A los 23 años, cuando empezaba mis estudios de posgrado en relaciones internacionales, me aterraba la perspectiva de tener que cursar economía. Probablemente tuvo algo que ver el hecho de que había pasado toda mi carrera universitaria como estudiante de historia que marchaba por la paz. También estaba aquel momento, en cuarto grado, cuando saqué una D en matemáticas, pero no hablaremos de eso.
En fin, me llevé una grata sorpresa al descubrir que las matemáticas y la lógica de la economía me resultaban comprensibles. Me sentí orgullosa de haberlo entendido. Y, por supuesto, de haberme suscrito por mi cuenta al Financial Times. Ah, los conspicuos patrones de consumo de una estudiante de economía recién estrenada.
Pero tuve momentos de duda.
Recuerdo uno en particular: estaba sentada al fondo de una clase de microeconomía mientras el profesor explicaba cómo los consumidores, es decir, los seres humanos, distribuyen sus ingresos para obtener la mayor «utilidad» o «satisfacción» con el menor gasto. Y cómo, cuanto más ingresos tiene una persona, mayor es su satisfacción total.
No podía creerlo. ¿Acababa el profesor de trazar unas líneas con tiza y demostrar que más dinero conduce a más felicidad? ¿En esto se basa la microeconomía? ¡Pero la satisfacción verdadera no tiene nada que ver con comprar cosas! ¿Y qué hay de hacer el bien y sacrificarse por los demás? ¿Acaso eso no influía también en las decisiones sobre los ingresos? Estaba bastante segura de que mis padres lo habían demostrado al criar a cinco hijos con el sueldo de un bombero.
Me quedé callada porque me faltaba confianza para expresarme. Pero creo que hoy no son pocos los economistas que estarían de acuerdo conmigo al cuestionar los supuestos que sustentan la teoría de la «maximización de la utilidad». De hecho, probablemente también había algunos de ellos por ahí en 1998. Yo simplemente no lo sabía.
Sí, algo se ha estado gestando en la economía. Algunos dicen que se remonta a Adam Smith y sus Teoría de los sentimientos morales; pero yo diría que solo se generalizó a partir de la reciente crisis financiera, que destruyó teorías más rápido que el fuego sobre una película de celuloide. Me refiero a la estrechísima relación entre nuestra humanidad y la economía.
Como probablemente ya habrán notado, no me hice economista, así que he observado desde la barrera el auge de este campo —la economía del comportamiento—. Pero, como trabajo en el Banco Mundial, tengo un asiento bastante bueno en la arena. En los últimos años, he preparado informes internos sobre charlas de Robert Shiller, Dan Ariely, y Tim Harford , todos ellos autores de libros populares que abordan el tema. (Sigo esperando con ilusión que aparezca Kahneman .) Y he escuchado a nuestros propios investigadores, como Karla Hoff y Michael Woolcock, disertar sobre heurísticas, marcos culturales y sesgos de confirmación, y sobre cómo se aplican a la economía del desarrollo.
Si tuviera que resumir la obra de estos expertos en una idea básica, sería esta: los seres humanos, sus sentimientos, sus comportamientos y las decisiones que toman son impredecibles, a veces irracionales, y están influidos por diversos factores, como la biología, las normas sociales y los modelos mentales que crean nuestras historias personales y nuestros orígenes. Tenemos que cuestionar nuestros supuestos y ajustar nuestra forma de pensar sobre economía —y, por extensión, nuestras políticas— para reflejarlo.
Me complace decir que el 2 de diciembre de 2104, el Banco Mundial abrirá camino en este campo con la publicación del Informe sobre el desarrollo mundial 2015: Mente, sociedad y conducta. El informe explora cómo influyen la psicología y la cultura en el desarrollo: desde las decisiones que toman las personas pobres hasta los sesgos que los profesionales del desarrollo tienen respecto de ellas, y mucho más. Baste decir que nuestros modelos mentales aquí en el Banco han avanzado mucho desde el «Consenso de Washington» y el ajuste estructural. (Y los míos han avanzado mucho desde aquella D en matemáticas de cuarto grado.)
Creo que debería darnos esperanza que los modelos de la economía —y ahora los marcos para pensar la economía del desarrollo— estén teñidos de la absoluta ambigüedad de la psique humana.
¿Por qué? Porque la ambigüedad significa que nada es blanco o negro, ni 100 % correcto ni 100 % incorrecto. Y porque reconocer esta ambigüedad significa que ha habido mucha introspección, que está en marcha una especie de evolución. Los supuestos se someten a prueba y se cultiva la conciencia. Todo ello trae humildad, tolerancia y una imprevisibilidad apasionante que abre la puerta a nuevas posibilidades; y, si eso es la evolución, también incluye la posibilidad —y la aceptación— de que nuestras ideas y modos de hoy terminen dando paso a otros nuevos. Creo que así ocurre con la vida, con la economía y con cualquier otra cosa.
El psiquiatra y sobreviviente del Holocausto Viktor Frankl escribió: «El ser humano es un ser que decide». Estoy de acuerdo con él y me alegra que la economía también lo esté, ahora de una manera más profunda.
Esta publicación apareció originalmente en el blog de desarrollo del Banco Mundial
Autora: Dani Clark es editora y redactora de Participación del Personal y Comunicaciones Internas en el Grupo Banco Mundial.
Imagen: Una mujer con un bebé a la espalda observa un asentamiento informal en la capital, Luanda, el 30 de agosto de 2012. REUTERS/Siphiwe Sibeko.



