Impulsada por los avances de la tecnología digital, la fuerza laboral bajo demanda lleva creciendo de forma constante desde hace más de una década, dando lugar a una nueva economía de «gig». Se trata de una economía en la que cada vez más personas eligen, o se ven obligadas, a ganarse la vida realizando numerosos pequeños «gigs» en lugar de tener un empleo a tiempo completo o parcial.
Si bien la economía de los «gigs» puede ofrecer mayor flexibilidad y eficiencias económicas, también da paso a una fuerza laboral ansiosa y desfavorecida, pegada a sus teléfonos inteligentes o portátiles, a la espera de que surja el siguiente «gig».
Primero surgieron los mercados de servicios como Elance, oDesk (hoy Upwork), Freelancer, y 99Designs- a través de los cuales profesionales de la informática y diseñadores competían por encargos puntuales o de corta duración. Después llegó la ola actual de plataformas digitales como Uber, airbnb, y la start-up australiana Whizz, que ofrece servicios de limpieza bajo demanda.
Inteligencia humana a la venta
Una fuerza laboral bajo demanda aún mayor a escala mundial se ha nutrido de plataformas basadas en la multitud, como Mechanical Turk de Amazon AMT y CrowdFlower , en las que millones de trabajadores realizan lo que en el sector se conoce como microtareas.
Se trata de tareas como etiquetar imágenes, extraer palabras clave, recopilar o verificar datos de direcciones, traducir pequeños fragmentos de textos y así sucesivamente. AMT las denomina tareas de inteligencia humana (HIT). Una HIT puede completarse en unos segundos o unos minutos (por lo que se pueden ofrecer a los trabajadores unos pocos centavos) y se agrupan en lotes de cientos de HIT.
En el momento de redactar este artículo, había unas 300.000 HIT disponibles en AMT. Un Turker medio (como los denomina AMT) puede esperar ganar entre US$2 y US$5 por hora en un buen día, pero no hay garantía alguna en cuanto a la disponibilidad regular de trabajo.
Los proveedores de plataformas desempeñan el papel de intermediarios que atraen, por un lado, a los solicitantes de servicios y, por otro, a los proveedores o trabajadores. El número de trabajadores registrados en estas plataformas sigue creciendo. Pese a los bajos salarios y a la ausencia de derechos significativos, se calcula que cuatro millones de personas recurren periódicamente a estas plataformas en busca de trabajo.
Muchos propietarios de plataformas y gurús de la innovación han tratado de presentar la economía de los «gigs» como el inicio de una nueva era de trabajo flexible, igualitario y liberador. Pero es difícil no estar de acuerdo con la observación que hizo el abogado estadounidense especializado en empleo y derechos civiles Moshe Marvit, quien escribió en la revista The Nation que, en esencia, la economía de los «gigs» ha reinventado el trabajo a destajo para la era digital.
Carrera hacia el fondo
Los datos sistemáticos sobre los trabajadores bajo demanda son escasos, como leímos en The Conversation la semana pasada. Los datos disponibles sobre la demografía de los Turkers de 2010 indican que una gran mayoría de los Turkers procedía de Estados Unidos (47%) o de India (34%). Alrededor del 63% tiene títulos universitarios, el 30% son mujeres y la mediana de edad es de 30 años.
Los trabajadores tienen muy poco poder de negociación en lo que quizá sea uno de los mercados no regulados más grandes del mundo. Casi siempre se los clasifica como contratistas independientes y no como empleados.
No tiene nada de novedoso que los trabajadores realicen trabajos por piezas en su propio tiempo. Pero las plataformas basadas en internet, impulsadas por avances tecnológicos como la computación en la nube, la telefonía móvil y la computación orientada a servicios, han permitido que estos mercados escalen en espacio y tiempo hasta un punto en que el tamaño del ejército de reserva de desempleados y subempleados está forzando una carrera a la baja en los niveles salariales.
Los algoritmos basados en datos para el seguimiento continuo del desempeño y la reputación de los trabajadores permiten a los solicitantes elegir a su antojo entre los trabajadores. También tienen el derecho unilateral de rechazar, sin pago, todo o parte del trabajo completado por un trabajador, lo que añade presión sobre estos.
Los propietarios de plataformas basadas en «gigs» también empiezan a estar bajo el escrutinio de los reguladores y las autoridades fiscales. Recientemente, la Oficina Tributaria de Australia dictaminó que todos los conductores de Uber que prestan servicios de transporte compartido deben registrarse y pagar el GST clasificando el trabajo como «servicio de viajes en taxi».
Los conductores ya pagan el 20% a Uber. Uber ha indicado que aumentará las tarifas en toda Australia en aproximadamente un 10% para compensar el GST. Pese a ello, es probable que las tarifas relativamente bajas fijadas por Uber provoquen la deserción de conductores. La respuesta de la empresa ha sido impugnar la resolución y se espera que lleve el asunto al Tribunal Federal.
Nueva mano de obra
El debate más amplio sobre la necesidad de regular las empresas de plataformas de rápido crecimiento y la economía bajo demanda, cada vez más acelerada, está empezando a cobrar fuerza en muchos países. La Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos lanzó una consulta pública sobre la «economía colaborativa», y la respuesta de los grupos empresariales, los consumidores y los sindicatos fue abrumadora.
La agencia recibió más de 2.000 comentarios, lo que refleja las perspectivas y exigencias enfrentadas de un amplio abanico de partes interesadas. Sin embargo, el planteamiento del debate en términos de «cuestiones que afrontan las plataformas, los participantes y los reguladores en la economía colaborativa» dio lugar a que quedaran relegadas las voces de los más afectados: los trabajadores.
No obstante, cuestiones básicas como la clasificación de los trabajadores como empleados o contratistas independientes; el derecho de los trabajadores a negociar colectivamente un salario mínimo digno y unas condiciones dignas; y la necesidad de acuerdos de nivel de servicio equilibrados, deben abordarse de forma justa.
El espectro de una infraclase de proletariado digital no desaparecerá hasta que eso ocurra.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Joseph G. Davis es catedrático de Sistemas y Servicios de Información en la Universidad de Sídney.
Imagen: una imagen genérica de una mujer en una oficina utilizando un ratón de ordenador. OFFPO REUTERS/Catherine Benson.



