¿Hemos estado hablando del rescate griego de forma equivocada?

¿Hemos estado hablando del rescate griego de forma equivocada?
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Ante otro inminente vencimiento de deuda internacional, Grecia corre el riesgo de convertirse en el primer país de la OCDE en incumplir sus obligaciones con el FMI. El país debe 448 millones de euros y muchos vuelven a plantear la «amenaza del Grexit» , acompañada de comentarios condenatorios sobre la incapacidad de Grecia para superar con éxito la crisis.

Los relatos dominantes sobre la situación económica de Grecia hacen hincapié en cómo la llamada troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) ha estado ayudando a Grecia al tenderle un salvavidas financiero muy necesario de miles de millones.

Supuestamente, todo este dinero del rescate contribuye a mantener a flote al país y a evitar que la economía griega quiebre. Pero, pese a toda esta ayuda, la economía griega sigue hundiéndose y los griegos aparentemente solo buscan satisfacer un apetito creciente por el dinero fácil.

Sin embargo, estos relatos populares están llenos de ideas erróneas sobre la naturaleza de la ayuda financiera que recibe Grecia y perjudican las perspectivas de una comprensión más equilibrada de la situación, además de obstaculizar las posibilidades de hallar una solución más viable. Grecia aparece como un país moralmente endeudado con la ayuda de la troika, pero solo en el marco de una mitología bastante peligrosa, compuesta por una constelación de falsedades, hipótesis dogmáticas y simplificaciones perniciosas.

Pero ¿adónde ha ido todo el dinero?

La inmensa mayoría del salvavidas financiero destinado a salvar a Grecia nunca llegó a la economía griega. El préstamo récord de 240.000 millones de euros se canalizó en su mayor parte directamente al servicio de la deuda. Su objetivo principal era evitar que las instituciones financieras —sobre todo las francesas y alemanas— sufrieran pérdidas, garantizando que los contribuyentes europeos compraran una deuda (impagable). Todo ello en nombre de la «ayuda a Grecia».

Además, los superávits primarios de Grecia desde 2013 significan que solo necesita efectivo para pagar la enorme deuda que el dinero del rescate ha mantenido vigente. El Estado griego dispone de fondos suficientes para sus necesidades internas, pero en este momento no puede permitirse, al mismo tiempo, devolver miles de millones de deuda, no sin hacer la vista gorda ante sus ciudadanos más necesitados.

Aun así, la naturaleza del rescate queda eclipsada por representaciones engañosas que dan la impresión de que la economía griega se salva al recibir miles de millones de euros. Sin duda, sería muy interesante saber cuántos contribuyentes europeos saben que más del 90 % de los 240.000 millones de euros que pidió prestados Grecia fue directamente a instituciones financieras.

Combatir la deuda con deuda

A principios de 2010 quedó claro que Grecia tenía una carga de deuda insostenible. Sin embargo, rescatar la deuda —no a Grecia— solo sirvió para aplazar lo inevitable, mientras que las políticas de austeridad (eufemísticamente bautizadas como «reformas») debilitaron gravemente la capacidad de Grecia para pagar su deuda. Entre otras cosas, obligaron a que el PIB griego se contrajera aproximadamente un 25 % y que la relación entre deuda y PIB se disparara del 120 % al 175 %.

Una vez desenmascarada la verdadera naturaleza del rescate, no sorprende que la economía griega no se esté recuperando. De hecho, Grecia no puede recuperarse precisamente a causa del rescate. Combatir un problema de deuda con más deuda es como intentar apagar un incendio con gasolina.

¿Salvarla del estigma y del Grexit?

Muchos sostendrían que todo este dinero del rescate ayuda a evitar que Grecia sufra el estigma de un impago. Según se cuenta, una quiebra haría que los mercados financieros consideraran al Estado griego poco fiable. Pero Grecia está —extraoficialmente— en quiebra desde 2010, y cabe preguntarse si una quiebra formal podría perjudicar aún más su credibilidad financiera como prestataria. En cambio, es razonable conjeturar que Grecia solo resultaría atractiva para los inversores cuando tuviera una deuda más sostenible. Cabe señalar al respecto que, aunque Grecia ha sufrido consecuencias probablemente más duras que las de una quiebra, aún no ha podido beneficiarse de los efectos liberadores de deuda que esta tendría, pues se la ha «rescatado» repetidamente y no se le ha permitido «quebrar».

