Este artículo se publica en colaboración con The Conversation.
John*, viudo, es un ingeniero jubilado que tiene unos 90 años. Vive solo en la casa familiar y, desde que falleció su esposa, lucha contra la soledad y la depresión. Le frustra que, a medida que envejece, ya no pueda hacer muchas de las cosas que antes disfrutaba, lo que agrava su sensación de estar solo en el mundo.
El aislamiento social en la vejez
En Australia, una cuarta parte de las personas de 65 años o más vive sola. Algunas personas mayores, como John, son vulnerables al aislamiento social, que se produce cuando las personas tienen oportunidades limitadas de contacto humano y se desconectan de la sociedad.
No todas las personas mayores que viven solas están socialmente aisladas. Y el aislamiento social, desde luego, no se limita a la vejez. Pero el aislamiento social en la vejez es una preocupación importante. Está vinculado a una serie de problemas de salud y, en casos extremos, puede llevar a que las personas envejezcan y mueran solas.
Se han hecho llamamientos públicos para abordar el aislamiento social. Este mismo año, el secretario de Estado de Sanidad del Reino Unido, Jeremy Hunt, instó de forma polémica a la población a invitar a desconocidos mayores y solitarios a sus hogares para evitar las «muertes en soledad». En Australia, muchas organizaciones de atención a la tercera edad y consejos locales ofrecen programas sociales diseñados para ayudar a las personas mayores a mantenerse conectadas con los demás.
Pero, para las personas mayores con movilidad reducida, puede resultar difícil participar en actividades sociales organizadas. Y no todo el mundo quiere invitar a desconocidos a su casa. Para estas personas, las tecnologías sociales podrían ofrecer oportunidades valiosas para seguir conectadas con el mundo.
Las personas mayores y las tecnologías sociales
Las personas mayores utilizan internet a un ritmo cada vez mayor, y las redes sociales ya no se consideran un terreno exclusivo de los jóvenes. Pew Research Centre constató que más de la mitad de los usuarios estadounidenses de internet mayores de 65 años utiliza ahora Facebook.
Pero no todas las personas mayores se sienten cómodas utilizando las redes sociales. Los sitios existentes, como Facebook, pueden resultar confusos, con demasiadas funciones, distracciones e información superflua. Algunas personas mayores, por su parte, temen la pérdida de privacidad y las intenciones maliciosas al comunicarse en línea.
Investigadores de la Universidad de Melbourne desarrollaron un prototipo de aplicación para iPad, Enmesh, para explorar cómo las tecnologías sociales pueden utilizarse para aliviar la experiencia de aislamiento social de las personas mayores. La aplicación era una herramienta sencilla de redes sociales, diseñada para ser fácil, divertida y segura de usar. Su simplicidad permitió evitar muchos de los problemas que hacen que las herramientas de redes sociales existentes resulten difíciles o poco atractivas para los adultos mayores.
Enmesh se utilizó para compartir fotografías y mensajes con pie de foto dentro de un grupo cerrado. Las fotografías aparecían después en una pantalla interactiva en el iPad de cada persona. Esto proporcionó un espacio seguro y divertido para que las personas aprendieran a usar la pantalla táctil y la cámara del iPad, al tiempo que forjaban nuevas amistades.
John fue uno de los varios adultos mayores, en su mayoría de entre 80 y 90 años, que participaron en una serie de estudios para probar Enmesh. Durante el estudio, John compartió más de 100 fotografías y mensajes con otros adultos mayores, todos ellos desconocidos para él al inicio del proyecto.
Compartir fotografías puede parecer una forma de comunicación sencilla y familiar para quienes usamos las redes sociales a diario. Pero para John, y para otros como él, fue una revelación.
Muchas de las fotografías con pie de foto de John ofrecían descripciones personales, conmovedoras y, en ocasiones, humorísticas, que reflejaban lo que sentía sobre el envejecimiento. Otras personas podían identificarse con sus experiencias y sentían que llegaban a conocer a John a través de sus fotografías.
Una de las personas mayores con las que John entabló contacto fue Sarah*. Dijo que el proyecto le dio una sensación de pertenencia a un grupo. Disfrutaba compartiendo y viendo las fotografías de los demás. Estas le ofrecían «pequeños fragmentos» que le permitían conocer la vida de las personas. Sarah dijo:
Es maravilloso tener conversaciones, y no tengo ni de lejos las que me gustaría, ya que rara vez salgo o recibo visitas. Me encanta cuando alguna de esas cosas es posible, pero mientras tanto, esta es una manera maravillosa de mantenerme en contacto con la gente.
Las personas mayores que están socialmente aisladas pueden tener pocas oportunidades de compartir información sobre su vida cotidiana. Compartir fotografías con sus iguales constituye una vía importante para esta comunicación.
Empoderar a las personas mayores
Las innovaciones tecnológicas para personas mayores, como las alarmas de emergencia y los dispositivos que monitorizan la actividad, suelen diseñarse para compensar la fragilidad y proporcionar tranquilidad a los familiares.
Si bien estas innovaciones son importantes, el estudio de Enmesh ha demostrado que las tecnologías también pueden ofrecer oportunidades sociales poderosas para las personas mayores.
A medida que las tecnologías de consumo siguen avanzando, habrá más oportunidades de mejorar el mundo social de las personas mayores a través de la tecnología. Junto con la creciente innovación, debemos desarrollar la capacidad de la fuerza laboral del sector de la atención a la tercera edad para garantizar que este sector esté preparado para aprovechar las nuevas tecnologías.
La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autora: Jenny Waycott es profesora del Departamento de Informática y Sistemas de Información de la Universidad de Melbourne.
Imagen: Un estudiante ayuda a un anciano mientras participa en el programa «Generation ON-LINE» en un aula equipada con ordenadores del gimnasio número uno de la ciudad rusa de Vladivostok, en el lejano oriente del país. REUTERS/Yuri Maltsev.



