Una de las grandes ironías del mundo posrecesión es que el ahorro está en niveles récord, los tipos de interés en mínimos históricos y la tecnología es más sofisticada que nunca; sin embargo, la inversión en la infraestructura del futuro —desde la energía y el transporte hasta los hospitales y las escuelas— sigue muy por detrás de las necesidades de todos los continentes.
En lugar de hacer lo que deberíamos —construir el mundo del futuro—, existe un enorme déficit de inversión de 20 billones de dólares que se prolongará hasta 2030. Esto deja al 18 % de la población mundial sin electricidad, al 11 % sin agua potable, a casi una de cada cinco personas sin acceso a atención sanitaria básica y a 58 millones de niños sin poder asistir a su primer día de escuela primaria.
La falta básica de inversión en carreteras y ferrocarriles, especialmente en África, hace que pueblos y ciudades queden aislados y que la expansión del comercio sea casi imposible. Si el cambio climático es el mayor fallo de mercado del mundo, sabemos que sin actuar en materia de infraestructura no hay ninguna posibilidad de alcanzar los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible ni de erradicar jamás la pobreza extrema. Para construir el mundo del futuro hace falta un esfuerzo coordinado. Los gobiernos, las organizaciones internacionales, los bancos, las empresas y las fundaciones pueden contribuir mediante el desarrollo de alianzas público-privadas más sólidas.
Por supuesto, una vez construida, la infraestructura puede generar buenos rendimientos. Pero hemos fracasado sistemáticamente a la hora de atraer inversores a proyectos en sus primeras etapas y, posteriormente, de desarrollar las carteras de proyectos que acelerarían el flujo de inversión en nuevas instalaciones.
Si antes de la crisis financiera la percepción generalizada de que invertir en infraestructura entrañaba demasiado riesgo, especialmente durante la preparación de los proyectos, frenaba su financiación, dos acontecimientos desde 2008 han complicado aún más las cosas. En primer lugar, la precaria situación financiera de los principales inversores en infraestructura —los sectores públicos— ha frenado inversiones muy necesarias, pese a los bajos tipos de interés. En segundo lugar, las nuevas restricciones derivadas de Basilea III están limitando ahora el papel de los bancos y las grandes instituciones como inversores y coordinadores de proyectos.
Caminos hacia un futuro mejor
Así, en los últimos años, la preocupación se ha centrado en la falta de apoyo a proyectos potencialmente financiables, debido a la escasez de inversores dispuestos a asumir riesgos. Afortunadamente, en los últimos meses ha habido señales de progreso. Las mentes innovadoras están dejando atrás las percepciones y restricciones que nos llevaron a una brecha anual de inversión en infraestructura de 1 billón de dólares entre la inversión necesaria y la realizada.
Tras haber impulsado la creación del banco BRIC a principios de la década, China ha vuelto a abrir camino con el anuncio de su fondo de la Ruta de la Seda, así como de una nueva entidad de inversión asiática. Gracias a estas iniciativas, se han puesto a disposición cerca de 100.000 millones de dólares en nuevos fondos públicos para infraestructura en mercados emergentes durante las próximas dos décadas.
Pero las nuevas ideas que transforman la relación entre los sectores público y privado también están reavivando el interés comercial por la inversión en infraestructura. El año pasado, en el Foro Económico Mundial de Davos, los bancos regionales de desarrollo, los organismos de ayuda, el Banco Mundial y la Corporación IFC se reunieron para proponer nuevos mecanismos de crédito financiados conjuntamente que reducirían el riesgo de la inversión en infraestructura en mercados emergentes durante sus primeras etapas. En los últimos meses, con el apoyo de la OCDE, esta propuesta se ha convertido en una posible línea de crédito de 100.000 millones de dólares.
En el mismo foro, Thomas Maier, del BERD, presentó propuestas innovadoras para una línea de mejora crediticia con cobertura de «primeras pérdidas» y «segundas pérdidas», también concebida para reducir los riesgos de los inversores en mercados emergentes. Además, y de manera alentadora, han aparecido dos nuevas asociaciones importantes: la Global Infrastructure Investors Association, una voz pública muy necesaria para los inversores de capital en inversiones en infraestructura no cotizadas, y la Long-Term Infrastructure Investors Association, que busca promover la infraestructura como una nueva clase de activos.
Al mismo tiempo, un nuevo énfasis en la financiación del sector privado y la cooperación público-privada fue central en las conclusiones de la Cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible celebrada en Etiopía este verano. En la reunión se debatió cómo financiar los objetivos relativos a la infraestructura educativa y sanitaria. Se acordó que, bajo la dirección de Bertrand Badré, quien también ha propuesto nuevas formas de compartir riesgos entre organismos, se convocaría anualmente un foro para que todas las partes interesadas de los sectores público y privado examinaran cómo cerrar la brecha de financiación.
Abordar los riesgos uno por uno
Como reconocieron estas nuevas asociaciones y la cumbre de Addis Abeba, las mejores soluciones quizá residan ahora en nuevas formas innovadoras de alianzas público-privadas basadas en los modelos promovidos en Davos el año pasado. El desafío consistirá en encontrar el equilibrio adecuado entre la asunción de riesgos y las garantías necesarias para poner en marcha los proyectos, especialmente las labores iniciales de preparación.
La mejor manera de cambiar las percepciones es afrontar los riesgos de frente y uno por uno. Debemos examinar los numerosos riesgos que preocupan a los posibles inversores —desde los riesgos regulatorios, cambiarios y de construcción hasta los políticos; desde los cambios de régimen y la corrupción hasta la rescisión unilateral de contratos por parte de los gobiernos— y encontrar formas prácticas y exigibles de gestionarlos, con la esperanza de mitigarlos mediante mejores sistemas de cooperación entre los sectores público y privado. Avanzar en esta agenda cambiará inevitablemente el papel del sector público: dejará de ser el financiador dominante para convertirse más bien en socio, a veces catalizador y a veces garante.
El Foro Económico Mundial se ha ofrecido a acoger el intenso debate necesario entre los sectores público y privado para trazar el camino a seguir. Muchas de estas cuestiones pendientes servirán de base para los debates en Davos en 2016 y en foros regionales de África, Oriente Medio, América Latina y otros lugares. El objetivo es que, si 2015 ha sido el año en que el debate sobre cómo resolver los problemas alcanzó un nivel nuevo y más elevado, 2016 sea el año de la acción.
Autor: Gordon Brown, ex primer ministro y ministro de Hacienda del Reino Unido, es enviado especial de las Naciones Unidas para la Educación Mundial. Miembro del Consejo de la Agenda Global sobre Infraestructura.
Imagen: Líneas eléctricas y torres se extienden desde la central nuclear de Dungeness, en el sureste de Inglaterra, el 24 de agosto de 2010. REUTERS/Luke MacGregor


