La competitividad económica importa. Pero no como un fin en sí mismo: importa porque las naciones más competitivas son más productivas y, por tanto, pueden atender mejor las necesidades sociales de su población.
El mundo ha cambiado drásticamente en la última década, y medir los factores que determinan la competitividad sigue siendo un proceso muy complejo. Por eso, para calcular el Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial utilizamos cientos de indicadores distintos y tenemos en cuenta muchos factores.
Es cierto que la Cuarta Revolución Industrial —las tecnologías nuevas, que cambian rápidamente en muchos campos distintos— ha cambiado la forma en que debemos medir algunos aspectos de la competitividad, sobre todo en relación con la innovación y las ideas.
Por ejemplo, debemos destacar el valor de las ideas y la colaboración dentro de las empresas; la importancia de tener una mentalidad abierta y de la conectividad, así como el valor del espíritu emprendedor. Una vez que tenemos una idea, ¿es más fácil ponerla en práctica en el país A o en el país B?
También hemos tenido que hacer hincapié en un nuevo tipo de educación, más propicio para la creatividad de los estudiantes y su capacidad de observar y generar ideas. La nueva revolución industrial, también conocida como 4IR, nos ha obligado a dar más importancia a todos estos aspectos del ecosistema de innovación de un país.

El crecimiento antes que los objetivos
Aun así, el concepto de competitividad no ha cambiado: es una combinación de los factores que determinan la productividad de una nación, que constituye tanto la base del nivel de vida de sus habitantes como el motor de su crecimiento económico.
Y lo que es más importante, gracias a ello los países más productivos pueden costear todos los factores que no están directamente relacionados con la competitividad, pero son cruciales para el bienestar de la población. La distribución equitativa de los ingresos es un ejemplo importante.
En toda la historia del mundo no ha habido ningún país que haya alcanzado estos objetivos sociales fundamentales sin crecimiento económico. Así que, aunque el crecimiento en sí mismo no es el objetivo ni basta por sí solo, sí es una condición necesaria para que los países alcancen esas otras aspiraciones sociales tan deseables.
El Foro Económico Mundial también publica un índice llamado Índice de Desarrollo Inclusivo. Sus mediciones incluyen el crecimiento, la inclusión social y la distribución equitativa de los ingresos a escala nacional. Existe una correlación muy clara entre el Índice de Desarrollo Inclusivo y el Índice de Competitividad Global: esto significa que solo si se es productivo, solo si la economía es competitiva, también se pueden desarrollar características socialmente deseables, como la inclusión.
En los últimos 10 años hemos observado cuatro grandes tendencias mundiales que debemos tener en cuenta, debatir y abordar.
1. La paradoja de la productividad
La productividad mundial ya no crece tan rápido como antes; se ha desacelerado. Es una paradoja porque el mundo ha sido testigo de una innovación tecnológica extremadamente rápida. ¿Cómo es posible que todas estas nuevas tecnologías no se traduzcan en una mayor productividad? Esta es una pregunta que muchos economistas se han planteado durante la última década.
Hay varias explicaciones posibles. Una es que las innovaciones simplemente no nos hacen más productivos. Las grandes innovaciones asociadas con la primera y la segunda Revolución Industrial, como la máquina de vapor, el motor de combustión interna y los electrodomésticos (como la lavadora), cambiaron radicalmente la forma de producir bienes. Nos volvimos mucho más productivos.
Se ha sostenido que las innovaciones actuales pueden ser geniales y agradables, pero no imprescindibles; por ejemplo, podemos tener teléfonos inteligentes más atractivos que nos permiten jugar a Pokémon GO, pero eso no aumenta mucho la productividad. Esa es una explicación de esta paradoja de la productividad.
Una segunda explicación es que las innovaciones actuales están volviendo obsoletos los empleos. Imagine que ha pasado cinco años aprendiendo a tramitar billetes de avión a mano, a entender los códigos de las aerolíneas y demás. Luego, casi de la noche a la mañana, el proceso se automatiza y sus habilidades dejan de tener valor. Esto ocurre una y otra vez en distintas profesiones: las máquinas pueden calcular las cuentas o las declaraciones de impuestos, por ejemplo, y ya no se necesitan contables para estas tareas.
Otra explicación de la falta de productividad es que nos hemos equivocado en el tipo de inversiones que hemos realizado. Las tasas de interés extremadamente bajas nos han permitido invertir enormes cantidades de dinero, pero quizá esas inversiones no hayan sido particularmente productivas ni útiles.

