Cuando los investigadores del McKinsey Global Institute (MGI) analizaron recientemente los detalles del pobre desempeño económico de México, hicieron un descubrimiento notable: una brecha inesperadamente grande en el crecimiento de la productividad entre las grandes y las pequeñas empresas. Entre 1999 y 2009, la productividad laboral había aumentado un respetable 5,8 % anual en las grandes empresas con 500 o más empleados. En cambio, en las pequeñas empresas con diez o menos empleados, el crecimiento de la productividad laboral había disminuido a una tasa anual del 6,5 %.
Además, la proporción del empleo en estas pequeñas empresas, ya de por sí elevada, había aumentado del 39 % al 42 % durante este período. Ante la enorme brecha que separa lo que los autores denominaban “dos Méxicos”, no es de extrañar que la economía tuviera un desempeño tan deficiente en conjunto. Mientras las grandes empresas modernas mejoraban rápidamente gracias a inversiones en tecnología y habilidades, la economía era arrastrada hacia abajo por sus pequeñas empresas improductivas.
Esto puede parecer una anomalía, pero en realidad es un fenómeno cada vez más común. Basta observar el mundo en desarrollo para ver una desconcertante fisura que se abre entre los sectores líderes y rezagados de las economías.
No es nuevo que algunas empresas e industrias estén sustancialmente más cerca de la frontera mundial de productividad que otras. La heterogeneidad productiva –o lo que los economistas del desarrollo solían llamar dualismo económico– siempre ha sido una característica central de las sociedades de bajos ingresos. Lo que es nuevo y preocupante es que los segmentos de baja productividad de las economías en desarrollo no se reducen; al contrario, en muchos casos, se están expandiendo.
Normalmente, el desarrollo económico se produce cuando los trabajadores y agricultores pasan de sectores tradicionales de baja productividad (como la agricultura y los servicios menores) al trabajo fabril moderno y a los servicios. Al ocurrir esto, suceden dos cosas. En primer lugar, la productividad general de la economía aumenta, porque una mayor parte de su fuerza laboral se emplea en sectores modernos. En segundo lugar, la brecha de productividad entre las partes tradicionales y modernas de la economía se reduce, y el dualismo disminuye gradualmente. La productividad agrícola aumenta durante este proceso, debido a mejores técnicas de cultivo y a una disminución del número de agricultores que trabajan la tierra.
Este fue el patrón clásico del desarrollo de posguerra en la periferia europea, en países como España y Portugal. También fue el mecanismo que generó los “milagros” de crecimiento asiático en Corea del Sur, Taiwán y, finalmente, China (el ejemplo más fenomenal de todos).
Una característica común de todos estos episodios de alto crecimiento fue la rápida industrialización. La expansión de la manufactura moderna impulsó el crecimiento incluso en países que dependían principalmente del mercado interno, como lo hicieron Brasil, México y Turquía hasta la década de 1980. Fue el cambio estructural lo que importó, no el comercio internacional per se.
Hoy, el panorama es muy distinto. Incluso en los países que van bien, la industrialización se agota mucho más rápido que en episodios previos de crecimiento por convergencia, un fenómeno que yo he denominado desindustrialización prematura. Aunque los jóvenes siguen llegando a las ciudades desde el campo, terminan no en fábricas sino mayoritariamente en servicios informales de baja productividad.
En efecto, el cambio estructural se ha vuelto cada vez más perverso: de la manufactura a los servicios (de forma prematura), de actividades comerciables a no comerciables, de sectores organizados a la informalidad, de empresas modernas a tradicionales, y de empresas medianas y grandes a pequeñas. Los estudios cuantitativos muestran que estos patrones de cambio estructural están frenando sustancialmente el crecimiento económico en América Latina, África y en numerosos países asiáticos.
Hay dos formas de cerrar la brecha entre las partes líderes y rezagadas de la economía. Una es permitir que las microempresas y las pequeñas empresas crezcan, ingresen a la economía formal y se vuelvan más productivas, lo cual requiere eliminar numerosas barreras. Por ejemplo, las partes informales y tradicionales de la economía normalmente no reciben buenos servicios ni infraestructura gubernamentales, están desconectadas de los mercados globales, tienen poco acceso al financiamiento y están formadas por trabajadores y directivos con pocas habilidades y escasa educación.
Aunque muchos gobiernos hacen un esfuerzo considerable para fortalecer a sus pequeñas empresas, los casos exitosos son escasos. El apoyo a las pequeñas empresas suele servir a objetivos de política social —sostener los ingresos de los trabajadores más pobres y excluidos de la economía— en lugar de estimular la producción y el crecimiento de la productividad.
La segunda estrategia consiste en ampliar las oportunidades para las empresas modernas y bien establecidas, de modo que puedan expandirse y emplear a los trabajadores que de otro modo terminarían en partes menos productivas de la economía. Esta podría ser la vía más eficaz.
Los estudios demuestran que pocas empresas exitosas comienzan como pequeñas firmas informales; más bien, se fundan a una escala bastante grande, por emprendedores que adquieren sus habilidades y conocimientos de mercado en las partes más avanzadas de la economía. Las encuestas empresariales realizadas en África por John Sutton de la London School of Economics indican que, a menudo, son los emprendedores con experiencia en actividades de importación quienes fundan empresas nacionales modernas. Las filiales nacionales de empresas multinacionales o de empresas estatales –que son depósitos de trabajadores y directivos cualificados– también son una fuente de este tipo de empresas.
El desafío consiste en crear un entorno económico en el que existan incentivos para que el talento y el capital locales inviertan en empresas de los sectores modernos y comerciables de la economía. A veces basta con eliminar ciertas regulaciones y restricciones gubernamentales más asfixiantes. En otras ocasiones, los gobiernos necesitan estrategias más proactivas –como incentivos fiscales, zonas de inversión especiales o monedas hipercompetitivas– para aumentar la rentabilidad de tales inversiones.
Los detalles de las políticas apropiadas dependerán, como siempre, de las limitaciones y oportunidades locales. Pero todo gobierno debe preguntarse si está haciendo lo suficiente para apoyar la expansión de la capacidad en los sectores modernos que tienen el mayor potencial para absorber trabajadores del resto de la economía.
Las opiniones expresadas aquí son las del autor y no necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con Project Syndicate. Puede leer el comentario original aquí.
Autor: Dani Rodrik es profesor de Ciencias Sociales en el Institute for Advanced Study, en Princeton, Nueva Jersey. Es autor de One Economics, Many Recipes: “Globalization, Institutions, and Economic Growth” y, más recientemente, “The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy”.
Imagen: Un rascacielos conocido como la “Torre de David” en Caracas. REUTERS/Jorge Silva


