Las graves perturbaciones de la financiación y las tensiones de liquidez son características centrales de casi todas las crisis bancarias sistémicas. Un gran incendio puede comenzar cuando una pequeña chispa cae sobre material combustible, siempre que haya oxígeno. Del mismo modo, una crisis financiera suele empezar con una perturbación relativamente menor en un sistema ya vulnerable, que se propaga y amplifica debido a las tensiones de liquidez. El impacto inicial que desencadenó la crisis financiera mundial iniciada en 2007 —es decir, las pérdidas directas debidas a los impagos de los hogares en hipotecas de alto riesgo de EE. UU., que sumaron alrededor de US$500 mil millones— no fue abrumador en comparación con la capacidad agregada de absorción de pérdidas de Estados Unidos, y mucho menos de la del sistema financiero mundial; pero los efectos de liquidez lo amplificaron enormemente. Cuando Lehman Brothers tuvo que apresurarse para hacer frente a las exigencias de pago inmediato, sufrió pérdidas adicionales que lo empujaron aún más hacia la insolvencia. Y cuando los bancos comerciales se vieron sometidos a fuertes presiones de financiación, las autoridades nacionales (en concreto, los bancos centrales) se sintieron obligadas a inyectar liquidez de emergencia, a menudo apartándose de la búsqueda de los objetivos tradicionales de política monetaria y asumiendo riesgos de crédito en el proceso.
A la luz de estos hechos, la manera de abordar el riesgo sistémico de liquidez debería ocupar un lugar central en los esfuerzos de reforma regulatoria y supervisora posteriores a la crisis, en particular en el desarrollo de la política macroprudencial. Sin embargo, el tema solo ha recibido atención esporádica.
Este artículo busca promover una reflexión y un debate más amplios sobre cómo reducir la probabilidad de una crisis sistémica de liquidez y limitar sus consecuencias en caso de que se produzca.
La exposición crónica al riesgo de liquidez es inherente a la actividad bancaria. El banco comercial prototípico está altamente apalancado, y entre los principales servicios que suele ofrecer figuran la transformación de vencimientos y la oferta de depósitos o bonos remunerados con garantía del principal. Es inevitable que el banco se exponga a la posibilidad de que quienes le proporcionan financiación dejen de hacerlo en cuanto surjan dudas sobre si sus inversiones tendrán el éxito previsto. Por ello, la posibilidad de una «retirada masiva» de fondos por parte de financiadores minoristas o mayoristas, un repunte de los costes de financiación y la necesidad de realizar una «venta forzosa» de activos constituyen riesgos siempre presentes.
Este riesgo es sistémico: el activo líquido de un agente es el pasivo líquido de otro. Los acuerdos de financiación vinculan a los bancos con otros bancos, otras instituciones financieras y el sector no financiero. El incumplimiento íntegro y puntual de las obligaciones por parte de una institución puede dejar a otras con falta de liquidez y provocar así una cascada de iliquidez. De manera similar, la «venta forzosa» de una institución deprimirá los precios para todas y desencadenará requerimientos de márgenes y demandas de garantías adicionales que afectarán a otras. Además, las propiedades de liquidez de un activo o una institución dependen de las condiciones del mercado y de la interacción entre sus participantes, y no solo de las características nominales de ese activo o institución. Se considera que un activo es líquido si puede venderse con relativa rapidez sin una rebaja importante de precio; es decir, si hay otros dispuestos a comprarlo. Del mismo modo, se considera que una institución es líquida si puede cumplir íntegra y puntualmente sus obligaciones sin recurrir a la venta de activos ilíquidos ni obtener financiación de otros a un coste excepcionalmente elevado. En todos los casos, la liquidez varía según el estado del sistema.
Los análisis de las crisis financieras han subrayado el papel crucial del riesgo de liquidez. Persaud (2003), Krishnamurthy (2009) y Brunnermeier (2008), por ejemplo, han explicado diversos mecanismos por los que las «espirales de liquidez» o los «agujeros negros de liquidez» pueden amplificar las perturbaciones y propagarlas por el sistema financiero. Una consecuencia de estos análisis es que los mercados líquidos en tiempos normales pueden paralizarse rápidamente cuando las condiciones se deterioran, y las fuentes de financiación que parecen estables pueden dejar de estar disponibles de manera abrupta. Toda política destinada a proteger frente al riesgo de liquidez debe ser lo más resistente posible a esas «paradas súbitas».
