¿Cómo afecta la desigualdad al bienestar?

¿Cómo afecta la desigualdad al bienestar?
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El aumento de la desigualdad de ingresos en Estados Unidos durante las últimas décadas está bien documentado. Pero para entender cómo afecta esta tendencia al crecimiento económico y al bienestar, los investigadores deben ir más allá de los ingresos y considerar otros factores en la vida de personas de todos los ámbitos.

Por eso, el Washington Center for Equitable Growth ha concedido una de sus subvenciones inaugurales a Timothy Smeeding, profesor distinguido de Asuntos Públicos y Economía de Artes y Ciencias en la Universidad de Wisconsin-Madison. Él, junto con sus coautores —Jonathan Fisher, de la Universidad de Stanford; Jeff Thompson, de la Junta de la Reserva Federal; y David Johnson, de la Oficina de Asuntos Económicos—, analizará registros de ingresos, patrimonio y consumo para entender cómo los cambios en la distribución del ingreso y la riqueza afectan las decisiones de consumo y ahorro, y luego mostrará cómo estos factores afectan a la economía de Estados Unidos.

Su investigación bien podría ser fundamental para entender si la desigualdad económica afecta al crecimiento, y cómo lo hace, dada la repentina divergencia entre la desigualdad del consumo y la desigualdad de ingresos tras la Gran Recesión de 2007-2009. De 1984 a 2006, la desigualdad del consumo y la de ingresos aumentaron en paralelo, como cabría esperar. A medida que los hogares con mayores ingresos obtenían más ingresos, también gastaban más.

Sin embargo, Smeeding observó que en 2006 empezó a ocurrir algo interesante: la desigualdad del consumo disminuyó y siguió disminuyendo durante toda la Gran Recesión. Smeeding y sus dos colegas, Jonathan Fisher y David Johnson, concluyen que, de forma algo sorprendente, el mayor descenso del consumo durante la recesión se produjo en la parte alta de la distribución de ingresos, mientras que quienes estaban en la parte baja de la escala de ingresos redujeron sus gastos en mucha menor medida. Los hogares de ingresos altos suelen disponer de mejores ahorros y herramientas financieras durante las recesiones económicas, lo que normalmente los protege de tener que cambiar drásticamente sus hábitos de gasto. Pero durante la Gran Recesión estos hogares de ingresos altos perdieron gran parte de esos ahorros y redujeron el consumo para reconstruir su patrimonio.

La Gran Recesión también provocó una pérdida de confianza, que pudo haber motivado a los hogares con mayores ingresos a aumentar sus ahorros porque eran pesimistas respecto de la economía en general. Los economistas entienden que la desigualdad del consumo y la de ingresos divergieron durante la Gran Recesión, y que el patrimonio pudo haber influido, pero aún no tienen una visión completa de cómo interactúan el consumo, los ingresos y el patrimonio (tres componentes ampliamente aceptados del crecimiento económico y el bienestar). Tampoco se han evaluado los cambios en la distribución de estas medidas a lo largo del tiempo.

Smeeding y sus colegas utilizarán el Panel Study of Income Dynamics, o PSID, junto con la Encuesta de Gastos de Consumo de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos y la Survey of Consumer Finance de la Junta de la Reserva Federal, para comparar y contrastar las tres medidas del bienestar económico de las mismas personas en el mismo momento.

En particular, Smeeding utilizará todos estos datos para crear un modelo que examine la propensión media al consumo (el porcentaje de los ingresos y el patrimonio que se destina a bienes y servicios en lugar de al ahorro), así como la propensión marginal al consumo (el aumento del gasto, en vez del ahorro, que resulta de un incremento de los ingresos o el patrimonio) durante el período 1989-2013. Smeeding prevé que estos modelos mostrarán que, a medida que aumentan los ahorros y el patrimonio como porcentaje de los ingresos, disminuye el consumo como porcentaje de los ingresos.

El trabajo de Smeeding ofrece una alternativa a una definición de los niveles de vida de los hogares basada exclusivamente en los ingresos. Los ingresos y el consumo por sí solos no reflejan con exactitud si el bienestar de un hogar es sostenible. Si, por ejemplo, una persona con ingresos decentes se enfrenta de repente a un gasto médico imprevisto, quizá tenga que retirar dinero de sus ahorros, lo que compromete su seguridad económica a largo plazo. Entender la distribución de los ingresos, el consumo y el patrimonio debería ayudar a los investigadores y responsables de políticas públicas a obtener una imagen mucho más precisa del crecimiento económico y el bienestar.

Este artículo se publica en colaboración con The Washington Center for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Bridget Ansel es editora adjunta de Publicaciones y Desarrollo de Equitable Growth.

Imagen: Un hombre observa un panel electrónico que muestra los precios de las acciones en Tokio, el 8 de julio de 2009. REUTERS/Yuriko Nakao.

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