En los próximos meses, los líderes europeos se enfrentarán a dos grandes desafíos. Primero, tendrán que encontrar la manera de convertir una frágil mejoría de las condiciones económicas —impulsada principalmente por la bajada de los precios del petróleo, un euro más débil y políticas monetarias no convencionales— en una recuperación duradera. Después, tendrán que impulsar avances reales en la transición hacia un futuro con bajas emisiones de carbono, antes de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París a finales de año.
A primera vista, estos objetivos pueden parecer contradictorios. Pero no tienen por qué serlo. De hecho, una propuesta de política podría ayudar a alcanzar ambos: un régimen de amortización acelerada de las inversiones, con tasas especiales para las inversiones ecológicas. La próxima reunión del G-7 en Alemania sería un buen momento para anunciar un nuevo paquete de incentivos que impulsara la inversión en general, con especial atención a la eficiencia energética.
Aún no está claro que el retorno de Europa al crecimiento económico vaya a mantenerse. Desde 2010, su desempeño ha quedado rezagado respecto al de otras economías avanzadas. Incluso en Alemania, la economía más fuerte de la Unión Europea, la inversión todavía no ha repuntado con fuerza.
Del mismo modo, es urgente intensificar la lucha contra el cambio climático. Cada año que pasa antes de que hagamos la transición a una economía con bajas emisiones de carbono acarrea costos crecientes. La Agencia Internacional de la Energía estima que por cada euro que no se invierta en reducir las emisiones de carbono antes de 2020, después tendremos que gastar más de cuatro euros para volver a controlar el cambio climático.
El ambicioso plan de inversión de 315.000 millones de euros (344.000 millones de dólares) del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, no es adecuado para abordar nuestros desafíos ambientales. La cifra principal es impresionante, pero es poco probable que las inversiones propuestas aporten lo necesario. Para poder optar a ellas, las inversiones deben ser rentables. Y, en ausencia de un precio eficaz del carbono u otros incentivos, muy a menudo las inversiones respetuosas con el medio ambiente no cumplirán los requisitos, aunque la Comisión haya declarado formalmente que deberían tener prioridad.
Hay una forma mucho más eficiente de garantizar que las inversiones beneficien tanto a la economía como al clima. Las empresas aumentan sus inversiones en períodos de incertidumbre cuando se les permite amortizar rápidamente los gastos de capital durante un período limitado. Esto también ocurre cuando se ofrecen tasas de amortización especiales para las inversiones que aumentan la eficiencia energética.
Acelerar la amortización en general y, al mismo tiempo, ofrecer incentivos adicionales para los gastos ecológicos podría beneficiar tanto al ciclo económico como al clima. Las empresas suelen hacer los mayores esfuerzos concertados para ecologizar su producción cuando, de todos modos, están planeando invertir en nuevas máquinas o edificios.
En el pasado han funcionado programas similares. Estados Unidos permitió la amortización adicional en 1985 y 2002, y entre 2008 y 2013. Según un estudio de los economistas estadounidenses Christopher House y Matthew Shapiro, estas políticas fueron muy eficientes, pues ofrecieron fuertes incentivos para invertir en bienes de capital a largo plazo.
El Gobierno francés ha adoptado recientemente una medida similar, a la que este año destinará 500 millones de euros. Las empresas podrán deducir de sus beneficios, en el primer año, gastos equivalentes a varios años y, en total, amortizar más del 100 % de su inversión. Aunque la iniciativa francesa no constituye un estímulo masivo —la inversión privada en Francia ronda los 250.000 millones de euros al año—, podría desencadenar una espiral positiva, con un efecto multiplicador significativo.
La canciller alemana Angela Merkel haría bien en recordar que introdujo un programa similar (no dirigido a sectores específicos) a finales de 2005, poco después del inicio de su primer mandato. Tras años de estancamiento, la amortización acelerada contribuyó a que la inversión se disparara en 2006, y el consiguiente repunte de la economía generó suficientes ingresos fiscales para compensar con creces la pérdida inicial para el presupuesto público.
Los gobiernos europeos deberían extender urgentemente este enfoque a toda la UE y añadirle una dimensión ecológica. Las inversiones en sistemas de calefacción, motores eléctricos, los llamados edificios inteligentes y otras iniciativas ayudarían a reducir las facturas de energía. Desde 2008, Irlanda ha recopilado una lista de unos 10.000 productos que cumplen los estándares de eficiencia energética más altos. Esta podría servir de modelo para una iniciativa en toda Europa.
Establecer un régimen de amortización acelerada centrado en las inversiones ecológicas daría un nuevo impulso importante a la transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono y ayudaría a consolidar la recuperación de Europa. Por último, pero no menos importante, también brindaría a la UE la oportunidad de volver a demostrar su liderazgo mundial.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autores: Xavier Timbeau es director principal del Observatoire des Conjonctures Economiques (OFCE). Thomas Fricke es economista jefe de la European Climate Foundation y dirige el sitio web alemán WirtschaftsWunder.
Imagen: Banderas de los Estados miembros de la Unión Europea ondean frente al edificio del Parlamento Europeo en Estrasburgo, 15 de abril de 2014. REUTERS/Vincent Kessler.