Herramientas para mitigar el problema
La respuesta de política a la crisis mundial ha incluido numerosas medidas destacadas para reforzar la capitalización bancaria. Entre las principales iniciativas para los bancos figuran mayores requisitos de capital de Nivel 1, un colchón de conservación de capital, la reactivación de un coeficiente de solvencia, un recargo para las instituciones de importancia sistémica, un colchón anticíclico, la revisión de las ponderaciones de riesgo, pruebas de resistencia y revisiones de la calidad de los activos para el riesgo de crédito, y objetivos de capacidad total de absorción de pérdidas.
Se ha prestado menos atención al fortalecimiento de los colchones y la gestión de liquidez. En efecto, existe un amplio consenso en imponer a los bancos un Coeficiente de Cobertura de Liquidez (LCR) y un Coeficiente de Financiación Estable Neta (NSFR). No son instrumentos puramente microprudenciales; el LCR, en particular, se basa en una especie de prueba de resistencia para determinar si un banco puede cumplir sus obligaciones durante 30 días mientras se deteriora la liquidez de los mercados de activos y de financiación. La Junta Europea de Riesgo Sistémico ha planteado la idea de un LCR o NSFR variable en el tiempo (ESRB 2014), y se han presentado otras propuestas (Perotti y Suarez 2009, Milne 2010). Asimismo, los países han adoptado medidas ad hoc para aliviar las presiones de liquidez sistémica durante las crisis, por ejemplo, relajando los requisitos de reservas. La alternativa a menudo habría sido la inyección preventiva de dinero del banco central y el uso de reservas de divisas.
Sin embargo, dada la importancia del riesgo de liquidez, urge reavivar el debate sobre las ventajas y desventajas de las distintas opciones.
Las propuestas existentes suelen apoyarse en supuestos detallados y exigentes —por ejemplo, acerca de qué fuentes de financiación son más estables que otras en distintos horizontes temporales y situaciones— y en una modelización exhaustiva. Por consiguiente, pueden ser muy vulnerables al riesgo de modelo o a la elusión. Además, los requisitos de la mayoría de estas propuestas dependen de las características de cada banco, en lugar de las condiciones del sistema en su conjunto.
Propuesta
Proponemos, en cambio, desarrollar un instrumento sólido de política de liquidez, diseñado expresamente con fines macroprudenciales. En concreto, proponemos exigir un «Colchón de Liquidez Macroprudencial» (MPLB) que cada banco —o cualquier institución financiera altamente apalancada— tendría que mantener en forma de activos líquidos sistémicos (activos líquidos incluso durante una crisis grave, como el dinero del banco central). El colchón sería proporcional al pasivo del banco menos el capital regulatorio (es decir, su financiación no accionarial). El factor de proporcionalidad variaría positivamente con el crecimiento de las necesidades de financiación del sistema en su conjunto. Los bancos tendrían que acumular colchones de liquidez adicionales cuando la financiación no accionarial agregada se expandiera rápidamente, pero podrían utilizarlos sin estigma si surgiera la necesidad.1 A continuación se ilustra cómo podría variar el requisito a lo largo del ciclo financiero.
Figura 1.

Desde el punto de vista de la prevención, el MPLB reduciría los incentivos y el margen para que los bancos expandieran sus balances mediante deuda durante las fases alcistas y, por tanto, reduciría la probabilidad de un crecimiento excesivamente rápido y de una posterior crisis sistémica. Si se produjera una crisis, las instituciones individuales estarían mejor preparadas para resistir las perturbaciones de liquidez y se atenuaría su transmisión. Exigir a los bancos que mantuvieran abundantes activos líquidos sistémicos también daría tranquilidad al banco central, que de otro modo podría verse obligado a proporcionar liquidez con garantías cuestionables cuando se produjera una crisis grave y, con ello, asumir riesgos de crédito cuasifiscales.
El MPLB propuesto pretende ser sólido, por analogía con el coeficiente de apalancamiento: ambos se basan en medidas relativamente sencillas de solidez financiera derivadas de agregados de balance sin ponderar. No tener en cuenta las diferencias en la estructura de vencimientos de los pasivos bancarios es el coste inevitable de un requisito macroprudencial sólido y difícil de eludir. Sin embargo, el MPLB complementaría requisitos de liquidez más detallados y específicos para cada banco, como el LCR y el NSFR, del mismo modo que el coeficiente de apalancamiento complementa los coeficientes de capital ponderados por riesgo.
