“La economía compartida carece de una definición compartida”, según Rachel Botsman, y estoy de acuerdo. Términos como “economía compartida”, “economía entre pares” y “consumo colaborativo” se usan indistintamente. ¿Significan lo mismo? Y, más importante aún, ¿significan lo mismo para todo el mundo?
Mucho más que compartir
En mi opinión, los mejores marcos para desglosar estos conceptos complejos (y confusos) son, una vez más, los que propone Botsman, experta en economía colaborativa. Ella sostiene que lo que solemos llamar “economía compartida” – bicicletas, viviendas, herramientas, coches y demás – es simplemente una parte del consumo colaborativo, que a su vez es solo una pieza de un rompecabezas más amplio.
El verdadero cambio es mucho más profundo que consumir de forma diferente; también incluye la manera en que enseñamos y aprendemos, diseñamos y producimos, interactuamos entre nosotros e incluso nos relacionamos con el dinero. No es solo una forma más eficiente de hacer negocios y aprovechar las oportunidades del mercado, sino un nuevo paradigma, una nueva forma de entender las relaciones económicas de nuestro tiempo.
Esta visión más amplia podría describirse con mayor precisión como “economía colaborativa”. Y es eso lo que más me interesa.
Realidades diferentes
Vengo de Brasil, donde vivimos una realidad que a lo largo de los años ha recibido muchos nombres. Subdesarrollada. En desarrollo. Tercer Mundo. Elija el que prefiera. Pero el término que prefiero es “periférica”. Esto se debe a que no estamos en un estado intermedio de desarrollo que pronto nos llevará a convertirnos en “desarrollados”. No estamos en el centro de la conciencia global. No somos nosotros quienes marcan la agenda. De hecho, parece que es la agenda global la que nos marca el rumbo.
Aquí, como en muchas otras realidades periféricas, la economía colaborativa ha surgido de una forma ligeramente distinta y profundamente transformadora. Y creo que eso ocurrió precisamente porque provenimos de un contexto diferente y tenemos una perspectiva distinta del mundo en el que vivimos. Si comparamos Estados Unidos y Europa, cunas de estos –y de muchos otros– nuevos modelos de negocio, es evidente que percibimos y experimentamos la crisis mundial de forma muy distinta.
Crisis y escala
Permítame detenerme un momento y decir: sí, el mundo está en crisis. Hemos visto grandes mejoras en muchos aspectos, pero todavía estamos muy, muy lejos de convertirnos en una sociedad que funcione, sea justa y armoniosa. Dos mil millones de personas aún viven con menos de 2 dólares al día, mientras que el 1% más rico posee casi más riqueza que el 99% restante de la población. Más del 70% de los trabajadores están insatisfechos con su trabajo. Consumimos un 50% más de recursos que los ecosistemas de nuestro planeta son capaces de regenerar.
A mi modo de ver, esta crisis es mucho más que económica. Tiene que ver con nuestros valores y nuestro estilo de vida. Y se ve agravada por un problema de escala.
Imagine que tomara 100 personas al azar y las metiera en una nave espacial sin rumbo, que simplemente vuela por el sistema solar con recursos limitados. No parece muy lógico que estas personas compitan ferozmente por estos recursos e intenten establecer dentro de la nave un sistema de crecimiento exponencial infinito, ¿verdad? Pues bien, me parece que esta es precisamente la situación en la que nos encontramos. Vivimos en un trozo de roca que flota en el espacio y no va a ninguna parte, con una cantidad limitada de recursos a nuestra disposición.
El problema está en la escala. Nuestra nave es tan grande que resulta imposible que cada individuo perciba (a) la distancia entre sus propias acciones y sus consecuencias y (b) la escala entre sus acciones y la suma de todas las demás acciones individuales.
Todos estamos en esta crisis juntos porque compartimos el mismo hogar. Es hora de tratar un poco mejor a la nave y a sus pasajeros.
