Desde mi adolescencia, me han fascinado las permutaciones y maniobras de la política nacional. Hoy me centro en tendencias políticas más amplias que también ayudan a explicar los problemas económicos mundiales.
Una de esas tendencias es la fragmentación y polarización política visible en las democracias occidentales. Los movimientos marginales, algunos de los cuales operan dentro de estructuras políticas establecidas y otros que buscan crear nuevas, están presionando a los partidos tradicionales, dificultándoles movilizar a sus simpatizantes y, en algunos casos, causándoles un daño considerable. Desesperados por no parecer débiles, los partidos de larga trayectoria se han vuelto reacios a cooperar con sus adversarios políticos.
La consiguiente negativa a colaborar en los principales asuntos del momento ha tenido un impacto dramático en las políticas económicas. Antes formuladas mediante negociaciones en el centro político, donde las democracias occidentales llevan mucho tiempo asentadas, las políticas públicas están cada vez más determinadas por fuerzas intransigentes de la extrema izquierda y la extrema derecha.
Hay que reconocer que este enfoque ha producido algún que otro avance, a veces bueno y a veces malo. Pero el resultado general ha sido la parálisis política, que afecta incluso a los elementos más básicos de la gestión económica (como aprobar activamente un presupuesto en Estados Unidos). No hace falta decir que, cuanto mayores sean los retos de gobernanza y de políticas públicas en el ámbito nacional, más difícil será la cooperación regional y mundial.
El Tea Party de Estados Unidos es un ejemplo de ello. Tras su éxito en el escenario nacional en las elecciones legislativas de mitad de mandato de 2010, muchos legisladores republicanos se preocuparon tanto por asegurar la «base» de su partido de cara a futuras campañas de reelección que dejaron de sentirse cómodos con el tipo de cooperación bipartidista que sustenta una formulación eficaz de las políticas económicas.
Pero el impacto del Tea Party no terminó ahí. Al contribuir al cierre de las operaciones del Gobierno federal y plantear repetidamente la amenaza de un impago técnico, puso en riesgo una recuperación económica estadounidense ya frágil. Aunque el movimiento ha evolucionado y ya no amenaza con tomar la economía como rehén, sigue contribuyendo a la parálisis política general.
Ahora parece que Europa se dirige por un camino similar, a medida que los partidos no tradicionales —muchos de ellos impulsados por un único tema— ganan influencia. Movimientos como el Frente Nacional de Francia, contrario a la inmigración, hacen que los principales partidos tradicionales sean más propensos a complacer a los extremistas para conservar su apoyo.
Por supuesto, su temor no es irracional, como descubrió el PASOK, un partido de izquierda de larga trayectoria en Grecia, cuando el partido de extrema izquierda y contrario a la austeridad Syriza obtuvo una victoria arrolladora en enero. Pero eso no cambia el hecho de que la necesidad de los partidos de atender sus temores electorales está causando graves daños a la formulación de políticas públicas nacionales.
De hecho, la mayoría de los partidos establecidos están tan ocupados defendiéndose que apenas se inclinan a participar en el tipo de reflexión estratégica con visión de futuro necesaria para revitalizar modelos de crecimiento agotados, afianzar la estabilidad financiera y garantizar que la innovación tecnológica posibilite una prosperidad ampliamente compartida. Como resultado, las economías occidentales operan crónicamente por debajo de su potencial y corren el riesgo de socavar su potencial futuro.
Por eso, es probable que las generaciones futuras recuerden este periodo como una época de oportunidades económicas perdidas. En vez de ceder ante la polarización y la parálisis, los responsables de formular políticas deberían promover inversiones en infraestructuras que impulsen el crecimiento y la productividad, financiadas a tipos de interés excepcionalmente bajos; ampliar las reformas del mercado laboral; y trabajar para abordar la creciente desigualdad de ingresos y riqueza, que limita cada vez más el acceso a las oportunidades económicas.
Asimismo, los responsables de formular políticas deberían reformar estructuras fiscales incoherentes e inconsistentes, plagadas de exenciones injustas. También deberían impulsar una reforma migratoria que transforme un sistema que penaliza el talento, fomenta las prácticas ilícitas y, como ilustran los miles de migrantes que se han ahogado en el mar Mediterráneo en los últimos años al intentar llegar a Europa, a menudo conduce a tragedias humanas.
Pese al descontento generalizado con las instituciones políticas de muchos países occidentales —por ejemplo, el Congreso de Estados Unidos registra índices de aprobación muy bajos—, es difícil imaginar qué podría romper el actual punto muerto. Dentro de los partidos establecidos, las fuerzas que promueven la renovación son débiles y desiguales. Si a eso se suma un medio informativo cada vez más polarizado y casi tribal, capaz de amplificar las divisiones sociales, el margen para una transformación colaborativa es extremadamente limitado.
Por su parte, muchos de los partidos marginales, pese a su creciente popularidad, tienen dificultades para alcanzar el poder, como ilustraron las recientes elecciones británicas. Y los que lo consiguen, como Syriza, pronto se sienten frustrados por los sistemas prácticamente inamovibles en los que deben operar, una situación que su falta de experiencia en el gobierno hace aún más difícil.
Con el tiempo, los sistemas políticos occidentales evolucionarán para responder a las necesidades de sus economías. Pero, mientras tanto, la gran mayoría de las empresas y los hogares tendrán que desenvolverse en sistemas que hacen relativamente menos por ayudarles a alcanzar su potencial, lo que los sitúa en desventaja frente a competidores que operan en sistemas más favorables.
Hasta cierto punto, la innovación tecnológica compensará esa carencia, al permitir que las personas y las empresas lleven vidas más autodirigidas y creen focos de excelencia y bienestar. Pero, aunque esto sea una buena noticia para algunos, no basta para frenar el aumento de la desigualdad de ingresos, riqueza y oportunidades ni para impulsar la prosperidad inclusiva que las economías occidentales pueden y deberían generar.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Mohamed A. El-Erian, asesor económico principal de Allianz y miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, preside el Consejo de Desarrollo Global del presidente Barack Obama.
Imagen: Un hombre mira una pantalla frente a una sucursal de United Overseas Bank (UOB). REUTERS/Vivek Prakash.


