Con Emmanuel Macron como presidente y su partido tras obtener una mayoría decisiva en las recientes elecciones parlamentarias, la maltrecha economía francesa quizá reciba por fin un impulso. Los inversores esperan que Macron cumpla sus promesas de flexibilizar las estrictas leyes laborales y frenar el gasto público. Pero la triste realidad es que ni siquiera estas ideas son lo bastante radicales para ayudar a Francia a competir y triunfar a escala mundial, en particular en la economía digital actual.
Los problemas de Francia son bien conocidos: una elevada carga fiscal, sindicatos intransigentes y un déficit público incontrolable. A esto se suma la falta de dinamismo de sus principales socios comerciales europeos. Pero, sobre todo, Francia presenta una debilidad particular en materia de innovación: ocupa un lamentable puesto 15 en la encuesta mundial sobre innovación de 2017 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, muy por detrás de Suiza, Suecia, los Países Bajos, Estados Unidos y el Reino Unido, que encabezan la lista.
Las grandes empresas industriales francesas invierten mucho en I+D, pero a los emprendedores y las pequeñas empresas les cuesta atraer el capital necesario para lanzar y hacer crecer nuevas iniciativas. Los ingenieros franceses destacan en la fabricación de productos industriales muy sofisticados y costosos, como centrales nucleares, trenes de alta velocidad y aviones de combate. Este tipo de innovación industrial está cada vez más anticuado, pues la fuente de ventaja empresarial y nacional se desplaza de los productos físicos a las plataformas digitales, como Facebook y Airbnb, que crean, encuentran y comparten conocimiento, y conectan a los consumidores con bienes y servicios.
Como francés afincado en Silicon Valley, llevo 25 años trabajando con empresas en Francia. Es frustrante ver cómo los ingenieros franceses tardan años en desarrollar un producto perfecto, en vez de mejorarlo gradualmente a partir de las opiniones de los clientes, que a menudo se reciben a través de plataformas digitales. Me desconcierta la escasa colaboración entre las empresas francesas, las universidades y las empresas emergentes, cuando esos vínculos son muy estrechos en Silicon Valley y, en menor medida, en países competidores como el Reino Unido.
Al igual que sus homólogas industriales tienen dificultades para competir, las empresas francesas centradas en productos de marca prémium no han sabido comprender los nuevos hábitos de los consumidores. Desde la recesión de 2007, los consumidores franceses se han vuelto más ahorradores. En cierto modo, esto ha beneficiado a un pequeño grupo de empresas emergentes de la economía colaborativa, como la aplicación para compartir viajes BlaBlaCar. La gran mayoría de las empresas francesas convencionales tienen dificultades para adaptarse a este giro hacia el intercambio y la frugalidad.
Como joven líder con soltura tecnológica, Macron comprende personalmente este nuevo mundo digital. Pero no basta con ser consciente de ello. Necesita un programa radical de cambios, que empiece con tres medidas importantes.
La economía colaborativa
En primer lugar, Macron debe animar a las empresas francesas a incorporarse a la economía colaborativa, que actualmente se limita a que los ciudadanos compartan directamente coches y apartamentos. PwC estima que la economía colaborativa de Europa —dominada por transacciones entre consumidores (C2C)— crecerá de 28.000 millones de euros actuales a 570.000 millones de euros para 2025. Francia puede ir mucho más lejos y ser pionera en el intercambio entre empresas (B2B), creando plataformas digitales que permitan a las grandes empresas y a las pymes ser más eficientes e innovadoras al compartir recursos, desde residuos, equipos de fábrica inactivos y espacio de oficina hasta empleados e incluso propiedad intelectual (PI). El intercambio B2B podría acelerar enormemente la cuarta revolución industrial.
Francia puede inspirarse en modelos pioneros. Por ejemplo, en el Parque Ecoindustrial de Kalundborg, en Dinamarca, varias empresas ubicadas en el mismo lugar intercambian residuos materiales, energía y agua como parte de un ecosistema integrado. Del mismo modo, hospitales neerlandeses utilizan FLOOW2, un mercado B2B, para localizar y compartir equipos médicos, personal y servicios sin uso, y así ofrecer una mejor atención a más pacientes con un coste menor.
Para fomentar el intercambio B2B en Francia, el gobierno de Macron debe establecer un nuevo marco integral que incentive el intercambio de activos y personal, probablemente mediante la desregulación de normas en ámbitos como la responsabilidad jurídica, la fiscalidad, la protección de la PI y los derechos laborales. Si se hace bien, Francia puede dar forma al mercado mundial del intercambio B2B y dominarlo —un mercado que podría valer billones de euros— generando demanda y desarrollando las plataformas digitales necesarias.
Innovación regional
En segundo lugar, Macron debe descentralizar la innovación. París cuenta con algunos elementos propios de un centro de innovación: un alcalde favorable, universidades de primer nivel y un impresionante campus nuevo para empresas emergentes, Station F. Pero otras regiones que podrían generar clústeres tecnológicos innovadores —como Hauts-de-France, una antigua región industrial del norte que está pasando a una economía circular sin residuos e impulsada por tecnologías limpias, y Nouvelle-Aquitaine, en el suroeste, que lidera la innovación en tecnología agrícola en Europa— se están quedando atrás por falta de apoyo.
A estas regiones les faltan científicos e ingenieros, así como vínculos de innovación entre universidades y empresas, especialmente en ámbitos de gran demanda como el Internet de las cosas, las biociencias y las tecnologías limpias. Macron, orgulloso de sus orígenes provincianos y firme defensor de una mayor autonomía regional, debería crear un fondo regional para el desarrollo de la innovación que ayude a los actuales «pôles de compétitivité» (clústeres de competitividad) a convertirse en «pôles de compétences» (clústeres de talento).
Innovación frugal
Por último, Macron debe posicionar a Francia como líder mundial en innovación frugal, una forma disruptiva de crear productos de alta calidad que sean asequibles y respetuosos con el medioambiente. Algunas empresas francesas han marcado el camino, entre ellas el fabricante de automóviles Renault, que sacudió la industria automovilística mundial en 2004 al lanzar el Dacia Logan de 6.000 dólares y, hace dos años, presentó en India el Kwid de 3.500 euros. La Comisión Europea publicó recientemente un informe histórico que destaca el enorme valor social y el gran potencial económico de la innovación frugal para los países europeos.
Macron podría convertir Francia en un centro mundial para invertir en inventos de bajo coste y respetuosos con el medioambiente, probarlos y ampliarlos para los mercados europeos e incluso los de países en desarrollo. Podría hacerlo pidiendo a las escuelas francesas de ingeniería y de negocios que incorporen la innovación frugal a sus planes de estudio. Macron también podría proponer retos para emprendedores y otorgar premios a quienes creen innovaciones frugales disruptivas en sectores esenciales como la alimentación, la energía y la salud. Conocidos como «10x10x Grand Challenges», los proyectos ganadores ofrecerán al menos 10 veces más valor y utilizarán 10 veces menos recursos que las soluciones existentes.
Macron es un emprendedor político ingenioso: recurrió a tácticas de campaña innovadoras basadas en datos para ganarse a la gente y fue elegido por una aplastante mayoría como el presidente más joven de Francia. En Marche!, su organización política de un año de existencia, sigue en fase de empresa emergente. Pero, tras haber alterado el panorama político francés, el presidente Macron debe ahora liderar también una revolución de la innovación en Francia.




