Cómo resolver el problema Godzilla de la modernidad

A real-scale head of Godzilla is displayed at the balcony of a newly-built commercial complex as a new Tokyo landmark during its unveiling at Kabukicho shopping and amusement district in Tokyo April 9, 2015. The skyscraper complex which includes a hotel, movie theatres and restaurants will be open this month in central Tokyo. REUTERS/Issei Kato
The world is facing a Godzilla problem, and as society expands it has a higher risk of failing.Image: REUTERS/Issei Kato
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¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles crecen unos cientos de pies, pero no una milla? ¿Sabías que la mayoría de las empresas dejan de crecer cuando alcanzan medio billón en activos? ¿Te has preguntado por qué la ciudad en la que vives es mucho más antigua que el estado que emitió tu pasaporte?

El crecimiento y el estancamiento son tan omnipresentes, están tan profundamente arraigados en la experiencia de la vida que apenas los advertimos, hasta que algo se rompe. Trump y el Brexit se han vuelto sinónimos del colapso repentino e imprevisto del statu quo, de la fractura de algo grande. Pero, para entender qué está ocurriendo realmente y qué hacer al respecto, debemos apartar la mirada del Twitter de Trump y de los titulares sobre el caos del Brexit de Theresa May. Una conversación significativa sobre un mundo fracturado debe partir de una comprensión más profunda de por qué las cosas crecen y por qué se rompen.

Hemos comprendido lo básico en el mundo biológico. Todos los seres vivos consumen energía. Esta se destina a tres tareas esenciales: crecer, vivir (según la complejidad del organismo, esto abarca desde las funciones básicas para sobrevivir hasta componer una sinfonía) y reparar el «desgaste» que se produce en el camino. Con el tiempo, se rompen más cosas, lo que significa que la función de reparación consume cada vez más energía. En el momento en que el organismo no logra mantener el ritmo, muere.

Pero no todos los organismos son iguales. Como señala Geoffrey West en su reciente obra magna, Scale, la velocidad del deterioro depende principalmente del tamaño. Los mamíferos grandes viven más que los pequeños; un economista diría que se benefician de las economías de escala. Los biólogos han calculado que, en promedio, todos los mamíferos mueren después de 1.500 millones de latidos. La diferencia está en la frecuencia cardíaca. Un elefante solo necesita 30 latidos por minuto; un ratón, 1.500.

Si la eficiencia explica por qué las cosas escalan, ¿qué explica que se estanquen y finalmente fallen? En primer lugar, puede haber límites externos al crecimiento. Pensemos en la ballena azul, el animal más grande del mundo. Debe nadar lo bastante rápido y recorrer largas distancias para obtener cada día plancton equivalente a 1 millón de calorías. A partir de la biomecánica de la ballena y de la densidad de zooplancton por kilómetro cuadrado, se podría inferir un límite natural al crecimiento. Llamémoslo el problema del plancton.

Sin embargo, existe otra limitación. En la ficción, un lagarto puede convertirse en Godzilla y un simio, en King Kong. La razón por la que estas criaturas no existen en la realidad no son las limitaciones de recursos, sino la estructura. Godzilla se desplomaría bajo su propio peso: sus músculos se desgarrarían, sus huesos se romperían y el sistema capilar no lograría suministrar suficiente oxígeno a sus células. La fuerza aumenta con el tamaño, pero a un ritmo decreciente. Los elefantes son más fuertes que los humanos, y los humanos, más fuertes que las hormigas; pero, en relación con su tamaño, ocurre lo contrario. Las hormigas levantan cinco veces su peso; los humanos levantan mucho menos, y ningún elefante ha levantado jamás a otro elefante. Llamémoslo el problema Godzilla.

El predominio de la humanidad como especie se debe a su capacidad para trasladar el poder de la escala del ámbito biológico al social. Desde la Revolución Cognitiva, hace aproximadamente 70.000 años, pasando por la Revolución Agrícola, hace unos 10.000 años, hasta las revoluciones industriales de nuestra era moderna, cada ola de progreso ha estado marcada por innovaciones que nos ayudaron a superar estos dos límites. Nuestra huella energética como seres biológicos apenas ha cambiado desde la Revolución Cognitiva: es de 90 vatios, el equivalente a una bombilla. Pero nuestra huella como seres sociales ha cambiado drásticamente: en las economías prósperas alcanza los 11.000 vatios, el equivalente a una docena de elefantes.

