A veces, muchos de nosotros hemos sentido una sensación de pérdida o distanciamiento de nuestras familias, amistades y rutinas habituales. También hemos experimentado nerviosismo y ansiedad ante los cambios en nuestra vida personal y profesional, así como temores y preocupaciones reales o imaginarios que nos han distraído, confundido y agitado.
Aunque para la mayoría de nosotros estos episodios suelen ser transitorios, pues forman parte normal de la vida humana, para millones de personas en todo el mundo los episodios frecuentes y graves de depresión y ansiedad constituyen una carga diaria incapacitante que interfiere con las responsabilidades familiares, profesionales y sociales. Pueden conducir al abuso del alcohol o las drogas, o a otras conductas autodestructivas, que aumentan la sensación de aislamiento e intensifican los sentimientos de tristeza, pérdida, ira o frustración. En ocasiones, el desenlace desafortunado es la muerte por suicidio.
Estos trastornos mentales también pueden desencadenarse cuando se producen grandes trastornos sociales, impulsados por crisis económicas, como la crisis financiera de 2008; conflictos civiles en lugares como América Central, África y Asia; epidemias, como la del ébola en Guinea, Liberia y Sierra Leona; o terremotos, como el ocurrido recientemente en Nepal. Incluso después de que se reanuda el crecimiento económico y baja el desempleo, se alcanzan acuerdos de paz, finalmente se llega a cero casos de ébola, se llora a los muertos y comienza la reconstrucción de los países, quedan daños duraderos en el tejido social de las comunidades afectadas y en el bienestar mental de las personas.
Los costos sociales de los trastornos mentales y por consumo de sustancias —incluidos la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia y el abuso de drogas y alcohol— son enormes. Son la quinta causa principal de la carga mundial de morbilidad, y representan el 7,4 % del total de años perdidos por discapacidad y muerte prematura. Además, las estimaciones de un estudio del Foro Económico Mundial muestran que la pérdida de producción económica debida al impacto mundial acumulado de los trastornos mentales superará los 16 billones de dólares, es decir, más del 1 % del PIB mundial, durante los próximos 20 años.
¿Están los países preparados para hacer frente a esta dolencia a menudo «invisible» y con frecuencia ignorada? La respuesta sencilla es: no.
En la segunda década del siglo XXI, la forma en que la sociedad considera y aborda las enfermedades mentales no ha cambiado mucho en muchos países. A pesar de su enorme carga social, los trastornos mentales siguen relegados a las sombras por la persistente realidad del estigma, los prejuicios y el temor a revelar una afección por miedo a perder el empleo, arruinar la posición social o, sencillamente, porque los servicios de salud y apoyo social a nivel comunitario no están disponibles o quedan fuera del alcance de las personas afectadas y sus familias.
Y algunos países aún emplean tácticas del siglo XVII para «proteger a la sociedad»: recluir y abandonar a los «locos» en manicomios u hospitales psiquiátricos, a menudo de por vida, lo que agrava el impacto negativo de las enfermedades mentales en estas personas y en la sociedad en su conjunto.
A pesar de estos desafíos, en todo el mundo crece la impaciencia por iniciar una nueva era en la que la salud mental pase de la periferia al centro de la agenda mundial de salud y se integre en el contexto más amplio del desarrollo. Existe conocimiento que puede orientar esta labor: como se destaca en el Plan de acción sobre salud mental 2013-2020, aprobado por los Estados miembros de la OMS, existen estrategias e intervenciones intersectoriales basadas en evidencia para promover, proteger y restablecer la salud mental, más allá de los enfoques de institucionalización del pasado. Si se aplican correctamente, estas intervenciones representan «inversiones muy rentables» para cualquier sociedad, con enormes beneficios en términos de salud y económicos.
Si queremos asumir y respaldar plenamente la realización progresiva de la cobertura sanitaria universal, debemos trabajar para garantizar que los servicios de prevención, tratamiento y atención de los trastornos de salud mental a nivel comunitario, junto con los mecanismos de apoyo psicosocial, sean parte integral de las plataformas de prestación de servicios accesibles y estén cubiertos por mecanismos de protección financiera. También debemos promover e identificar «puntos de entrada» en distintos sectores para ayudar a abordar los factores sociales y económicos que contribuyen a la aparición y perpetuación de los trastornos mentales.
Nosotros, como parte de un grupo de trabajo internacional e interinstitucional coordinado por el distinguido profesor de la Universidad de Harvard Arthur Kleinman, hemos comenzado a debatir maneras de poner en marcha iniciativas para abordar el desafío de la salud mental en toda la sociedad. Con ese fin, el presidente del Grupo Banco Mundial, Jim Yong Kim, y Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud, copatrocinarán un importante evento sobre salud mental en la primavera de 2016.
Al avanzar con esta tarea, nos guiará la convicción de que los sufrimientos causados por los problemas de salud mental, que distorsionan la vida de las personas, los vínculos familiares y las comunidades, y que imponen una pesada carga económica y social, pueden abordarse eficazmente si existe compromiso político, amplia participación social y apoyo internacional para que la salud mental sea parte integral de la salud y el bienestar social en todo el mundo.
Este artículo se publicó originalmente en el blog Investing In Health del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Timothy G. Evans es director sénior de la Práctica Global de Salud, Nutrición y Población del Grupo Banco Mundial. Patricio V. Marquez es especialista principal en salud del Banco Mundial, dirige el Programa Mundial de Control del Tabaco del WBG y es miembro de un grupo de trabajo internacional e interinstitucional sobre salud mental mundial. Shekhar Saxena es director del Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la Organización Mundial de la Salud. Roberto Iunes, economista sénior de salud del Grupo Banco Mundial, y Melanie Mayhew, responsable de comunicaciones del Grupo Banco Mundial, también contribuyeron a esta publicación.
Imagen: Una mujer aparece en silueta junto a una instalación de paneles solares. REUTERS/Yuriko Nakao.

