Bienvenidos a la era de la nación plataforma

Facebook's share prices displayed at NASDAQ Marketsite, New York.
Facebook's share prices displayed at NASDAQ Marketsite, New York. Stock markets are better at valuing a 'service ecosystem' than traditional measures like GDP.Image: REUTERS/Shannon Stapleton
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Desde la Primera Revolución Industrial, el crecimiento y el bienestar han dependido del aumento de la eficiencia de la producción. La especialización, la manufactura, la electricidad y la computadora aumentaron la productividad, el PIB y, por ende, los salarios y el bienestar nacional. Los salarios más altos no solo estimularon el consumo de más bienes y servicios, sino que también supusieron presupuestos nacionales más abultados gracias a la recaudación fiscal. Así se creó un círculo virtuoso de prosperidad. Algunos obtuvieron más beneficios que otros, lo que generó una desigualdad intergeneracional persistente; pero, en términos absolutos, los recursos económicos se incrementaron en todos los grandes segmentos de la población. (Excepto, por supuesto, en aquellos lugares que fueron colonizados y excluidos deliberadamente de tales ganancias.)

Esta relación – entre la eficiencia productiva y el crecimiento económico y los salarios – se está desmoronando en la Cuarta Revolución Industrial (4IR). La tecnología digital está creando sociedades digitales; los servicios masivos están reemplazando a la manufactura masiva como fuente de mejora del bienestar; y los activos compartidos están desplazando a la propiedad exclusiva de los activos.

Proporcionar la misma utilidad final a un consumidor requiere la producción de menos bienes manufacturados. La economía colaborativa, por su parte, implica que los activos previamente infrautilizados son ahora más productivos. Cuando la economía de India alcance los 5 billones de dólares (quizá dentro de cinco a siete años), tendrá como máximo unos 50 automóviles por cada 1.000 particulares (hoy son 22 automóviles). Japón, que es hoy una economía de 5 billones de dólares, tiene cerca de 600 automóviles por cada 1.000 habitantes. McKinsey ha pronosticado que India superará a Japón en la demanda total de automóviles en 2021. Sin embargo, esta cifra no revela la demanda de vehículos nuevos en términos per cápita. A pesar de la gran brecha en la propiedad de automóviles privados, el transporte compartido privado y otras opciones de servicios de movilidad reducirán la diferencia en la experiencia de transporte entre los residentes de Japón y de India.

La divergencia en el sector automotriz es particularmente elocuente. En el siglo XX, la producción masiva en cadenas de montaje creó productores eficientes con ingresos consecuentemente más altos, una característica de lo que llegó a denominarse “fordismo”. En el siglo XXI, las personas y las economías están cosechando ganancias de bienestar al ser consumidores más eficientes. La eficiencia en el consumo está reemplazando a la eficiencia en la producción, una tendencia que podemos llamar “uberismo”.

Los cambios que acompañan este paso del “fordismo” al “uberismo” son difíciles de observar en las métricas económicas. El uso más eficiente de los activos, el paso de la manufactura tradicional a servicios masivos innovadores, o la provisión de mayor utilidad mediante menos bienes y menos actividad física, pueden aparecer en las cuentas nacionales como destrucción de valor o estancamiento, en lugar de crecimiento del PIB. Sin embargo, es probable que las ganancias de bienestar futuras se manifiesten precisamente así: al observarse a través de los marcos económicos del pasado, parecerán un crecimiento más lento y menor.

Esto implica que los economistas y los politólogos deben teorizar y abordar tres tendencias principales:

En primer lugar, es necesario reemplazar el PIB (tal como lo definimos actualmente) como medida del progreso económico. Los gobiernos y los responsables de políticas que persiguen el crecimiento del PIB en una era en la que la mejora del bienestar puede no reflejarse en el PIB no estarán sirviendo bien a sus ciudadanos. Su énfasis político estará en objetivos que son irrelevantes para la 4IR. Con excepción de algunos sectores (la producción de alimentos es notablemente resistente a la economía compartida, aunque sin duda está sujeta a ganancias de eficiencia) y de los bienes terminados (los dispositivos de comunicaciones personales son una de las excepciones), una cesta de consumo sesgada hacia los impulsores del crecimiento liderado por la producción es hoy un indicador incorrecto para las evaluaciones económicas adecuadas.

