De todas las inversiones necesarias para alcanzar el desarrollo sostenible, ninguna es más importante que una educación de calidad para cada niño. En una economía mundial basada en el conocimiento, una buena educación es vital para encontrar un trabajo digno; gozar de buena salud; construir comunidades funcionales; desarrollar las habilidades necesarias para ser un progenitor responsable; y crecer hasta convertirse en un ciudadano comprometido y responsable.
De hecho, no sorprende que algunos de los grupos más brutales y violentos del mundo, como Boko Haram, de Nigeria, ataquen la educación. Y fue todo un acierto conceder el Premio Nobel de la Paz de 2014 a Malala Yousafzai, la adolescente pakistaní a quien los talibanes dispararon por su valiente defensa de la educación de las niñas.
Cuando los gobiernos del mundo pongan en marcha los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) este septiembre, situarán con razón la educación para todos los niños en primer plano, junto con la erradicación de la pobreza extrema, el hambre y las muertes por causas prevenibles y tratables. Sin embargo, aunque muchos países pobres han aumentado la financiación nacional de la educación, la comunidad internacional aún no ha cumplido con su parte. La ayuda a la educación sigue siendo insuficiente y demasiado fragmentada.
Antes de adoptar los ODS, el mundo tendrá en julio, en la Conferencia sobre Financiación para el Desarrollo, la oportunidad de respaldar con recursos reales el ODS de Educación. Los tres principales tipos de socios que se reunirán en Addis Abeba —gobiernos, filántropos y grandes empresas— deberían mancomunar recursos para permitir que los países empobrecidos amplíen la educación, especialmente en los niveles de preescolar y secundaria. Ha llegado el momento de crear un Fondo Mundial para la Educación que garantice que incluso los niños más pobres del mundo tengan la oportunidad de recibir una educación de calidad, al menos hasta terminar la secundaria.
Así es como se ha combatido con éxito la malaria, el sida y las enfermedades prevenibles mediante vacunas durante los últimos 15 años. Estados Unidos, el Reino Unido, Noruega, Suecia y otros gobiernos se asociaron con la Fundación Bill y Melinda Gates y con empresas privadas como Novartis, GlaxoSmithKline, Ericsson, Sumitomo Chemical y otras para garantizar que las vacunas, los medicamentos y los diagnósticos que salvan vidas pudieran llegar a los más pobres entre los pobres. Los resultados han sido extraordinarios: se han salvado millones de vidas y se ha impulsado el crecimiento económico.
Ahora debemos hacer lo mismo por la educación. Aunque el acceso a la educación primaria se ha ampliado drásticamente en las últimas dos décadas, hasta ahora ha seguido siendo inalcanzable un avance transformador en el aprendizaje de calidad y la educación secundaria. La expansión de las computadoras, los teléfonos móviles y la cobertura de banda ancha en las regiones más pobres del mundo podría —y debería— garantizar que todos los niños de los países de bajos ingresos tengan acceso al mismo acervo de información en línea y materiales de aprendizaje de calidad que los niños de los países de altos ingresos.
Ampliar el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), junto con un mejor acceso a innovaciones educativas, docentes capacitados y educadores comunitarios, así como una mejor medición de los resultados del aprendizaje, permitiría a los países de ingresos bajos y medios crear sistemas educativos de alta calidad en los próximos 15 años. Mientras tanto, los alumnos de escuelas rurales empobrecidas que actualmente carecen de libros, electricidad y docentes capacitados se conectarían a internet —mediante paneles solares y banda ancha inalámbrica— para acceder a materiales educativos de calidad, cursos gratuitos en línea y otras escuelas, cerrando así una brecha de recursos que hasta hace poco parecía insuperable.
El mundo incluso cuenta con el liderazgo organizativo necesario para hacerlo posible. La Alianza Mundial para la Educación es una coalición mundial de gobiernos y ONG que lleva más de una década trabajando con los países más pobres del mundo para ayudarlos a ampliar la educación de calidad.
Sin embargo, pese al enorme éxito de la GPE a la hora de alentar a los países pobres a movilizar sus propios recursos presupuestarios para ampliar el alcance y la calidad de sus programas educativos, los países ricos no han respaldado adecuadamente este esfuerzo cerrando la brecha de financiación que enfrentan esos países. Se debería respaldar a la GPE para ayudar a crear un verdadero Fondo Mundial para la Educación que garantice que todo país de bajos ingresos que establezca una estrategia nacional eficaz y financiación nacional cuente con apoyo internacional para alcanzar sus objetivos.
La financiación adicional necesaria es modesta. La UNESCO estimó recientemente que la «brecha de financiación» anual de los países de ingresos bajos y medianos bajos —para cubrir la educación hasta el primer ciclo de secundaria— ronda los 22.000 millones de dólares. Garantizar la ampliación de la educación secundaria superior y el acceso a las TIC podría elevar la suma anual necesaria a unos 40.000 millones de dólares, aunque aún deben elaborarse estimaciones detalladas de los costos. Esta ayuda solo sería necesaria hasta que los países pobres de hoy logren suficiente progreso económico para cubrir por sí mismos los costos de la educación.
Esos 40.000 millones de dólares podrían parecer mucho dinero, pero considérese lo siguiente: se estima que el patrimonio neto de las 80 personas más ricas del mundo asciende a unos 2 billones de dólares. Si destinaran apenas el 1 % de su patrimonio neto cada año, cubrirían la mitad de las necesidades financieras mundiales.
Facebook, Google, Ericsson, Huawei, Samsung, Microsoft, Cisco y otros gigantes de las TIC podrían aportar al menos otros 10.000 millones de dólares al año, en efectivo y en especie. Unos cuantos gobiernos con visión de futuro podrían cubrir entonces los 10.000 millones de dólares restantes. Como hemos visto con la inmunización, este es el tipo de alianza necesaria para convertir los ODS de retórica en realidad.
Lo atractivo de un nuevo Fondo Mundial para la Educación es que, una vez en marcha, atraería rápidamente a partidarios de todo el mundo. Los gobiernos árabes querrían garantizar que todos los niños arabófonos reciban una educación digna respaldada por las TIC; Brasil y Portugal seguramente contribuirían para que los numerosos hablantes de portugués de África se beneficien de sistemas educativos ampliados. Las empresas innovadoras de alta tecnología competirían por ofrecer sus herramientas de aprendizaje a los niños del mundo. Las universidades locales capacitarían a docentes y habitantes de las aldeas para que aprovechen al máximo el potencial de estas nuevas tecnologías.
Los astros —los ODS, los gigantes de las TIC, la banda ancha móvil, el aprendizaje en línea y los filántropos— se están alineando para hacer posible ese escenario. Un Fondo Mundial para la Educación, anunciado en la Conferencia sobre Financiación para el Desarrollo, sería la mejor noticia posible para los niños de hoy de todo el mundo y una inauguración deslumbrante de los ODS.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Política y Gestión de la Salud y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.
Imagen: Estudiantes realizan un examen de ingreso a la universidad en un aula magna de Sevilla, capital de Andalucía, en el sur de España. REUTERS/Marcelo del Pozo