Esta tesis plantea otra pregunta: ¿acaso Grecia no sigue beneficiándose de la ayuda que le permite permanecer en la eurozona? Como suele señalarse, una quiebra total iría acompañada de un Grexit, con consecuencias desconocidas, aunque posiblemente nefastas. De acuerdo. Pero lo que convenientemente no se examina es por qué probablemente se cumplirían esos pronósticos.

El Grexit se presenta como el efecto natural de las leyes económicas. Sin embargo, no sería causado del mismo modo en que las ondas sísmicas causan terremotos. Sería el resultado de decisiones políticas que harían fiscalmente intolerable permanecer en la eurozona. El premio Nobel Paul Krugman da en el clavo al señalar que

si Grecia es expulsada del euro, será porque Bruselas y Fráncfort han decidido, en la práctica, tomar como rehén al sistema bancario griego, y Grecia se ha negado a pagar el rescate.

Dejemos atrás el juego de las culpas

Grecia no necesita más dinero del llamado rescate, sino un respiro frente a las apremiantes obligaciones de deuda y a la austeridad al estilo alemán. Esto es especialmente cierto dado que Grecia ha sufrido una catástrofe económica sin precedentes en la época moderna para una economía occidental avanzada que es oficialmente peor que la Gran Depresión de Estados Unidos.

Sin duda, los griegos son responsables de la imprudencia de la época anterior a 2010, debida en gran medida a un sector público hipertrofiado y clientelista. Sin embargo, cinco años después, el remedio prescrito ha resultado aún más letal que el problema que pretendía curar, a la vez que ha dejado prácticamente intactos los problemas estructurales de fondo. Como dijo acertadamente Yanis Varoufakis, ministro de Finanzas de Grecia: «La medicina de Europa es peor que la enfermedad», haciéndose eco de la evaluación de otro premio Nobel, Joseph Stiglitz, según quien

Grecia cometió algunos errores… pero Europa cometió errores aún mayores… Esto hizo que la deuda creciera y la economía se contrajera.

Está claro que centrarse en quién tiene la culpa es desacertado y pernicioso. Solo consigue simplificar en exceso las cosas al fomentar interpretaciones desequilibradas y distorsionadas de una saga excepcionalmente compleja, con varios capítulos y sustentada por una intrincada red de agendas económicas, políticas, ideológicas y éticas.

Sin embargo, las ideas erróneas persistentes sobre la naturaleza del rescate griego desempeñan un papel sutil pero clave en el mantenimiento de una mitología perjudicial e impiden un tratamiento viable de la crisis al permitir que quienes se autoproclaman salvadores se nieguen obstinadamente a asumir su corresponsabilidad.

Peor aún, una comprensión equilibrada queda aún más empañada por fuertes dosis de populismo al estilo del Antiguo Testamento y fundamentalismo del riesgo moral. Este ha sido el enfoque predilecto del ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Shäuble, quien, dicho sea de paso, comparte una gran parte de la responsabilidad por la gestión desastrosa de la crisis de la deuda.

Por último, no defiendo que Grecia no deba cumplir sus obligaciones financieras. Pero lo que me resulta bastante alarmante es que, mientras que el impago de deudas se considera inaceptable sin discusión, el incumplimiento de los ideales humanitarios se trata como inevitable, cuando no se celebra como un noble sacrificio en el altar de la estabilidad financiera y el «progreso económico».

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Stratos Ramoglou es profesor de Estrategia e Innovación y director de las titulaciones universitarias de Negocios en la Universidad de Southampton.

Imagen: Una bandera de la Unión Europea y otra griega ondean frente al templo del Partenón en Atenas. REUTERS/John Kolesidis

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