A la inversa, gran parte del sufrimiento humano y de la fractura social es consecuencia de que la humanidad sobrepasa estos límites. Como señalan historiadores, desde Yuval Harari hasta Walter Scheidel y, más recientemente, James C. Scott, la historia humana nunca ha sido un relato lineal de progreso. Thomas Hobbes describió célebremente la vida premoderna como «desagradable, brutal y breve», pero el pasado y el presente abundan en ejemplos de cómo la vida moderna causa sufrimiento a gran escala. «No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie», dijo Walter Benjamin, el gran filósofo judío alemán y crítico cultural que se suicidó mientras huía de la Alemania nazi. Toda cosa bella e ingeniosa que haya creado la humanidad proyecta una sombra, una historia de opresión. La escala nos da superpoderes, pero también nos vuelve frágiles.

A raíz de la revolución digital, hemos entrado en una nueva era que pone a prueba los límites de la escala de formas sin precedentes. Hemos avanzado mucho en cuantificar hasta qué punto la humanidad está creciendo más allá de sus posibilidades (en la actualidad necesitaríamos «1,7 planetas» para satisfacer nuestra demanda de recursos). Hay menos certeza sobre nuestra capacidad de volver a respetar los límites planetarios sin obstaculizar el crecimiento y el desarrollo. Pero hay motivos para ser optimistas. En la década de 1960, los investigadores advirtieron que el crecimiento provocaría una explosión demográfica y una hambruna masiva. Poco después, la «revolución verde» impulsó la agricultura y desbarató esa previsión. Quizá por eso los defensores actuales de la agenda climática confían más en la posibilidad de resolver el problema del plancton mediante el aprovechamiento del progreso tecnológico. Sin embargo, por desgracia, eso no bastará, ya que muchas de las fracturas que vemos hoy tienen poco que ver con la escasez de recursos: las causa el problema Godzilla.

La expresión física del problema Godzilla se manifiesta en la geografía espacial de las comunidades urbanas en expansión. El crecimiento económico del último medio siglo fue impulsado por un pequeño número de grandes ciudades. En Estados Unidos, el área metropolitana de Nueva York por sí sola generó el 12 % del crecimiento de la producción agregada nacional entre 1964 y 2009. Pero, como sostuvieron los economistas Chang-Tai Hsieh y Enrico Moretti, la mala distribución espacial se llevó dos tercios de las ganancias. A partir de datos de 220 áreas metropolitanas, descubrieron que la escala lineal de un modelo industrial suburbano obsoleto redujo el crecimiento agregado en más de la mitad. A nivel mundial, las ciudades representan el 80 % del PIB del mundo y el 90 % de sus patentes; sin embargo, un número sorprendente de ellas es frágil y supone una amenaza para sus habitantes y para las naciones a las que sostienen.

Gran parte de esta fragilidad está vinculada a la expresión social del problema Godzilla: la creciente estratificación de la sociedad civil según la clase y la identidad. Todas las sociedades modernas deben lidiar con la inseguridad que surge, por un lado, de la competencia del mercado y, por otro, de la disolución de las formas tradicionales de pertenencia. Especialmente en las economías de libre mercado, las asociaciones y los clubes tradicionalmente desempeñaron un papel importante para llenar ese vacío. Ofrecían espacios donde las personas no solo podían expresar sus quejas, sino también socializar, desarrollar una identidad colectiva y sentir que tenían cierto control; en ese sentido, las asociaciones también son escuelas de democracia y civismo.

Sin embargo, en las últimas décadas, la vida asociativa perdió gran parte de su importancia. Robert Putnam lo documentó en Estados Unidos en su libro fundamental «Bowling Alone»: asistencia a una reunión pública municipal o escolar: descenso del 35 %; desempeño como directivo de un club u organización: descenso del 42 %; participación en un comité de una organización local: descenso del 39 %, etc. También se redujo su función de integración social, a medida que las comunidades se volvían más segregadas. Cada vez más familias se mudan a barrios uniformemente prósperos o uniformemente pobres. «Seamos ricos o pobres, nuestros hijos crecen cada vez más junto a niños como ellos, cuyos padres son como nosotros», concluyó el profesor de Harvard en su último libro.