Más cercanos y más conectados
En muchos sentidos, la economía colaborativa aporta una mentalidad de movimiento, como explica brillantemente Jeremy Heimans en su artículo y en su charla TED sobre el concepto de nuevo poder. Sostiene que debemos ser capaces de movilizar a multitudes no solo para consumir, sino también para participar activamente en asuntos importantes.
Para ello, debemos reducir la escala de las transacciones, los proyectos, las decisiones y la financiación hasta devolverla al nivel individual. Las interacciones entre pares, los comportamientos de compartir y otras tendencias nuevas tienen como objetivo último hacer que las personas se sientan más cercanas, más conectadas y más comprometidas. Devolvamos la escala a nuestra medida.
Por eso la economía colaborativa no trata de compartir bienes, sino de compartir valores, ideas, poder y soluciones para un futuro más sostenible. La diferencia es que en las naciones periféricas vivimos estos problemas en nuestro día a día. No hay externalización, no hay disimulo y nada se barre debajo de la alfombra.
Aquí, estas ideas colaborativas son inseparables de las ideas de igualdad social, responsabilidad ecológica e impacto positivo. Las “start-ups de economía compartida” son creadas por emprendedores sociales. Nacen con un propósito profundamente significativo, no solo con una buena oportunidad de negocio. Valor compartido y negocio social son un lenguaje común entre estos innovadores.
Un medio de supervivencia
La idea de las plataformas en línea que ayudan a las personas a conectarse y compartir es un desarrollo maravilloso. Creo sinceramente que está llevando al mundo hacia un futuro mejor. Es una revolución para muchos de nosotros, pero sobre todo para quienes siempre han tenido acceso a muchos tipos de recursos.
En todos los barrios marginales –o favelas – la cultura de compartir está arraigada en la vida cotidiana. Cuando no se tiene mucho, el recurso más valioso puede ser la red de personas que nos rodea. Para estas comunidades, la colaboración no es una opción, sino un medio de supervivencia, quizá incluso el único posible aparte de la violencia. Muchos de los conceptos que debatimos y prototipamos llevan décadas en funcionamiento en estos lugares, simplemente por necesidad.
En Brasil existe una enorme ola de personas que buscan un propósito y se orientan hacia el trabajo en la economía colaborativa. Hemos vivido mucho, en una búsqueda constante de un mejor equilibrio entre nuestro trabajo, nuestra misión, nuestra pasión y nuestra vida personal. Iniciativas como el movimiento maker, los alimentos orgánicos, los mercados locales, el comercio justo, el crecimiento sostenible, los sistemas no jerárquicos, el compromiso cívico, el activismo, los nuevos modelos educativos, la ocupación urbana y la inclusión social forman parte de nuestra red de emprendedores.
Los espacios compartidos –especialmente lo que llamamos casas colaborativas– son una parte importante de ello. Existen decenas de modelos de colaboración diferentes, que van desde el servicio más profesional hasta una casa abierta en la que cualquiera puede tener la llave de la puerta. Estos espacios permiten la formación de redes interdependientes que pueden trascender el espacio físico y convertirse en un grupo profundamente conectado que se apoya mutuamente.
Otro gran experimento consiste en explorar la raíz de la relación cliente-proveedor. Muchos proyectos optan por una transparencia radical, hacen públicas sus cuentas y dejan que el cliente decida cuánto pagar. Estamos experimentando con plataformas de crowdfunding y dando a los consumidores la oportunidad de formar parte de empresas mediante pequeñas contribuciones económicas mensuales.
El verdadero reto es cambiar las formas de aprender, producir, financiar y consumir hacia marcos más directos, orientados al impacto y planificados de manera sostenible. Para nosotros, aquí, está claro que la economía colaborativa no es solo una herramienta eficiente ni una oportunidad de mercado, sino un cambio de paradigma que nos permitirá construir un futuro mejor y más justo para todos. Y lo haremos juntos.
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Autor: Teo Benjamin es gestor de proyectos en Benfeitoria, Brasil, y Global Shaper del Foro Económico Mundial.
Imagen: Un hombre coloca su mano sobre un globo terráqueo gigante REUTERS/Kacper Pempel