En segundo lugar, se necesita una nueva teoría de la productividad, el trabajo y el consumo. La fortaleza económica anterior provenía de crear valor por unidad; pero cada vez importa más la valoración global. La fortaleza de las corporaciones o empresas ya se negocia en estos nuevos términos, pero los balances nacionales siguen avanzando por caminos antiguos. Compárense, por ejemplo, ExxonMobil y Apple. En 2007, impulsada por aumentos del precio del petróleo sin precedentes en ese momento, ExxonMobil superó por primera vez una valoración de mercado de 500.000 millones de dólares. Ese año, sus ingresos fueron de 400.000 millones de dólares. Dicho de otro modo, los ingresos generados por Exxon en esos niveles eran mucho más altos que los de Apple con una capitalización bursátil de 1 billón de dólares. Pero los inversores creen en el futuro de las plataformas y han llegado a un consenso sobre la importancia de asignar valor a factores externos a la propia red. Las economías de plataforma se validan por el número de personas en la plataforma, y no mediante los sencillos procesos de producción y venta por unidad del pasado. El valor intrínseco asociado a la incorporación de un individuo, o de mil millones de ellos, a una plataforma, o más ampliamente a un “ecosistema de servicios” (por ejemplo, Facebook, Google o incluso Aadhaar), lo captan los mercados bursátiles, pero no las evaluaciones del PIB.

Una consecuencia inevitable de este proceso será una reevaluación de la viabilidad económica y política de los actuales regímenes de derechos de propiedad intelectual (DPI). Hoy en día, el “onboarding” (lograr que los usuarios se registren en plataformas, servicios, software operativo, etc.) prevalece sobre el “gatekeeping” (cobrar tarifas de DPI por el uso o el acceso de los usuarios). ¿Son útiles hoy los DPI para crear valor para los países y los ciudadanos en la Industria 4.0? Esto significa que la naturaleza, la definición y la fijación de precios de la “innovación” misma podrían tener que cambiar: lo que ocurre con Android e iOS ya ofrece algunas pistas sobre el futuro.

Por último, este debate quedaría incompleto sin profundizar brevemente en la necesidad de una nueva teoría de la organización social. Los arreglos políticos y sociales que giran en torno a las identidades de los ciudadanos como trabajadores no son adecuados para las sociedades digitales actuales. La reconfiguración del lugar de trabajo (de la planta de fábrica al dispositivo de mano, por ejemplo) y de la naturaleza del trabajo en sí, como se ha comentado anteriormente, implica cambios profundos en las estructuras políticas y en las redes de apoyo social. ¿Pueden los sindicatos seguir siendo relevantes en esta nueva era? ¿Qué relevancia tiene hoy la política de partidos surgida del conflicto de clases de la Primera Revolución Industrial, que deriva su razón de ser, por un lado, de las clases trabajadoras y, por otro, de los propietarios de empresas?

La reconfiguración de la identidad principal del ciudadano como consumidor y como propietario de activos está en la raíz de todos los desafíos al antiguo orden político basado en las clases. Los intangibles –el tiempo de las personas, sus caprichos, sus plataformas y sus interacciones en las redes sociales– son cada vez más importantes y ya están cambiando la política. La economía de datos complicará la importancia de los seres físicos con pasaporte (hasta hace muy poco, el poder nacional integral daba un énfasis significativo al recuento de población), ya que solo reconoce a los “usuarios” y sus interacciones con los ecosistemas de servicios. Los usuarios no residen dentro de territorios, y tampoco lo harán sus decisiones políticas y económicas. La ciudadanía en un teléfono móvil ya está cambiando las expectativas de las personas respecto de los Estados-nación vigentes y su compromiso con ellos, con implicaciones importantes y poco estudiadas tanto para la legitimidad como para la capacidad de acción del Estado en el futuro.

El reinado de tres siglos de la nación manufacturera podría haber terminado. Bienvenidos a la era de las naciones plataforma, cuyos modelos aún están por descubrirse.

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