La vida comunitaria está perdiendo importancia por un conjunto complejo de razones. En los barrios prósperos, el mercado ocupó ese espacio. Los ricos pagan por cosas que antes hacían los vecinos y las familias. En los barrios pobres, la confianza también es un bien escaso: solo una de cada cuatro personas confía «mucho» en sus vecinos, frente a tres de cada cuatro en las zonas prósperas. La omnipresente digitalización de la vida amplifica estas divisiones al facilitar la creación de enclaves para personas afines. Como resultado, la persona moderna, ante las presiones sociales y el cambio, a menudo se ve obligada a depender principalmente de sus propios recursos. Incluso quienes tienen un empleo remunerado y una vida estable soportan con más dificultad la presión económica cuando faltan o se han reducido considerablemente las fuerzas mediadoras y los mecanismos de protección. En otras palabras, la individualización ha pasado de ser un elemento del proceso civilizador a convertirse en un posible motor de la descivilización.

De estas fracturas surgen las expresiones políticas del problema Godzilla: primero, una ira y un resentimiento que se enconan hasta culminar en expresiones anárquicas de individualidad y afanes hostiles de superioridad. Críticos desde Rousseau hasta Camus identificaron el ressentiment como el mal definitorio del mundo moderno, donde la insatisfacción con el grado de realización personal disponible choca con elaboradas promesas de posibilidades. Hoy, los responsables de formular políticas de todo el mundo se enfrentan a poblaciones cada vez mayores de ciudadanos desarraigados, que anhelan pertenencia y comunidad, por un lado, y autonomía individual y prosperidad, por otro.

Además, en cada vez más países, los líderes políticos han aprendido a sacar partido de las grietas causadas por estas tensiones y contradicciones. Muchos convierten los relatos individuales de victimización en relatos de supremacía moral, cultural y nacional colectiva; la mayoría busca adaptar el nacionalismo tradicional al neoliberalismo, mientras que solo unos pocos se abstienen de reprimir a las minorías y a los disidentes, sofocar la libertad de expresión o usar la ley para aplastar a sus enemigos.

Como concluyó Pankaj Mishra en su reciente balance de la sociedad moderna, «con la victoria de Donald Trump se ha vuelto imposible negar u ocultar el gran abismo […] entre una élite que se apropia de los frutos más selectos de la modernidad mientras desdeña las verdades antiguas y unas masas desarraigadas que, al verse privadas de esos mismos frutos, se repliegan en la supremacía cultural, el populismo y la brutalidad rencorosa».

Cuesta comprender el inquietante éxito de los nuevos populistas autoritarios sin considerar una segunda expresión política del problema Godzilla: el liberalismo identitario. En la fantasía neoliberal del individualismo, todos somos emprendedores de nosotros mismos, nos capacitamos para nuevos trabajos en una economía dinámica y permanecemos alerta, dispuestos a adaptarnos al rápido progreso tecnológico. En nuestras relaciones, hemos pasado de ser ciudadanos de comunidades más o menos organizadas, con instituciones de solidaridad colectiva, a ser «contribuyentes» y grupos de presión de nosotros mismos en «mercados políticos». Al valorar mucho más la libertad individual que la responsabilidad mutua, los líderes de orientación liberal no solo desataron un nuevo crecimiento, sino que también convirtieron el abismo entre la desigualdad material y la igualdad política en una fuerza perniciosa: si vamos a aceptar una decisión que nos perjudica, debemos sentirnos parte del grupo que la tomó. Cuando perdemos este consenso, toda decisión colectiva de la que no nos beneficiamos vulnera nuestra libertad y hay que combatirla.

