Nos encontramos en un momento decisivo de la historia. En todo el mundo, cada vez más personas tienen dificultades para creer en el relato del progreso social y económico compartido y continuo que ha prevalecido durante décadas.
La promesa de emancipación individual y colectiva implícita en la idea de progreso parece haberse roto. Resulta que el costo negativo, muy subestimado, del progreso tecnológico es un mundo fracturado.
Un mundo fracturado entre los ultrarricos y las clases medias y bajas, ya que los beneficios del crecimiento económico recaen esencialmente en el 1 % más rico; entre los ganadores y los perdedores de la globalización, pues el impulso arrollador de la liberalización comercial alimenta movimientos aislacionistas en el mundo desarrollado, entre sociedades que temen la posibilidad de declive.
Un mundo fracturado entre los trabajadores cualificados y los demás, ya que el progreso tecnológico y la disrupción crean brechas en el mercado laboral y ponen en cuestión el orden establecido; y entre el crecimiento económico y los desequilibrios medioambientales.
Estos contrastes resuenan aún más en la cámara de eco de las plataformas de información ininterrumpida, como las redes sociales, donde todos documentan, comparten y comentan constantemente estas tensiones, alimentando una insatisfacción y una indignación crecientes.
«Actualmente estamos al final de un ciclo»
Debemos prestar atención a esta indignación y entenderla como un deseo de un nuevo modelo. Tenemos que comprender que, si respondemos con palabras tranquilizadoras en lugar de acciones concretas, se buscarán soluciones en el populismo.
Creo firmemente que actualmente estamos al final de un ciclo. Cobra impulso la creación de un futuro compartido, más igualitario, inclusivo y respetuoso con el medio ambiente. Un futuro que, en última instancia, ofrezca mayores posibilidades de desarrollo personal y de control sobre nuestras vidas. Este deseo paralelo de renovación y progreso armonioso reconcilia los intereses contrapuestos del medio ambiente, la comunidad y el individuo.
La transición del sector energético
Este cambio de actitud se nota especialmente en el ámbito de la energía. La ciudadanía y los consumidores exigen que se tomen en serio el cambio climático y los problemas medioambientales. Se han realizado enormes inversiones en energías renovables, impulsando el progreso tecnológico, porque ahora existe una firme voluntad política de abordar estos desafíos.
Pero ¿puede un foro como Davos, a menudo visto como un club privado para los poderosos, poner en marcha la búsqueda de un nuevo sistema y de formas de reparar un mundo fracturado?
Estoy convencida de que sí. Una cumbre como Davos «activa» a sus participantes. Además de alentarnos a asumir colectivamente la responsabilidad por los desequilibrios actuales, el objetivo de Davos es impulsarnos a encontrar formas concretas de sanar nuestro mundo fracturado: pasar de la toma de conciencia a una declaración de intenciones y, después, a la acción.
También en este caso, el sector energético puede servir de modelo. Los principales operadores energéticos están asumiendo su responsabilidad y trabajando por un futuro deseable, decididos a formar parte de la solución y no del problema.
Los países que se han comprometido, en virtud del Acuerdo de París sobre el Clima, a limitar el aumento de la temperatura mundial a bastante menos de 2 ℃ sirven de ejemplo. A este respecto, debemos destacar el papel especial de Francia, que facilitó la firma del acuerdo y actúa como su garante.
También cabe mencionar los fondos soberanos de países ricos en hidrocarburos, como Noruega, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, cuyos tesoros públicos dependen del uso de estos recursos. En la Cumbre One Planet celebrada en Francia el 12 de diciembre de 2017, estos países se comprometieron a aportar una financiación sustancial para la transición energética.

Las partes interesadas no gubernamentales y las empresas también están tomando medidas: la red C40 de megaciudades ha desarrollado un ambicioso programa destinado a limitar el aumento de la temperatura mundial a menos de 1,5 ℃. La ciudad de Washington D. C. forma parte de esta coalición y ha anunciado su intención de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 80 % de aquí a 2050. Para lograr este objetivo, está aplicando un programa para mejorar la eficiencia energética de los edificios, aumentar la inversión en energías renovables y crear formas de transporte más sostenibles.
En el ámbito empresarial, importantes entidades financieras como JPMorgan, Bank of America, Citigroup, Morgan Stanley, Wells Fargo, Société Générale, Crédit Agricole y BNP Paribas se han comprometido a limitar o eliminar su apoyo a proyectos de producción de carbón.
Miles de empresas, agrupadas en diversas coaliciones, se han comprometido a reducir su huella de carbono, cubrir el 100 % de sus necesidades energéticas con energías renovables o adoptar medidas favorables al clima, como fijar precios internos al carbono, elegir combustibles alternativos y mejorar la eficiencia energética.
Todas estas partes interesadas han asumido públicamente compromisos con acciones concretas y cuantificables que reducirán la brecha entre el crecimiento económico y el equilibrio climático. Mi empresa comparte este objetivo, ENGIE. Este objetivo guía nuestras decisiones de invertir en tecnologías que facilitan el acceso a fuentes de energía limpias e ilimitadas; nuestras contribuciones al desarrollo de ciudades sostenibles en las que resulte agradable vivir; y nuestro compromiso de satisfacer las necesidades básicas de todas las personas: tener calefacción, alimentos y acceso al transporte. Así contribuimos a mantener el equilibrio medioambiental, social y geopolítico en el mundo.
En Davos, podemos esperar que los participantes expliquen cómo trabajarán juntos de manera concreta para sanar las fracturas de nuestro mundo moderno, contribuir al progreso armonioso y construir un futuro compartido y pacífico.
En cualquier caso, esta es la orientación que me propongo impulsar este año como copresidenta de Davos.



