¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando oyes o lees la palabra «desarrollo»? Personalmente, visualizo proyectos de empoderamiento de las mujeres, campañas de vacunación, programas de alimentación escolar, iniciativas de microfinanciación y, por supuesto, asistencia humanitaria, reducción del riesgo de desastres, responsabilidad de proteger, enfoque de grupos sectoriales… Podría seguir. Lo que quiero decir es que, cuando pienso en desarrollo, mi cerebro lo asocia automáticamente con la ayuda.
¿Cuál es el nuevo contexto del desarrollo? Este año, en Davos, la respuesta —al menos la que me formulé al asimilar todas las ideas que recopilé— estaba clara: si buscas algo nuevo, te llevarás una decepción.
Las desigualdades han aumentado. No han dejado de crecer. En varias sesiones, incluida la dedicada a la reconstrucción de Haití con el presidente Martelly, los panelistas volvieron a subrayar el mensaje de que debemos pasar de la ayuda al crecimiento. Y cuando dicen «crecimiento», se refieren a uno sostenible e inclusivo. ¿Cuántas veces habrá que repetir este mensaje hasta que se actúe y los paneles dejen de sonar como discos rayados? Al mismo tiempo, este afán de actuar puede ser peligroso. Como dijo Emerson: «Los buenos modales requieren tiempo, y nada es más vulgar que la prisa».
Las actividades relacionadas con el desarrollo del Foro Económico Mundial ilustran cuánto tiempo hace falta, pues un diálogo multilateral genuino, equitativo y fructífero no puede construirse en un día. En particular, hubo una sesión sobre cómo liderar bajo presión de la que surgieron tres conclusiones: prestar atención al simbolismo; mantener la calma; y, como las prisas no ayudan, intentar ganar algo de tiempo. Y eso fue exactamente lo que me vino a la mente ayer mientras escuchaba la sesión del Foro Abierto sobre la remodelación del capitalismo. Sin duda, no remodelaremos nada en una hora y media ni encontraremos un modelo nuevo, transformador, universal y listo para usar tras una reunión de cinco días, ni siquiera en Davos.
Para establecer un modelo y un plan que lo convierta en realidad, necesitamos tiempo. También necesitamos partes interesadas que asuman la responsabilidad de desarrollar este modelo, independientemente de su orientación política y del calendario electoral. Así como Túnez pronto comenzará a reescribir su Constitución, necesitamos que cada país proponga un nuevo contrato social que refleje una visión a largo plazo. Esto ocurrirá mediante un enfoque coordinado e inclusivo.
La coordinación salva vidas, como reza el lema de una organización humanitaria. La coordinación también lleva tiempo. Así que, mientras definimos cómo serán los nuevos modelos y nos tomamos un tiempo del que en realidad no disponemos en estos períodos de desigualdades y tensiones exacerbadas, me gusta recordarme que los valores no solo son necesarios, sino que también nos impedirán caer en la locura colectiva.
En mi opinión, a partir de ahora se necesita especialmente un valor para evitar el caos: la solidaridad. Como dijo Elfriede Jelinek: «La erosión de la solidaridad, paradójicamente, hace que una sociedad sea más susceptible a la creación de colectivos sustitutos y fascismos de todo tipo».

Olivia Bessat, gerente sénior, Equipo del Consejo de la Agenda Global, Foro Económico Mundial
En la imagen: mural «Manos en solidaridad, manos de libertad» en el lateral del edificio del sindicato United Electrical Workers, en West Monroe Street y Ashland Avenue, Chicago, Illinois, flickr