Como resultado, aparecen fisuras y los grupos se disgregan en unidades cada vez más pequeñas y homogéneas, más propensas a desconfiar del proceso político y, por tanto, a usar el poder que adquieren para dominar a otros. Al permitir que la identidad política se erosionara hasta convertirse en política identitaria, las élites liberales perdieron no solo la compasión, sino también la capacidad de formar mayorías sólidas. Como lo expresa Mark Lilla: «El liberalismo ha dejado de ser un proyecto político y se ha transformado en uno evangélico; este último consiste en decirle la verdad al poder; el primero, en hacerse con el poder para defender la verdad».

Las desigualdades materiales influyen en las complejas dimensiones físicas, sociales y políticas del problema Godzilla, pero se pierde el rumbo cuando no se tienen en cuenta los miedos, deseos y resentimientos que surgen por distintos motivos. Las recientes elecciones europeas son reveladoras: Polonia disfrutó de una década de notable crecimiento económico y de una reducción de la desigualdad social, y aun así votó por un partido populista de extrema derecha. Lo mismo ocurrió en Hungría. Austria también experimentó un fuerte impulso en esa dirección.

Diversos estudios sobre estos resultados electorales han demostrado que, contra lo que suele creerse, los ingresos y las circunstancias materiales no son especialmente importantes para entenderlos. Hoy, en muchas naciones occidentales, el electorado se divide, en cambio entre quienes valoran la libertad, la diversidad y las diferencias y quienes buscan orden y estabilidad.

El problema Godzilla representa una gran amenaza para las sociedades avanzadas y en rápido desarrollo, comparable a los innegables desafíos de recursos que plantea la incorporación de cientos de millones de personas a las filas de la clase media. Mientras que la agenda política derivada del problema del plancton está entrelazada con un paradigma de crecimiento expansivo y es inseparable de él, la agenda que surge del problema Godzilla pone de relieve otra función esencial de todo organismo, ya sea físico o social: el mantenimiento y la reparación.

El mayor defecto de las sociedades de mercado modernas es que destinan la mayor parte de su energía al crecimiento, con la esperanza de que el mantenimiento se resuelva por sí solo. Esto se debe tanto a la codicia como a la convicción de que la escala nos hace más fuertes y seguros. Es cierto que las células de un elefante viven más que las de un ratón; pero cuando muere un elefante, muchas de sus células también caen. Para el autor e inversor Nassim Taleb, la ilusión de que «lo grande es seguro» equivale a decir que «las bombas nucleares son más seguras porque explotan con menos frecuencia». El colapso rara vez es lineal, por eso a menudo nos damos cuenta demasiado tarde. Cuando le preguntaron cómo había quebrado, un personaje de The Sun Also Rises respondió: «De dos maneras. Gradualmente y luego de repente».

En un influyente ensayo publicado el año pasado, los académicos Andrew Russel y Lee Vinsel instaron a los investigadores y responsables de formular políticas a prestar más atención y reconocimiento al trabajo de «mantenimiento». Desde entonces, han organizado una conferencia para poner en primer plano el trabajo de quienes se encargan del mantenimiento. Su ensayo elogia la fascinación perdurable de la sociedad moderna por las cosas llamativas, relucientes y triviales, y menciona los fallos de infraestructuras, los accidentes de trenes, los derrumbes de puentes, las inundaciones urbanas, entre otros, como manifestaciones y alegorías de un sistema político estadounidense averiado y de una red de protección social deshilachada. «Centrarse en las infraestructuras o en las cosas antiguas que ya existen, en vez de en las novedosas, nos recuerda la importancia central del trabajo necesario para mantener en funcionamiento el mundo entero», concluyen los autores.

Volver a centrar la atención en el proceso constante de entropía y deterioro y en el trabajo necesario para frenarlo abre perspectivas prometedoras no solo para nuevos programas de investigación, sino también para quienes rechazan la falsa disyuntiva entre el neoliberalismo progresista y el nuevo populismo autoritario. Aunque son diferentes, ambos movimientos políticos se basan en la deconstrucción, en derribar las estructuras de hegemonía. Y ambos, cada uno a su manera, hacen caso omiso del lado constructivo de nuestro legado moderno: la ciencia, la razón, el humanismo y los principios universales de libertad, igualdad y justicia.

