En un día frío y oscuro de invierno de 2014 en Helsinki, esperaba al secretario general de la OCDE, Angel Gurría, y a mis otros colegas en una limusina negra frente al austero edificio del Parlamento. La escena podría haber salido de una novela de suspense de John le Carré. Era tarde. La delegación de la OCDE a la que esperaba se reunía con Alexander Stubb, entonces ministro de Asuntos Europeos y Comercio Exterior. Uno de los estadistas más europeístas y conocedores de la tecnología de Finlandia, el señor Stubb pronto se convirtió en primer ministro. Cuánto habían cambiado las cosas en 50 años.

En 1969, cuando Finlandia se convirtió en país miembro de la OCDE, las tensiones de la Guerra Fría seguían siendo intensas. La década había comenzado con la crisis de los misiles en Cuba y la construcción del Muro de Berlín. Finlandia era un país pequeño, atrapado entre las superpotencias soviética y estadounidense. El presidente Urho Kekkonen, que ocupó el cargo durante un cuarto de siglo (1956-81), se esforzaba por mantener un delicado equilibrio entre Oriente y Occidente.
El camino de Finlandia hacia la prosperidad y la integración con Occidente ha sido largo y accidentado. El primer Estudio económico de Finlandia de la OCDE, publicado en 1969, señalaba que «el gran peso de la agricultura, tanto en términos de producción como de empleo, sigue siendo una característica importante de la economía finlandesa». En aquel momento, menos del 65 % de los finlandeses vivía en ciudades, frente al 80 % de los suecos. La agricultura todavía empleaba a una cuarta parte de la población activa finlandesa. La industria representaba más de un tercio del empleo y estaba dominada por los sectores de la madera, la pasta y el papel, así como por las industrias metalúrgicas, como la construcción naval y de equipos de elevación, transporte y eléctricos. La renta per cápita de Finlandia era casi un 30 % inferior a la de Suecia, adonde emigraban muchos finlandeses en busca de mejores empleos.
Durante las décadas de 1970 y 1980, Finlandia alcanzó rápidamente a Alemania y Suecia en términos de renta per cápita, y la brecha se redujo a menos del 10 % (véase el gráfico). Sin embargo, a principios de la década de 1990, Finlandia atravesó una profunda recesión: el PIB se contrajo un 10 % entre 1990 y 1993. El colapso de la Unión Soviética había interrumpido los vínculos comerciales. La economía finlandesa también sufrió los efectos de una grave crisis bancaria, causada por una supervisión deficiente tras la desregulación de los mercados financieros a finales de la década de 1980. Finlandia y otros países nórdicos reforzaron sus sistemas financieros en los años siguientes. Lamentablemente, muchos otros países del mundo no aprendieron de la experiencia nórdica y permitieron que se acumularan desequilibrios financieros hasta que desencadenaron la crisis financiera mundial de 2008.
La crisis de la década de 1990 fue dolorosa. La tasa de desempleo alcanzó un máximo de casi el 18 % en 1994. Pero Finlandia demostró su resiliencia, su sisu, como dicen los finlandeses. La economía se recuperó y pasó a basarse cada vez más en el conocimiento, como demostró el éxito espectacular de Nokia, que en la década de 1990 se convirtió en una de las principales marcas mundiales de teléfonos móviles. Finlandia se incorporó a la Unión Europea en 1995, lo que impulsó las reformas económicas y el comercio. Cuando estalló la crisis financiera mundial en 2008, la producción per cápita de Finlandia había alcanzado la de Alemania y Suecia. Pero, como en la década de 1990, la crisis golpeó con fuerza. Los efectos de la recesión económica mundial se agravaron por el colapso del negocio de telefonía móvil de Nokia, la fuerte caída de la demanda de papel y una recesión en Rusia. Finlandia tardó 10 años en recuperar el nivel del PIB previo a la crisis. Sin embargo, el crecimiento económico y el empleo se han recuperado en los últimos tres años y ha vuelto el optimismo.
¿Qué ha aportado a Finlandia su pertenencia a la OCDE? Asesores de políticas públicas y economistas señalan la importancia política de haberse incorporado hace 50 años a un club de democracias occidentales, lo que propició una mayor integración y convergencia internacionales. Valoran la contribución de la OCDE al debate público y sobre políticas de Finlandia en un número cada vez mayor de ámbitos, mediante datos comparables, evaluaciones comparativas, pruebas basadas en la investigación y análisis comparativos. La OCDE ofrece una valiosa perspectiva «externa» sobre las políticas y fomenta el intercambio continuo de puntos de vista con analistas y responsables de la formulación de políticas de los países miembros. Como economista de la OCDE, valoro enormemente los debates tan abiertos, constructivos y estimulantes que mantengo con mis homólogos finlandeses.
Con razón se sienten orgullosos de los logros de Finlandia y de lo que su país aporta a los demás miembros de la OCDE. Finlandia ofrece una amplia variedad de ejemplos de buenas prácticas, desde la educación hasta la innovación y el crecimiento inclusivo. Se encuentra entre los países con mejores resultados en PISA, la evaluación educativa mundial de la OCDE para jóvenes de 15 años. Según el Cuadro europeo de indicadores de la innovación, es líder en innovación. Su nivel de desigualdad de ingresos está entre los más bajos de la OCDE. Finlandia también es uno de los países con mayor igualdad de género del mundo. Cuando empecé a trabajar en mi primer Estudio económico de Finlandia de la OCDE, en 2011, Tarja Halonen era presidenta de Finlandia y Mari Kiviniemi, quien más tarde llegaría a ser secretaria general adjunta de la OCDE, era primera ministra. Pero no resultaba sorprendente que dos mujeres ocuparan los cargos más altos del país que fue el primero del mundo en elegir mujeres al Parlamento, en 1907 (Finlandia era entonces un Gran Ducado autónomo, parte de Rusia).
Hoy, Finlandia se enfrenta a nuevos desafíos, entre ellos hacer frente al rápido envejecimiento de la población y al aumento de las incertidumbres económicas y políticas mundiales. Durante los casi diez años que he trabajado en el área de Finlandia de la OCDE, me ha impresionado la manera tan racional y pragmática en que los responsables de las políticas finlandeses y, en general, los actores económicos abordan los desafíos, así como su capacidad para alcanzar consensos en asuntos decisivos. Esto me da confianza en que Finlandia logrará tanto en los próximos 50 años como desde 1969 y seguirá inspirando a sus pares de la OCDE y a otros países en la búsqueda de mejores políticas para una vida mejor.



