La pobreza está asociada a numerosos problemas de salud. Una crisis sanitaria relativamente reciente atribuida en gran medida a la pobreza es la obesidad. Según la Organización Mundial de la Salud, las tasas de obesidad se han más que duplicado desde 1980, superando los 500 millones de personas en todo el mundo en 2012, con 1.400 millones de personas con sobrepeso. En otras palabras, casi una décima parte de la población mundial es actualmente obesa. Y aunque al principio la obesidad se consideraba un problema del primer mundo, ahora se da con la misma frecuencia en muchos países en desarrollo, a menudo junto con la malnutrición.
Dada la magnitud de la crisis y el enorme coste económico y social, muchos académicos han intentado determinar sus causas y, en particular, por qué las personas pobres corren más riesgo. Entre los factores que se suelen proponer para vincular la pobreza y la obesidad figuran la mayor disponibilidad de alimentos baratos y ricos en calorías, y la falta de conocimientos sobre lo que constituye una dieta saludable.
En otras palabras, suele suponerse que, si las personas saben qué tipo de alimentos les convienen y tienen fácil acceso a ellos, podrían evitar la obesidad, aunque sigan viviendo en la pobreza. Por ello, muchas campañas de salud pública han intentado educar a la población sobre sus necesidades nutricionales, informarla sobre el contenido y el valor nutricional de los alimentos y proporcionarle vales para facilitar el acceso a alimentos saludables.
Psicohambre
Pero es posible que intervenga aquí un mecanismo psicológico que vincula la pobreza con la obesidad. De ser así, significaría que las campañas de salud son ineficaces y, sin duda, explicaría por qué las cifras de obesidad siguen aumentando.
Muchas criaturas muestran un instinto ante la escasez: acumular reservas de calorías para sobrevivir a una posible hambruna. ¿Podría ser que, del mismo modo que un oso se prepara para el invierno consumiendo cantidades de comida muy superiores a sus necesidades diarias, las personas expuestas a la pobreza y la recesión consuman cantidades excesivas de alimentos para sobrevivir a lo que podrían percibir como un invierno económico inminente?
Sin duda hay pruebas de que, cuando los alimentos escasean o su disponibilidad es insegura, tanto los seres humanos como los animales aumentan su consumo de forma preventiva. La investigación experimental sobre la conducta alimentaria de los animales ha demostrado que estos patrones de alimentación anticipatoria aparecen rápidamente como respuesta a señales que indican periodos de escasez de alimentos. De manera similar, las investigaciones con personas en entornos naturaleshan identificado un vínculo entre la inseguridad alimentaria y los atracones compensatorios.
Lo que no está claro es si las señales de pobreza y recesión económica podrían desencadenar la misma conducta alimentaria instintiva incluso cuando es poco probable que los alimentos escaseen o dejen de estar disponibles. Pusimos a prueba esta posibilidad en dos estudios experimentales realizados con muestras de estudiantes bastante acomodados de Australia y el Reino Unido. En el primer estudio participaron 53 estudiantes y en el segundo, 54; los resultados se publicarán en los próximos meses.
La prueba de la presentación de diapositivas
En el estudio australiano, llevamos a los participantes al laboratorio para realizar dos tareas aparentemente no relacionadas: examinar las percepciones de la economía y disfrutar de la comida mientras veían películas. Como primera tarea, les pedimos que vieran una presentación de diapositivas sobre el futuro de la economía australiana. La mitad de los participantes vio una presentación sobre una inminente recesión económica y la otra mitad, una sobre una prosperidad económica moderada. Después de la presentación, ambos grupos indicaron en qué medida creían que el futuro económico de Australia estaría marcado por la recesión o la prosperidad.
Luego, todos vieron dos vídeos breves, de unos cuatro minutos cada uno, sobre arte e historia. Durante cada vídeo, se sirvieron a los participantes dos platos de aperitivos y se les invitó a comer cuanto quisieran. Con el primer vídeo se les ofrecieron dos tipos de aperitivos salados: una opción baja en grasas y calorías (galletas de arroz) y otra alta en grasas y calorías (galletas de queso).
Con el segundo vídeo, se ofrecieron a los participantes dos tipos de aperitivos dulces: una opción baja en calorías (uvas) y otra alta en calorías (chocolates). Sin que los participantes lo supieran, pesamos los platos antes y después.
Los resultados revelaron que los participantes que habían visto una presentación sobre una próxima recesión económica y estaban de acuerdo en que el futuro de Australia sería sombrío consumieron más calorías en total. También mostraron preferencia por los alimentos con alto contenido calórico: comieron más galletas de queso y chocolates que galletas de arroz o uvas. Y, al preguntarles qué sabor tenían los alimentos, los participantes que habían visto la presentación sobre la escasez consideraron más sabrosos los aperitivos con alto contenido calórico.
Es importante señalar que estos resultados no pueden explicarse por una mayor ansiedad tras ver el pronóstico pesimista: el efecto de la ansiedad se descartó estadísticamente. Asimismo, los resultados se mantuvieron tras tener en cuenta el nivel socioeconómico, el género, el grado de hambre y el índice de masa corporal de los participantes. En resumen, tras oír hablar de una recesión económica inminente, las personas eligen alimentos con muchas calorías, comen más y los disfrutan más.
La prueba de comparación social
En nuestro estudio en el Reino Unido, inducimos a distintos participantes a sentirse pobres o acomodados. Para ello, les pedimos que se compararan con personas que vivían cómodamente o en la pobreza y que luego pensaran en las semejanzas que tenían con el grupo correspondiente. Después, realizaron la tarea de los vídeos y los aperitivos. Los resultados fueron sorprendentes: los participantes inducidos a sentirse pobres comieron alrededor de un 50 % más de calorías que quienes fueron inducidos a sentirse acomodados. Al igual que en el primer estudio, nos aseguramos de que la ansiedad, el nivel socioeconómico, el género, el grado de hambre y el índice de masa corporal no fueran responsables.
Es importante señalar que ni la presentación de diapositivas ni las manipulaciones de comparación social mencionaron los alimentos en ningún momento. En cambio, aludimos a las oportunidades de empleo, la asequibilidad de la vivienda y las estrategias que usa la gente para llegar a fin de mes, como medio para presentar señales de pobreza y crisis económica. Sin embargo, incluso manteniendo los alimentos completamente al margen del tema, bastó para provocar la respuesta instintiva de acumular reservas calóricas comiendo más y eligiendo opciones con alto contenido calórico.
Por tanto, nuestros resultados señalan una vía que no se había detectado antes: un aumento instintivo del consumo de calorías provocado por la pobreza y el pesimismo económico, que puede conducir a la obesidad. Esto debería dar que pensar —si se nos permite el juego de palabras— a quienes hacen campaña por la salud pública.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autores: Boyka Bratanova es profesora de Gestión en la Universidad de Abertay Dundee. Stephen Loughnan es profesor de Psicología Experimental y Social en la Universidad de Edimburgo.
Imagen: Una mujer con sobrepeso está sentada en una silla en Times Square, Nueva York, el 8 de mayo de 2012. REUTERS.


