Durante años, los economistas han trabajado para desarrollar una forma de medir el bienestar general y compararlo entre países. La principal métrica han sido las diferencias en los ingresos o el producto interno bruto por persona. Sin embargo, los economistas saben desde hace tiempo que el PIB es una medida imperfecta del bienestar, pues solo contabiliza el valor de los bienes y servicios que se compran y venden en los mercados. El reto consiste en tener en cuenta factores ajenos al mercado, como el valor del tiempo libre, la salud y la producción doméstica —por ejemplo, la limpieza, la cocina y el cuidado de los hijos—, así como los efectos negativos de la actividad económica, como la contaminación y la desigualdad.
Charles Jones y Peter Klenow propusieron hace dos años un nuevo índice (American Economic Review, 2016) que combina datos sobre el consumo con tres factores ajenos al mercado —el tiempo libre, la desigualdad excesiva y la mortalidad— de manera coherente desde el punto de vista económico para calcular los beneficios económicos esperados a lo largo de la vida en distintos países. En nuestro reciente documento de trabajo, Convergencia del bienestar frente a la renta y externalidades ambientales, actualizamos y ampliamos este trabajo, con el propósito de incluir medidas de los efectos ambientales y la sostenibilidad. En este blog analizamos los resultados de la actualización del nuevo índice.
Nuestros resultados indican claramente que la renta per cápita o el PIB sí reflejan el principal componente del bienestar. Y la salud —un componente clave del bienestar— es fundamental para mejorar el bienestar y los ingresos.
El índice de bienestar
El trabajo de Jones y Klenow da como resultado un índice equivalente al consumo que mide el bienestar derivado del consumo, luego añade el valor del tiempo libre (o la producción doméstica) y resta los costes relacionados con la desigualdad. Este cálculo se realiza para cada país a lo largo de un año y luego se multiplica por la esperanza de vida de cada país. Así obtenemos una medida del bienestar promedio esperado a lo largo de la vida, basada en el consumo, el tiempo libre, la desigualdad y la esperanza de vida. (Haz clic aquí para leer más sobre el índice de bienestar.)
Existe una estrecha relación entre nuestro cálculo del bienestar per cápita de 151 países en 2014 y la renta per cápita o el PIB. El gráfico de arriba muestra que la mayoría de los países se sitúan bastante cerca de la línea de 45 grados (donde el bienestar relativo y la renta per cápita son iguales), lo que indica una correlación, aunque también hay diferencias significativas. Los países más pobres, a la izquierda, se encuentran en su mayoría por debajo de la línea, lo que muestra que su bienestar es inferior a sus ingresos. Los países más ricos, en la parte superior derecha, están por encima de la línea, lo que refleja un bienestar superior a sus ingresos.
Agrupar los países por quintiles de ingresos nos ayuda a entender por qué ocurre esto (véase el gráfico de arriba). Podemos presentar el índice de bienestar de cada quintil, calculado a partir de la esperanza de vida, el consumo, el tiempo libre y la desigualdad, tomando como referencia los niveles de Estados Unidos. En conjunto, el índice de bienestar del quinto de países con mayores ingresos se sitúa casi un 7 % por debajo del valor de referencia de Estados Unidos. El índice del quinto con menores ingresos es aproximadamente un 95 % inferior al de Estados Unidos.
Como principal componente del índice, el consumo explica la mayor parte de la diferencia de bienestar entre países con distintos niveles de ingresos. Los países más ricos, pertenecientes a los dos quintiles superiores, se benefician de una mayor esperanza de vida y una menor desigualdad. Los países más pobres, en los tres quintiles inferiores, tienen una esperanza de vida menor y una desigualdad mayor, lo que contribuye a un bienestar más bajo.
¿Cómo ha cambiado el bienestar con el tiempo? Durante la reciente crisis financiera mundial, el bienestar creció más rápidamente que los ingresos (véase el gráfico de abajo). Esto es especialmente cierto en los países más afectados de Europa occidental y Norteamérica. La única excepción es Asia, donde tanto los ingresos como el bienestar crecieron a un ritmo notablemente alto.
¿Qué podemos aprender del cálculo de este índice?
En primer lugar, no descartemos el PIB. Aunque sea imperfecta, la renta per cápita o el PIB sí reflejan el principal componente del bienestar. Las políticas que mejoran la eficiencia de la producción y contribuyen a aumentar los ingresos seguirán siendo importantes para promover el bienestar. Entre ellas se encuentran las medidas habituales recomendadas por el FMI: promover la estabilidad macroeconómica y financiera, y llevar a cabo reformas estructurales para mejorar la eficiencia de los mercados.
En segundo lugar, las mejoras en la salud son fundamentales. La mala salud reduce la esperanza de vida e impone un coste considerable al bienestar de los países más pobres. Las políticas que mejoran la salud son herramientas poderosas para aumentar el bienestar: mejorar el acceso a la atención sanitaria, la nutrición y el agua potable; mejorar la calidad de la atención; y gravar los hábitos poco saludables, como el tabaquismo.
La mala salud también contribuye a las interrupciones laborales, reduce la productividad y frena el crecimiento económico. Por eso, las mejoras en la salud no solo elevarán directamente el bienestar, sino que también probablemente generarán mayores ingresos y mejoras futuras del bienestar en un círculo virtuoso.
A continuación, Geoffrey Bannister explica sus conclusiones sobre el bienestar frente al PIB:




