Medir el crecimiento económico es difícil, sobre todo en períodos de los que se dispone de poca información. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial se establecieron cuentas nacionales armonizadas en la mayoría de los países, que ofrecen distintas formas de medir la producción agregada: sumando el valor añadido de todos los sectores de producción residentes o sumando todos los ingresos distribuidos por esos sectores. A partir de un amplio conjunto de estudios históricos, Maddison (2003) reconstruyó datos sobre la renta per cápita de los dos últimos siglos y añadió algunas estimaciones puntuales para períodos anteriores (en el año 1 de la era común (EC), 1000 EC, 1500 EC, 1600 EC y 1700 EC). Estas estimaciones suelen requerir conjeturas fundamentadas sobre tendencias que no pueden observarse, pero aun así representan la mejor información disponible según lo que se sabe en cada momento.
Recientemente, Bolt y van Zanden (2013) revisaron y ampliaron el trabajo de Maddison con el «proyecto Maddison»), y algunos de los hallazgos son sorprendentes.
En el último milenio, la renta per cápita de los países seleccionados se multiplicó por 32: pasó de 717 dólares estadounidenses por persona al año alrededor del año 1000 a 23.086 dólares en 2010. Esto contrasta marcadamente con los milenios anteriores, cuando la renta per cápita apenas avanzó. La figura muestra que empezó a aumentar y a acelerarse alrededor de 1820, y que ha mantenido un ritmo de crecimiento constante durante los dos últimos siglos. Uno de los principales retos de la teoría del crecimiento es comprender esta transición del estancamiento al crecimiento y, en particular, identificar el factor o los factores principales que desencadenaron el despegue.
¿Es realmente sólida la conclusión de que el nivel de vida se estancó hasta 1820? Esta afirmación es especialmente importante, dado que la humanidad experimentó mejoras tecnológicas significativas que cabría esperar que aumentaran la productividad y la renta por persona, desde la revolución neolítica hasta la invención de la imprenta.
Dos hechos corroboran la idea de que efectivamente hubo estancamiento durante la mayor parte de la historia de la humanidad: primero, las estimaciones de longevidad calculadas para grupos específicos a lo largo del tiempo y en distintos lugares no muestran ninguna tendencia antes de 1700 EC. Por ejemplo, De la Croix y Licandro (2015) muestran, mediante una base de datos recopilada durante un largo período sobre 300.000 personajes famosos, que no hubo ninguna tendencia en la mortalidad durante la mayor parte de la historia de la humanidad, lo que confirma la existencia de una época de estancamiento maltusiano.
En segundo lugar, la estatura corporal calculada a partir de restos óseos tampoco muestra ninguna tendencia, aunque se sabe que la estatura depende en gran medida de la nutrición durante la infancia (Koepke y Baten, 2005). Esto indica que no hubo una mejora sistemática de la nutrición con el paso del tiempo. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para observar una tendencia en la estatura, como muestran los datos del ejército sueco.
Por tanto, las tres medidas del nivel de vida que se proponen aquí —el PIB per cápita, la estatura y la esperanza de vida— apuntan en la misma dirección: el estancamiento durante la mayor parte de la historia de la humanidad. El crecimiento económico del que disfrutamos hoy, con sus efectos positivos en el nivel de vida, pero también sus efectos negativos en el medio ambiente, es, por tanto, un fenómeno sin precedentes y reciente a escala histórica.



