generan nuevas ideas y productos revolucionarios.
El problema central de la geografía económica actual de Estados Unidos es que una proporción muy alta de las nuevas oportunidades se concentra en unas pocas grandes áreas metropolitanas costeras, en particular Boston, Nueva York, Washington, D. C., Seattle, San Francisco y Los Ángeles. Estas ciudades obtienen buenos resultados en la creación de nuevas empresas y empleos relativamente bien remunerados, pero también están extremadamente congestionadas y los precios inmobiliarios, ya elevados, siguen subiendo. A muchas personas talentosas les cuesta acceder a estos mercados laborales, y los residentes de menores ingresos se ven cada vez más desplazados.
Los esfuerzos existentes para abordar el problema de la aglomeración extrema no han dado resultado. Mejorar el acceso a viviendas asequibles en estas «ciudades estrella» exige cambios importantes en las normas de zonificación, un proceso glacial o incluso políticamente inviable en lugares como Boston, Washington, D. C. o San Francisco. Las autoridades también podrían mejorar los enlaces de transporte entre el resto del país y estos centros de actividad económica. Sin embargo, aunque los trenes de alta velocidad funcionan bien en China y Europa, en las últimas décadas los intentos de ponerlos en marcha en Estados Unidos no han avanzado en absoluto. Ampliar las rutas aéreas podría ayudar a algunos lugares, pero las ciudades más dinámicas ya tienen el espacio aéreo congestionado y sufren mucha contaminación acústica.
Un enfoque mejor, que recomendamos en nuestro nuevo libro, Poner en marcha Estados Unidos, consiste en aumentar drásticamente la inversión pública en ciencia básica —el fundamento de la investigación y el desarrollo— y distribuir este esfuerzo por todo el país. Esta estrategia busca impulsar la productividad y reforzar la cohesión nacional conectando a más personas con más oportunidades. Lamentablemente, en la actualidad Estados Unidos no aprovecha al máximo una de sus mayores ventajas frente a sus competidores internacionales: por razones históricas, muchas personas brillantes están repartidas por numerosas ciudades.
Nuestro índice de posibles centros tecnológicos de próxima generación identifica 102 lugares en todo el país que cuentan con poblaciones numerosas y muy instruidas, universidades sólidas, costos de vivienda relativamente bajos y desplazamientos fáciles. Estos lugares están en 36 estados y albergan a 80 millones de estadounidenses. Entre ellos figuran Rochester, Nueva York (un centro nuevo natural para la investigación en fotónica); Ames, Iowa (investigación agrícola); Huntsville, Alabama (aeroespacial); Orlando, Florida (simulación por computadora); y Baton Rouge, Luisiana (gestión del agua y las inundaciones).
La infraestructura científica requiere una infraestructura tradicional que funcione bien. Por ejemplo, Rochester y sus alrededores se beneficiarían enormemente de una modernización del aeropuerto. Sin embargo, las buenas carreteras y los puentes más seguros no necesariamente mejoran la productividad ni generan más empleos de calidad en la Estados Unidos moderna.
La prioridad principal ahora no es crear la posibilidad de trasladar físicamente personas y bienes: los sistemas de carreteras, ferrocarriles y transporte aéreo de Estados Unidos ya lo permiten (aunque siempre es buena idea reparar más baches). Lo que Estados Unidos necesita hacer es reunir a personas talentosas de todo tipo de orígenes y niveles educativos, de una manera que fomente grandes ideas nuevas y facilite su transformación en productos y empresas.
La creación de nuevos conocimientos básicos genera efectos indirectos: como ninguna persona ni empresa puede apropiarse de todos los beneficios, las entidades del sector privado tienden a invertir menos de lo necesario. Los gobiernos locales y estatales pueden promover beneficios sociales más amplios, y ya se están llevando a cabo iniciativas excelentes, también en las ciudades mencionadas. Pero, por debajo del nivel federal, la capacidad de los gobiernos para apoyar inversiones productivas es muy limitada. Los filántropos están realizando algunas contribuciones destacadas, incluso a través de diversas fundaciones, pero ni siquiera las personas más ricas tienen dinero suficiente para marcar una diferencia significativa a escala nacional.
El uso más productivo y de mayor impacto de los fondos federales destinados a infraestructura sería centrar las obras —y las reconstrucciones— en los sólidos núcleos locales de desarrollo tecnológico y talento. Esto supone elegir prioridades científicas nacionales, fijar objetivos ambiciosos, fortalecer los sistemas educativos locales y construir más laboratorios en lugares que ya cuentan con gran talento y reclaman a gritos más empleos de calidad.
Históricamente y en la actualidad, este tipo de innovación genera buenos empleos y desempeña un papel clave para garantizar la seguridad nacional en su sentido más amplio. El énfasis en la investigación básica no solo minimiza los riesgos de enfermedades y de toda forma de agresión externa, física y virtual; con la debida atención a la distribución geográfica de las inversiones, también puede contribuir a la prosperidad compartida que Estados Unidos necesita con urgencia.