El coste neto del MPLB para los bancos no debería ser muy elevado una vez ajustado al riesgo. Los activos mantenidos en el colchón de liquidez normalmente conllevarían poco riesgo de crédito o de mercado y tendrían una correlación baja con la cartera de mercado en comparación con la de los activos bancarios habituales. De hecho, el MPLB podría reducir los costes generales. Los bancos se beneficiarían de menores costes de financiación y menores requisitos de capital ponderados por riesgo y, si las políticas macroprudenciales tuvieran éxito, de menores contribuciones a los fondos de rescate y de garantía de depósitos. Además, aumentar la estabilidad del sistema beneficiará a todos y, en especial, a los participantes del mercado más prudentes, que de otro modo podrían verse perjudicados por el comportamiento excesivo de otros.
A nuestro juicio, el instrumento propuesto tiene otras características deseables, como las siguientes:
Interactuar adecuadamente con otros instrumentos macroprudenciales y microprudenciales;
Estar protegido frente a presiones que provoquen inconsistencia temporal y un trato favorable a intereses particulares;
Limitar el margen y los incentivos para la elusión;
Permitir la diversidad de los modelos de negocio de los bancos; y
No provocar una perturbación importante de las políticas monetarias y otras políticas macroeconómicas.
Habría que resolver muchas cuestiones prácticas para desplegar un instrumento macroprudencial de liquidez. Por ejemplo, se debe determinar cómo tratar las sucursales y filiales de bancos extranjeros y si se deben imponer requisitos separados por moneda.
Dos consideraciones parecen plantear desafíos sustanciales —aunque no insuperables— para la aplicación del MPLB propuesto. En primer lugar, algunas jurisdicciones podrían carecer de una oferta suficientemente amplia de activos líquidos sistémicos que sirvan para constituir el colchón y estén también disponibles para otros fines, como servir de garantía en mercados financieros activos. Algunos activos extranjeros, como los bonos del Tesoro de EE. UU. de vencimiento corto, podrían complementar la oferta local, pero un país podría mostrarse reacio a financiar en gran escala a entidades extranjeras. En segundo lugar —y este desafío es generalizado en la política macroprudencial—, calibrar el nivel medio óptimo del instrumento a lo largo del ciclo y su sensibilidad a la evolución cíclica puede resultar exigente. Puede que un país no disponga de suficientes datos históricos pertinentes para determinar cómo protegerse frente a perturbaciones poco frecuentes, y un instrumento mal calibrado podría causar daños.
Conclusiones
La liquidez es un concepto sistémico, y las perturbaciones en su disponibilidad son un elemento central en el origen y la amplificación de las crisis financieras sistémicas. Por ello, la política macroprudencial debería considerar cómo abordar este riesgo: cómo reducir la probabilidad de una crisis de liquidez y cómo atenuar sus efectos. El MPLB aquí propuesto pretende estar bien orientado a estos objetivos verdaderamente sistémicos y está diseñado para ser eficaz, eficiente y sólido.
Una siguiente fase del debate sobre el enfoque macroprudencial del riesgo de liquidez implicaría comparar las distintas propuestas disponibles, incluso mediante pruebas retrospectivas empíricas de sus posibles efectos en diversos países y episodios. La liquidez sistémica es tan importante para la estabilidad del sector financiero y la estabilidad macroeconómica que la búsqueda de un instrumento práctico con ese fin merece la atención activa de los responsables de las políticas.
Referencias
Brunnermeier, M K (2008), «Descifrando la crisis de liquidez y crédito de 2007-08», documento de trabajo NBER n.º w14612.
ESRB (2014), «Manual del ESRB sobre la operacionalización de la política macroprudencial en el sector bancario».
Hardy, D C y P Hochreiter (2014), «Un sencillo colchón macroprudencial de liquidez», documento de trabajo del FMI WP/14/235.
Krishnamurthy, A D (2009), «Mecanismos de amplificación en las crisis de liquidez», documento de trabajo NBER n.º w15040.
Milne, A (2010), «Uso de límites máximos y comercio de derechos para contener el riesgo financiero sistémico», documento de trabajo de Social Science Research Network.
Perotti, E y J Suarez (2009), «Cargos por riesgo de liquidez como herramienta macroprudencial», CEPR Policy Insight 40.
Persaud, Avinash (ed.) (2003), Agujeros negros de liquidez: comprensión, cuantificación y gestión del riesgo de liquidez financiera, Londres: Risk.
Nota al pie
1 Las propuestas detalladas y sus explicaciones figuran en el documento de trabajo que acompaña a este artículo.
Este artículo se publica en colaboración con VoxEU. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Daniel C Hardy es asesor del Fondo Monetario Internacional. Philip Hochreiter es economista de la División de Mercados Financieros Integrados de la Autoridad del Mercado Financiero de Austria (FMA).
Imagen: Un hombre camina junto a edificios en el distrito central de negocios de Singapur el 14 de febrero de 2007. REUTERS/Nicky Loh.


