El senador Russell B. Long, presidente del Comité de Finanzas del Senado a finales de la década de 1960 y durante la de 1970, observó en una ocasión que los esfuerzos por reformar el sistema tributario se regían por el principio de “no me grabes a mí, no grabes a ti, grava al hombre que está detrás de aquel árbol.” Cuando los políticos estadounidenses intentan reestructurar el sistema tributario, siempre existe la presión de encontrar la manera de recaudar ingresos de algún grupo poco favorecido o de reducir la carga fiscal de los ciudadanos que han cultivado favores.
Para contrarrestar este instinto, algunos economistas y responsables políticos proponen pasar a un impuesto sobre la renta plano, en el que cada perceptor de ingresos del país paga un porcentaje fijo de sus ingresos, independientemente de cuánto gane. Otros sostienen que un impuesto sobre el consumo sería una mejor forma de estructurar el código tributario, de modo que cada persona pague impuestos solo por lo que consume. También se barajan con frecuencia combinaciones de estos dos planes.
Pero la idea directa y en apariencia justa de gravar a todos al mismo tipo o por la misma actividad no es tan sencilla. Que cada perceptor de ingresos pague la misma proporción de sus ingresos parece justo a primera vista, pero suprimir la estructura tributaria progresiva de EE. UU. aumentaría de forma radical la desigualdad de ingresos en Estados Unidos.
La estructura tributaria progresiva actual ayuda a reducir lo que los economistas denominan “desigualdad de ingresos después de impuestos y transferencias” al gravar a los más ricos a tipos más altos. Esos ingresos federales se utilizan después para financiar programas gubernamentales que ayudan a aliviar la desigualdad económica, entre ellos la asistencia nutricional suplementaria y el seguro médico. Sin embargo, desde la década de 1980, el sistema tributario federal se ha vuelto menos progresivo, contribuyendo cada vez menos a reducir la desigualdad de ingresos. Estas reducciones de impuestos a los perceptores de rentas altas se presentan como reformas que impulsan el crecimiento. Pero la investigación demuestra que los recortes fiscales dirigidos a los perceptores de ingresos bajos y medios son más eficaces, y que los recortes fiscales anteriores para los ricos han provocado una mayor desigualdad, pero no han generado un crecimiento más sólido.
También existe un problema distributivo en los impuestos sobre el consumo. Una vez más, gravar a todos al mismo tipo por la misma actividad también parece bastante justo, pero solo si no se piensa demasiado en ello. Todos podrían pagar el mismo impuesto sobre las ventas, por ejemplo, pero los hogares de ingresos bajos y medios consumen una fracción mayor de sus ingresos, por lo que soportarían una mayor parte de la carga tributaria. Ya podemos observar esto en los sistemas tributarios estatales, que dependen más de los impuestos sobre las ventas. El gobierno del estado de Washington recurre bastante a los impuestos sobre las ventas y a los impuestos especiales. El resultado es que los hogares con ingresos en el 20 por ciento más bajo de los perceptores pagan, de media, el 16,8 por ciento de sus ingresos en impuestos estatales y locales. El 1 por ciento más rico solo paga el 2,4 por ciento de sus ingresos al gobierno estatal y local.
En ocasiones, los planes de impuesto plano y de impuesto al consumo se combinan. Estas ideas alcanzaron una apoteosis reciente en el plan “9-9-9” propuesto por el antiguo candidato presidencial Herman Cain en 2011. Su reforma propuesta habría creado un sistema tributario con tres impuestos, todos ellos fijados al 9 por ciento: un impuesto nacional sobre las ventas, un impuesto empresarial y un impuesto individual. Según el Tax Policy Center, los tres impuestos combinados equivaldrían a un impuesto nacional sobre las ventas del 25 por ciento. Según los cálculos de este centro de estudios, el resultado de un plan así sería un sistema tributario increíblemente regresivo. Los contribuyentes estadounidenses con ingresos inferiores a 200.000 dólares al año, aproximadamente el 90 por ciento del país, verían de media un aumento de impuestos, mientras que quienes superen esa cifra verían una reducción.
La simplicidad y la elocuencia no significan necesariamente eficiencia o equidad, al menos en lo que respecta a los sistemas tributarios. Los defensores del impuesto plano y del impuesto al consumo deben realizar más investigaciones que tengan en cuenta si estas reformas afectarían a la desigualdad de ingresos y al crecimiento económico, y de qué manera.
Este artículo se publica en colaboración con Washington Center for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Nick Bunker es analista de políticas del Washington Center for Equitable Growth.
Imagen: Formularios del impuesto sobre la renta individual 1040 de EE. UU. se ven en Nueva York. REUTERS/Shannon Stapleton