La buena noticia: el cambio ya está en marcha. Aunque son menos visibles que los nacionalistas de derecha, nuevos movimientos políticos invocan el Estado nación como base de una comunidad solidaria y reconocen que los problemas globales también requieren soluciones globales. Ya sea que perduren o no, estos movimientos —desde En Marche de Macron hasta Podemos en España o el Movimiento Cinco Estrellas de Italia— muestran cómo construir una identidad política inclusiva, en lugar de rendirse ante categorías de supremacía moral, cultural o étnica.

La reacción contra lo que Nancy Fraser ha llamado «la alianza impía entre emancipación y financiarización» también abrió espacios para replantearse radicalmente cómo abordar la inseguridad y la desigualdad económicas. Las propuestas audaces van desde garantizar el empleo y establecer una renta básica universal hasta deshacer el cercamiento, la privatización y la comercialización de los bienes comunes. De igual manera, gracias a iniciativas ambiciosas —desde reforzar la cooperación con países africanos en ámbitos como la educación o la economía digital hasta intensificar la integración de las personas refugiadas—, los líderes moderados de Europa han recuperado terreno en un debate migratorio dominado durante mucho tiempo por voces radicales de extrema derecha que exigían «cerrar las puertas».

Los populistas suelen confundir el trabajo de mantenimiento con devolver algo a su estado original. Pero, en los sistemas dinámicos, implica mucho más que reparar el «desgaste»: se trata de rediseñar y reconstruir la estructura que sostiene a la sociedad. Por supuesto, esto también se aplica al mundo físico. Richard Florida, cuyo libro sobre la clase creativa sostenía que las ciudades deben atraer a trabajadores del conocimiento para prosperar y lo convirtió en sumo sacerdote del capitalismo de Silicon Valley, reconoció recientemente que gestionar economías digitales muy concentradas sobre la antigua plataforma del modelo industrial suburbano ha tenido un alto costo. Florida insta a los responsables de formular políticas a crear nuevas infraestructuras basadas en el transporte público y sistemas de vivienda más flexibles. La Nueva Área de Xiongan, en China y Neom, en Arabia Saudita van un paso más allá. Son ambiciosos intentos de construir ciudades completamente nuevas desde cero, con el objetivo de lograr un «crecimiento coordinado, inclusivo y sostenible».

La tecnología también desempeña un papel importante. En su libro de 2013, The End of Power, Moises Naim señaló que, aunque la tecnología de la información ha transformado la forma en que las economías generan crecimiento, aún no ha llegado a los ámbitos relacionados con el mantenimiento: la política, el gobierno y la participación política. Unos años después, la «tecnología cívica» empieza a despegar. Abarca desde programas de identidad digital como Aadhaar de India, que buscan ayudar a millones de personas privadas de servicios básicos porque no pueden demostrar quiénes son, hasta plataformas de calificación crediticia y verificación basadas en macrodatos, como Lenddo, cuyo objetivo es empoderar económicamente a los consumidores de la clase media emergente. La tecnología no puede resolver el problema Godzilla, pero puede ser una parte fundamental de la solución. Los sensores, los macrodatos, el aprendizaje automático, la inteligencia artificial y las tecnologías de registros digitales están a punto de convertirse en los componentes básicos de un nuevo ADN social y económico.

En su ensayo, Russel y Vinsel cuentan que, al terminar las décadas doradas de la posguerra, se hizo más difícil asociar la innovación con el progreso moral y social. Al reorientar la innovación, del crecimiento al mantenimiento y la reparación, una nueva generación de agentes de cambio en la política, la sociedad y la empresa tiene la clave para revertir esta tendencia. Al fin y al cabo, las ballenas azules no son simples microbios a mayor escala; los automóviles Tesla no son simples carruajes más grandes; y las ciudades no son simples aldeas medievales ampliadas. Son el resultado de ingeniosas soluciones al problema Godzilla.

Sin embargo, el ejemplo más asombroso de cómo llevar el mantenimiento al siguiente nivel somos nosotros. Para quienes se estremecieron al leer que, en promedio, todos los mamíferos mueren después de 1.500 millones de latidos, hay buenas noticias: gracias a la ciencia y la razón, hoy vivimos más que nunca; para ser precisos, hemos ganado mil millones de latidos frente a todos los demás mamíferos. Aprovechémoslos bien.

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