Otra posible causa es el envejecimiento de la población en Asia, Europa y Estados Unidos. Y, obviamente, a medida que la población envejece, se vuelve menos productiva y aumenta la proporción de personas que no son productivas en absoluto.
La última explicación —y la que considero más acertada— es que no medimos correctamente el PIB. Para medir con precisión los niveles de productividad, sin duda hay que medir el PIB de la manera adecuada. El PIB mide el valor de los bienes y servicios producidos en un país durante un año. Esto funcionaba bastante bien cuando nuestras economías producían bienes (como patatas o automóviles): podíamos multiplicar el precio de las patatas por la cantidad producida y sumar el número de automóviles multiplicado por su precio para obtener el valor total de lo que se produce en un país.
Pero en el mundo actual tenemos muchas innovaciones que producen cosas gratuitas. En las cuentas nacionales, el valor de los servicios que Google ofrece a sus usuarios —su contribución al PIB— es cero, porque son gratuitos. La contribución de los servicios de Facebook y Twitter también es cero. Sin embargo, Google me facilita la vida de manera significativa. Por ejemplo, ya no tenemos que ir a la biblioteca y pasar horas buscando los documentos que necesitamos, pero la productividad que hemos ganado al usar el motor de búsqueda de Google no se contabiliza en absoluto.
Esto ocurre con muchas innovaciones, por lo que podría ser que una gran parte del PIB pase inadvertida y que las economías estén creciendo mucho más rápido de lo que creemos. De hecho, las pruebas indican que a escala mundial podríamos estar dejando de contabilizar hasta un punto porcentual entero al año: en lugar de crecer un 2 %, crecemos un 3 %. Acumulada a lo largo de los años, esta diferencia es enorme.
2. La Cuarta Revolución Industrial
La aparición de tecnologías muy disruptivas se ha producido a una velocidad increíble. Si retrocedemos 10 años, el iPhone ni siquiera existía. Hemos visto grandes avances en inteligencia artificial, nuevos materiales, biología sintética, macrodatos y tecnologías bajo demanda, y todo ello está transformando el panorama empresarial a escala planetaria.
Cabe destacar que muchas de estas innovaciones no surgieron en los países donde antes se producía tecnología de manera casi monopolística. Ya no son solo Estados Unidos y Europa los que innovan; la nueva revolución industrial ha creado oportunidades para países de todo el mundo. Esta es una tendencia de enorme importancia.
3. Aumento de la desigualdad de ingresos
En los últimos 40 años se ha producido una gran convergencia entre las economías, y los ingresos de los ciudadanos de los mercados emergentes han seguido creciendo más rápido que los de quienes viven en economías avanzadas. Por tanto, la desigualdad de ingresos a escala mundial ha ido disminuyendo.
Sin embargo, pese a ello, hemos visto aumentar la desigualdad de ingresos dentro de los países. Así, mientras los ingresos en China se acercan cada vez más a los de Estados Unidos, los estadounidenses se distancian cada vez más entre sí. Esto se debe en parte a la Cuarta Revolución Industrial, que está eliminando empleos de clase media.

Esto difiere de las revoluciones industriales anteriores, que beneficiaron esencialmente a los pobres. La gente pasó de empleos agrícolas mal remunerados a otros mejor pagados en las ciudades. Además, en las revoluciones industriales anteriores, el ritmo de cambio mucho más lento hacía que, aunque la gente perdiera su empleo, consiguiera otro en otro lugar. Tenía tiempo para adaptarse.
Ya no es así. Y como ahora los cambios tecnológicos son tan rápidos y perjudican a las clases medias, tienen consecuencias políticas, en particular las actuales oleadas de populismo: Trump, el Brexit, Le Pen, el auge del neofascismo y los movimientos de izquierda en Europa son algunos ejemplos.
4. Un aumento enorme de la población activa
La cuarta tendencia, que analizamos en el Informe de Competitividad, es que en las últimas décadas 4.000 millones de personas, sobre todo de Asia, se han incorporado al mercado laboral mundial. Estas personas tienen muchas competencias, están bien formadas y cuentan con una buena educación, y han ocupado puestos de trabajo que antes correspondían a países desarrollados.
Esto también ha contribuido al populismo y fue una de las principales quejas de quienes apoyaron a Donald Trump o el Brexit: «Estamos perdiendo empleos frente a los extranjeros».
La consecuencia ha sido una reacción adversa contra el comercio y la globalización en todo el mundo, y ha surgido una peligrosa corriente de neonacionalismo.
Qué hace falta
Por tanto, es fundamental que cambiemos las políticas laborales en Occidente. Cada vez está más claro que debemos combinar la flexibilidad con la seguridad laboral, porque también está cada vez más claro que ambas cosas son compatibles.
En muchos países, la estrategia ha consistido en reducir la seguridad laboral para poder competir. Las políticas han recortado los derechos de los trabajadores para lograr más flexibilidad en la fuerza laboral. Y esto ha sido un error.
Se puede tener más flexibilidad Y seguridad. Algunos países nórdicos han avanzado en esa dirección, y sus tasas de desempleo son casi nulas.
La idea es que debemos proteger a los trabajadores, lo que no significa necesariamente proteger sus empleos. Para ello, debemos encontrar maneras de ayudar a quienes pierden su trabajo a encontrar alternativas. Esto puede significar políticas más activas de formación para el empleo, en lugar de políticas que protejan los antiguos puestos de trabajo. Debemos replantearnos esta combinación de flexibilidad y seguridad para crear empleos en Occidente y, al mismo tiempo, consagrar derechos que protejan a los trabajadores.
Si no lo hacemos, veremos un nuevo aumento del nacionalismo, el fascismo y el populismo.
Por todo esto, la competitividad y la idea de que los países deben desarrollarla son más importantes que nunca. Solo siendo competitivos tendremos los medios para abordar estas cuatro grandes tendencias. Si no las abordamos debidamente por falta de recursos, sufriremos más de las consecuencias negativas que ya hemos visto surgir.
Lea aquí el Informe de Competitividad Global 2017-18 completo
