¿Qué eficacia tienen las sanciones económicas?

¿Qué eficacia tienen las sanciones económicas?
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Estados Unidos, Europa y otras economías desarrolladas, ante situaciones fiscales difíciles y un débil apoyo político interno al compromiso, son cada vez menos proclives a perseguir objetivos de política exterior mediante la proyección de la fuerza militar.

Para compensarlo, estas potencias siguen procurando proyectar su poder mediante su influencia en la economía mundial (incluidos el dólar y el euro) y el control que ejercen sobre las corporaciones multinacionales (CMN) domiciliadas en sus países.

Las recientes sanciones occidentales contra Rusia señalaron el comienzo del primer conflicto entre grandes potencias desde el fin de la Guerra Fría. Su objetivo declarado es cambiar las políticas de Rusia, aunque Moscú está convencido de que las sanciones buscan sustituir el régimen político ruso vigente y mantener al país sometido.

En los últimos años, el mundo también ha asistido a la aparición de controles comerciales occidentales dirigidos contra Irán, Myanmar y Venezuela. De hecho, en los últimos meses, Estados Unidos y la UE han ideado nuevas formas de sanciones (por ejemplo, la lista de Identificaciones de Sanciones Sectoriales, o «SSI», del Departamento del Tesoro). Cada vez más, los responsables políticos de Washington consideran que las sanciones son los drones del futuro: armas de alta precisión que pueden desplegarse con efectos devastadores.

El uso occidental de instrumentos económicos refleja las tácticas de potencias emergentes con fuerzas armadas menos poderosas. Rusia ha impuesto sanciones a Georgia, Moldavia y Ucrania para impedir su acercamiento a Occidente, mientras que China ha utilizado sanciones contra Japón y Filipinas por cuestiones marítimas.

Las sanciones y restricciones económicas son una herramienta fundamental de la geoeconomía y pueden ir desde controles sanitarios más estrictos hasta un bloqueo económico total. Lo que importa es el tamaño y la capacidad del país sancionado, así como el poder del país o la coalición internacional que impone las sanciones. Estas herramientas se suman a incentivos económicos como los regímenes comerciales, el uso de créditos a la exportación, la ayuda condicionada y otras formas de financiación respaldada por Estados soberanos.

La aplicación de sanciones suele ser un arma de doble filo. El país que las impone perjudica a sus propias empresas que comercian con el país objetivo o invierten en él. Las empresas estadounidenses han tenido que mantenerse alejadas de Irán, los fabricantes alemanes de maquinaria han tenido que reducir sus exportaciones a Rusia y los astilleros franceses han sufrido la congelación y la posible cancelación de la venta de buques Mistral a Rusia. Las sanciones también pueden provocar contrasanciones. En 2014, Rusia respondió a las medidas occidentales prohibiendo las importaciones de alimentos de los países que se habían sumado a las sanciones contra Moscú.

Las consecuencias de esta tendencia están evolucionando, pero podrían incluir la «desglobalización» de las empresas. Es decir, a medida que se ven cada vez más obligadas a considerarse vinculadas a sus gobiernos de origen, las empresas se lo pensarán dos veces antes de invertir en ciertos mercados extranjeros. Otras consecuencias incluyen cambios en los patrones tradicionales del comercio exterior, acordes con nuevas alineaciones geopolíticas. Ante el embargo ruso al vino de 2006, Georgia tuvo que buscar nuevos mercados en Occidente, hacia donde se orientaba políticamente. Cuando Rusia afrontó sanciones occidentales en 2014, aceleró su acercamiento a China, la única gran potencia que se negó a condenar sus acciones y compartía la oposición de Moscú al dominio mundial de Estados Unidos.

El resultado de estas campañas geoeconómicas no es un juego de suma cero. Una economía más fuerte, respaldada por otras formas de poder, puede infligir más daño al país objetivo del que sufrirá a cambio, pero no siempre modifica la conducta política del gobierno que se pretende «castigar». A veces, las sanciones pueden hacer que esa conducta sea aún más problemática. Paradójicamente, el verdadero ganador puede ser un tercero que aprovecha la oportunidad: los países europeos en las primeras fases de las sanciones de Estados Unidos contra Irán; China en el caso de las actuales sanciones occidentales contra Rusia; Rusia en el caso del embargo occidental de armas a China posterior a Tiananmén; y Turquía cuando la presión de la UE llevó a Rusia a abandonar su proyecto de gasoducto South Stream.

En términos políticos, las sanciones son más eficaces contra amigos y aliados; frente a los adversarios, pueden reforzar su determinación, al menos a corto plazo. Las sanciones impuestas a Rusia en 2014 durante la crisis de Ucrania contribuyeron no solo al aumento de la popularidad de Vladimir Putin, sino, más importante aún, al crecimiento del patriotismo y el nacionalismo rusos. En momentos de bravuconería, el Kremlin incluso espera que un largo periodo de sanciones pueda garantizar la estabilidad política del país durante muchos años (aunque el declive de la economía rusa podría tener el efecto contrario).

Logren o no sus objetivos, las sanciones tienen un gran impacto económico en los países objetivo: su desarrollo tecnológico se ralentiza y sus poblaciones se empobrecen. Esto genera resentimiento popular, sin duda, pero el «cambio de régimen» no siempre es el resultado. Los regímenes más liberales, como el de Slobodan Milosevic en Serbia, pueden ser derrocados, pero los más duros, como el de Saddam Hussein en Irak, no pueden ser derrocados desde dentro. Las corporaciones multinacionales con sede en Occidente, incluso las presuntamente más fuertes, pierden sus mercados.

Los «ganadores» (relativos) de este proceso son Estados Unidos y la UE (siempre que mantengan suficiente influencia sobre la economía mundial para que las sanciones «hagan mella») y China (a cuyas empresas se suele recurrir cuando se excluye a las firmas occidentales y que es la más activa en apoyar a sus empresas en los mercados mundiales). Los «perdedores» son los objetivos de las sanciones occidentales, como Rusia e Irán, y las CMN con sede en Occidente, que quedan en relativa desventaja; y, sobre todo, las instituciones multilaterales concebidas para salvaguardar el libre flujo del comercio y la inversión, como la Organización Mundial del Comercio (OMC), que pierden credibilidad al parecer irrelevantes.

El informe, Geoeconomics: Seven Challenges to Globalization, está disponible aquí.

Autores: Karan Bhatia, vicepresidente de Asuntos y Políticas Gubernamentales Globales, General Electric Company. Dmitri Trenin, director del Centro Carnegie de Moscú

Imagen: Personas juegan al hacky sack en la plaza Manezhnaya, cerca del Kremlin, en una soleada tarde en Moscú, el 26 de marzo de 2008. REUTERS/Denis Sinyakov

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