A comienzos de 2015, dos rasgos conocidos dominan las perspectivas de la economía mundial: la turbulencia persistente en los mercados financieros y la fortaleza relativa de la recuperación de Estados Unidos. Sin embargo, un aspecto del mejor desempeño de Estados Unidos ha recibido sorprendentemente poca atención: el marcado descenso del déficit externo del país.
La reducción del déficit por cuenta corriente —desde su máximo de casi el 6 % del producto interno bruto de Estados Unidos en 2006 hasta el 2,3 % en 2013— debería ser una noticia importante. Conviene tener presente que ocurrió pese a que Estados Unidos ha disfrutado de un crecimiento más sólido de la demanda interna que Europa o Japón, y a pesar de la reciente fortaleza del dólar. Eso no fue poca cosa.

En mis primeros años de aprendizaje de economía internacional, me machacaron que las importaciones de Estados Unidos siempre aumentarían significativamente cuando su demanda interna creciera más que la de otras economías desarrolladas. Hace diez años, muchos economistas creían que el déficit externo de Estados Unidos persistiría hasta que cediera la demanda interna o se desplomara el dólar (o ambas cosas).
Lo que me preocupa al comenzar 2015 es que este ajuste, poco conocido pero muy significativo, podría estar ahora amenazado.
Una variable crucial es el precio del petróleo. Estados Unidos es importador neto de petróleo, por lo que el desplome de los precios del crudo ha reducido el déficit por cuenta corriente. A corto plazo, seguirá haciéndolo; a más largo plazo, sin embargo, entrarán en juego otras fuerzas. El petróleo barato elevará los ingresos reales de los consumidores estadounidenses y les permitirá gastar más en importaciones. Además, si el precio del petróleo se mantiene bajo, el reciente auge de la inversión en la producción nacional de petróleo y gas de esquisto podría estancarse o incluso revertirse. La oportunidad tecnológica que ofrece la fracturación hidráulica —y la perspectiva de una mejora permanente de la balanza comercial de Estados Unidos en petróleo— podría echarse a perder.
Otro factor importante es la ya mencionada fortaleza del dólar. Durante el último año, el dólar se ha apreciado frente a casi todas las principales monedas. Aunque la relación aún no resulte evidente, un dólar más fuerte ralentizará la reducción del déficit de Estados Unidos.
Por un lado, si el dólar se fortaleciera en 2015 como lo hizo en 2014, el aumento de los ingresos reales impulsaría la demanda de los consumidores, lo que respaldaría la recuperación. Por otro, la menor competitividad de los productores estadounidenses en los mercados nacionales y extranjeros probablemente anularía ese beneficio. Las exportaciones caerían y las importaciones aumentarían. Es muy probable —contrariamente a algunos pronósticos a corto plazo— que la combinación de petróleo barato y un dólar fuerte beneficie más a Japón y a la zona del euro que a Estados Unidos.
Si yo fuera responsable de formular políticas en Estados Unidos, esto me preocuparía. Si fuera gobernador de la Reserva Federal, quizá me preocuparía lo suficiente como para preguntarme si la fortaleza del dólar —en la práctica, un endurecimiento no planificado de la política monetaria estadounidense— debería hacerme querer aplazar una vez más la primera subida de los tipos de interés a corto plazo desde la crisis.
Es cierto que un dólar fuerte mantendrá bajo control la inflación importada, pero la inflación aún no es motivo de preocupación. Mientras tanto, una mayor apreciación de la moneda podría causar daños estructurales duraderos a la economía al poner fin prematuramente a la reciente recuperación de la industria manufacturera estadounidense. Y eso no es todo. Últimamente, a diferencia de las demás monedas principales, el renminbi chino se ha apreciado junto con el dólar; en algún momento, es probable que las autoridades de Pekín actúen contra la continua pérdida de competitividad. Eso agravaría los riesgos a la baja para la economía estadounidense.
Muchos dirán que Estados Unidos poco puede hacer ante la caída de los precios del petróleo o la subida del dólar, y espero que tengan razón. Aun así, imagino a los responsables de formular políticas de Estados Unidos movilizando a sus diplomáticos y descolgando el teléfono para instar a sus homólogos extranjeros a que no resuelvan sus propios problemas económicos a expensas de Estados Unidos. Desde 2008, la estructura de la economía estadounidense ha cambiado y, en parte por esa razón, el país ha recuperado gran parte de su fortaleza. No se renunciará fácilmente a esos avances.
Este artículo se publica en colaboración con Bruegel Blog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Jim se incorporó como investigador visitante al centro de estudios Bruegel en septiembre de 2013.
Imagen: Un trabajador baja las escaleras de un tanque de petróleo en el puerto mediterráneo turco de Ceyhan, gestionado por la empresa estatal Petroleum Pipeline Corporation (BOTAS), a unos 70 km (43,5 millas) de Adana, el 19 de febrero de 2014. REUTERS/Umit Bektas.

