La recaída es la norma en la economía mundial posterior a la crisis. En Estados Unidos, Japón y Europa, el crecimiento del PIB volvió a flaquear en el primer semestre de 2014. Estos reveses difícilmente son una coincidencia. El crecimiento persistentemente lento en todo el mundo desarrollado ha dejado a las principales economías inusualmente vulnerables a los inevitables baches del camino.
Claro, hay excusas; siempre las hay. Una contracción de la economía estadounidense en el primer trimestre del año se descartó como un fenómeno relacionado con el clima. La caída de Japón en el segundo trimestre se atribuyó a una subida del impuesto sobre las ventas. El crecimiento estancado de Europa en el segundo trimestre se ha explicado como una aberración que refleja la confluencia de efectos climáticos y de las sanciones impuestas a Rusia.
Por tentador que resulte atribuir estos acontecimientos a factores idiosincrásicos, la reciente desaceleración en los países desarrollados no es tan fácil de descartar. Carentes de vigor cíclico tras las graves recesiones, las economías actuales encuentran especialmente difícil sobreponerse al impacto de los choques y salir de trayectorias de crecimiento anémico.
Consideremos el caso de Estados Unidos. Aunque el crecimiento anual del PIB se estima que se recuperó hasta el 4% en el segundo trimestre de 2014, tras la contracción del 2,1% en el primer trimestre, lo que aún deja un crecimiento medio en el primer semestre del año en un mísero 1%.
El problema es aún peor en Japón, donde los consumidores adelantaron gastos ante la anticipación de la subida del impuesto sobre las ventas. El repunte del crecimiento del 6,1% en el primer trimestre al que esto dio lugar fue más que compensado por una contracción del 6,8% en el segundo trimestre. El resultado neto en el primer semestre de este año –una caída media del 0,3%– es en líneas generales coherente con la contracción del 0,2% que ahora se estima para el cuarto trimestre de 2013. Con la trayectoria del crecimiento real (ajustado por inflación) situada, en promedio, en terreno negativo durante tres trimestres consecutivos, Japón podría estar volviendo de nuevo a una forma recesiva.
La frágil economía de Europa tampoco ha logrado recuperarse con la fuerza suficiente para evitar los reveses periódicos del crecimiento. Durante la fase aguda de la crisis del euro, la recesión se concentró en economías periféricas como Grecia, Portugal y España. Ahora, sin embargo, el malestar se ha extendido a las economías centrales de Alemania e Italia, que se contrajeron en el segundo trimestre, y a Francia, que registró un crecimiento nulo.
Como resultado, el crecimiento anual en la Eurozona de 18 países se redujo a solo el 0,4% en el primer semestre de 2014. Este mal desempeño solo puede agravar las preocupaciones deflacionistas del Banco Central Europeo.
En conjunto, la tasa de crecimiento anual de las principales economías desarrolladas promedió algo menos del 0,7% en el primer semestre de 2014. El exiguo crecimiento del 1% de Estados Unidos encabezó el camino, mientras que Japón y Europa, cuyo PIB combinado es aproximadamente igual al de Estados Unidos en términos de paridad del poder adquisitivo, registraron un aumento no superior al 0,3%. En balance, eso está fácilmente entre 1-1,5 puntos porcentuales por debajo de la tendencia de crecimiento a largo plazo, o potencial, de las economías desarrolladas, un resultado preocupante, por decir lo menos, para el empleo, el riesgo de deflación, el comercio mundial y las economías en desarrollo dependientes de las exportaciones, como China, que siguen muy ligadas a la demanda externa de los países desarrollados.
Pero hay otro problema con el crecimiento persistentemente mediocre: no proporciona ningún colchón que proteja a las economías de golpes inesperados. Eso es especialmente cierto cuando el crecimiento cae por debajo del 1%, dejando un margen estrecho entre la expansión y la contracción. Un desempeño tan lento es el equivalente económico de la «velocidad de pérdida de sustentación» (stall speed): la mayor vulnerabilidad que las aeronaves pueden experimentar a baja velocidad. En tales circunstancias, no hace falta mucho para que se produzca un despegue abortado, o algo peor.
La analogía no puede ser más pertinente hoy. Las perturbaciones, ya sean atribuibles al clima, a trastornos geopolíticos, huelgas o desastres naturales, son la regla y no la excepción. Cuando las golpean, las economías que crecen con vigor tienen colchones para soportar los golpes y la resiliencia para sobreponerse a ellos. Las economías que avanzan renqueantes cerca de la velocidad de pérdida de sustentación no. Las probabilidades de una recaída recesiva en un entorno de crecimiento inusualmente débil —precisamente el problema actual— no deberían minimizarse.
La gran pregunta es qué debe hacerse al respecto. El enfoque actual, centrado en la política monetaria no convencional, no es la respuesta. Aunque la política monetaria proporcionó un poderoso antídoto contra los mercados de crédito congelados en lo más hondo de la crisis financiera mundial, no ha logrado impulsar las recuperaciones cíclicas clásicas.
Eso no debería sorprender. Las principales economías desarrolladas del mundo no sufren deficiencias cíclicas en la demanda agregada que puedan remediarse con una cura monetaria. Como señala correctamente el Banco de Pagos Internacionales señala correctamente, todavía luchan tras las dolorosas recesiones de balance.
En Estados Unidos, una persistente carga de deuda de los hogares implica que el desapalancamiento y la reconstrucción del ahorro siguen teniendo prioridad sobre el consumo discrecional. En Japón, los problemas estructurales de larga data, como el envejecimiento, las rigideces del mercado laboral y un malestar generalizado en la productividad, solo pueden abordarse mediante la llamada «tercera flecha» de la agenda de reformas del primer ministro Shinzo Abe, que sigue siendo terriblemente incompleta. Y Europa necesita con urgencia construir instituciones paneuropeas que garanticen la unión bancaria y fiscal, y abordar graves problemas de competitividad en Francia e Italia.
Desafortunadamente, cuanto más den los bancos centrales la impresión de que están al tanto del asunto, y cuanto más los mercados los aplaudan, menor es la presión sobre los gobiernos políticamente paralizados para aplicar políticas fiscales e impulsar reformas estructurales. Además, la obsesión por la acomodación monetaria deja a economías de bajo crecimiento y con balances restringidos atascadas en la velocidad de pérdida de sustentación, lo que aumenta el riesgo de otra recaída del crecimiento mundial.
Las autoridades miopes deben dejarse guiar menos por los mercados financieros efervescentes y centrarse más en la reparación estructural de un mundo posterior a la crisis. Es momento de héroes, no de animadores.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autor: Stephen S. Roach, expresidente de Morgan Stanley Asia y economista jefe de la firma, es miembro sénior de la Jackson Institute of Global Affairs de la Universidad de Yale y profesor sénior de la Escuela de Administración de Yale.
Imagen: Una mujer sostiene un paraguas y mira su teléfono celular frente a un panel electrónico que muestra los precios de diversas acciones frente a una correduría en Tokio, el 8 de agosto de 2014. REUTERS/Yuya Shino


