La idea de que el producto interno bruto (PIB) es inadecuado como medida del bienestar económico se remonta a la década de 1960, cuando ambientalistas y académicas feministas señalaron algunas deficiencias evidentes: no tener en cuenta las externalidades ambientales y no contabilizar servicios valiosos que no se ofrecen en el mercado, como el trabajo doméstico. Sin embargo, solo en la última década se ha generalizado cada vez más la necesidad de ir «más allá del PIB» al medir el progreso económico.
Un hito particular fue la comisión Sen-Stiglitz-Fitoussi, que publicó su informe en 2009. De hecho, según Ngram de Google, que rastrea el uso de palabras específicas en libros e informes a lo largo del tiempo, cuando la Comisión presentó su informe ya habíamos superado el máximo de uso de «PIB». Actualmente se debaten ampliamente medidas alternativas.
Sin embargo, cuesta imaginar que algo logre desplazar definitivamente al PIB de los titulares y, por tanto, de las políticas, hasta que haya suficiente consenso sobre qué debería sustituirlo. Se han multiplicado los índices alternativos, desde el conocido Índice de Desarrollo Humano en adelante, así como los cuadros de indicadores, que a su vez pueden incluir muchos componentes. Estas ideas se solapan, pero, como carecen de los fundamentos que ha tenido el PIB en la teoría económica, no llegarán a generalizarse.
En un trabajo reciente con Benjamin Mitra-Kahn, economista jefe de la oficina de propiedad intelectual de Australia, propusimos un enfoque completamente distinto para medir el progreso económico, basado en una concepción diferente del bienestar social.
Desde hace más de un siglo, la economía se basa en la ética utilitarista: quien haya estudiado la disciplina sabrá que se supone que las personas maximizan su «utilidad». En términos estadísticos, se considera que la utilidad se genera mediante el flujo de ingresos y gastos en un periodo determinado. Esto explica la conocida paradoja de que los desastres naturales parecen beneficiar a la economía, porque, pese a la destrucción, van seguidos de un aumento del gasto. No se tiene en cuenta que ese gasto se destine a reparar casas y carreteras dañadas.
En cambio, proponemos basar la medición del progreso económico en el concepto de «capacidades» del economista y premio Nobel Amartya Sen. La pregunta que planteó fue: ¿qué necesitan las personas para poder llevar el tipo de vida que desean? Lo más natural es medirlo en términos del acceso a varios tipos de activos. ¿Tienen capital financiero? Y también capital humano (educación y habilidades), capital físico (infraestructura, como carreteras y viviendas), capital intangible (por ejemplo, patentes, fondo de comercio o datos), capital natural (aire limpio, espacios verdes, un ecosistema saludable) y capital social (una comunidad o nación que funcione bien).

Nuestro enfoque capta de forma inherente el potencial de crecimiento sostenible. Si se están agotando los activos, el crecimiento no es sostenible. Sin activos en nuestro sistema de medición económica, será imposible hacer un seguimiento de la sostenibilidad. Los totales nacionales de cualquiera de estos activos no aportan información sobre el bienestar. Necesitamos saber qué acceso tienen los distintos grupos o lugares a cada uno de ellos.
No es fácil hacer este cambio. Supondría un gran giro en el pensamiento conceptual de la economía, una disciplina que desde hace varias décadas presta poca atención a los conceptos de bienestar económico —y a su intersección con la filosofía y la ética—. El trabajo de Sen ha influido mucho en la economía del desarrollo, pero no se ha aplicado demasiado en otros ámbitos. Además, aunque las agencias estadísticas disponen de muchos de los datos subyacentes, tendrían que crear un cuadro de indicadores de activos. También carecen de muchos datos, por lo que se necesitan tanto grandes esfuerzos de recopilación como investigaciones rigurosas. Por ejemplo, se sabe que el capital social es importante para los resultados económicos, pero no existe una definición ni una teoría consensuadas sobre cómo influye exactamente en la economía.
Es alentador que actualmente haya tanto debate sobre la medición. El amplio interés queda patente en que nuestro trabajo conjunto ganó el Premio Indigo, un nuevo y destacado premio a propuestas para reformar la medición económica (junto con un equipo dirigido por el profesor Jonathan Haskel, de Imperial College Business School). Ya se han publicado numerosos libros sobre el PIB y cómo sustituirlo. También han comenzado nuevos proyectos de investigación, entre ellos el Centro de Excelencia en Estadísticas Económicas del Reino Unido.
Así que quizá nuestra propuesta de seis tipos de capital (financiero, humano, físico, intangible, natural y social) no termine sustituyendo al PIB. Pero alguna alternativa lo hará: una que capte la sostenibilidad y hasta qué punto el progreso económico se comparte ampliamente, o no.



