Las manifestaciones de los «chalecos amarillos» en Francia parecen ser, al menos en parte, otro ejemplo del sentimiento antiglobalización que ha surgido en varios países de la OCDE. Esta columna sostiene que el movimiento también tiene sus raíces en el deteriorado ascensor social del país. La redistribución mediante impuestos y transferencias sociales no basta para frenar la desigualdad de oportunidades, que está vinculada sobre todo al sistema educativo y perpetúa las situaciones económicas y sociales de una generación a la siguiente.
Las recientes manifestaciones de los «chalecos amarillos» en Francia bien podrían ser simplemente una variante de las divisiones regionales y sociales potencialmente vinculadas a la misma tendencia de rechazo a la globalización que ha surgido en varios países de la OCDE (Pastor y Veronesi, 2018; Rodrik, 2017). Probablemente sea cierto en parte, pero las razones de este movimiento también tienen sus raíces en una profunda desigualdad de oportunidades (OCDE, 2018). En Francia, una persona situada en el extremo inferior de la distribución de ingresos tarda más de seis generaciones en alcanzar la media. Más del 15 % de los jóvenes de 15 años tienen deficiencias en cálculo y comprensión lectora, lo que probablemente les acarreará dificultades para encontrar trabajo más adelante. De todos los países de la OCDE, solo Hungría presenta un determinismo social mayor que Francia.
Figura 1 La movilidad intergeneracional es baja

Desigualdades de oportunidades que se reproducen en todo el sistema educativo y de una generación a otra
En contra de la afirmación que se repite con frecuencia, Francia no padece una redistribución insuficiente de los ingresos, sino una desigualdad de oportunidades que perpetúa las situaciones económicas y sociales de una generación a la siguiente. En otras palabras, el ascensor social está averiado desde hace tiempo. Esa desigualdad de oportunidades afecta no solo a los más pobres, sino que también repercute, en cierta medida, en las clases medias.
Las disparidades entre categorías socioprofesionales y regiones empiezan a gestarse desde muy temprana edad. Aunque gran parte de la educación y atención de la primera infancia se brinda a través del sistema social y con apoyo estatal, solo el 30 % de los niños del tercio menos favorecido de la población se beneficia de servicios «formales» de cuidado infantil (guarderías, centros de día o cuidadores cualificados), frente a casi el 60 % de la población en su conjunto. En parte, se trata de una cuestión de acceso: estos servicios están más o menos desarrollados según el municipio o el barrio. Sin embargo, son factores importantes para el aprendizaje temprano, el desarrollo y la socialización de los niños pequeños.
Las desventajas asociadas a un entorno socioeconómico de bajos ingresos persisten en la escuela. Los estudios PISA de la OCDE evalúan el rendimiento educativo de los jóvenes de 15 años. Muestran que el 15 % de los escolares en Francia tiene un nivel bajo de comprensión lectora y matemáticas, una de las tasas más altas entre los países de la OCDE. También revelan que la influencia del entorno social en los resultados educativos es una de las más altas entre los países de la OCDE. Esto es especialmente cierto en matemáticas, una materia que, como es bien sabido, influye considerablemente en Francia en el acceso a las mejores oportunidades educativas. Una vez más, las diferencias locales desempeñan un papel importante, ya que resulta más difícil atraer a docentes con experiencia a algunas escuelas y en ciertas zonas geográficas se concentran alumnos con dificultades.
Figura 2 El sistema educativo perpetúa disparidades considerables


Las diferencias en el nivel educativo repercuten en el acceso al empleo. La proporción de jóvenes que no estudian, no trabajan ni reciben formación (ninis) en Francia es superior a la media de la UE. El acceso al empleo varía considerablemente según el nivel de cualificación, y la ventaja de las personas con mayor cualificación es significativamente superior a la de otros países. La tasa de empleo de quienes salen del sistema educativo con un título general de nivel medio (secundaria o possecundaria no superior) es del 51 %, una de las más bajas de la UE (solo Italia y Grecia obtienen peores resultados). En cambio, la tasa de empleo de los titulados de educación superior es del 83 %, cercana a la media de la UE.
Estas diferencias en el acceso al empleo persisten, en particular porque el sistema de aprendizaje permanente no logra corregirlas entre las personas con bajas cualificaciones. La elevada proporción de jóvenes con bajas cualificaciones persiste de una generación a otra, y la proporción de adultos con bajas cualificaciones también es una de las más altas de los países de la OCDE: Francia ocupa el quinto puesto entre los países con menores competencias adultas, según la medición de PIAAC, la encuesta de la OCDE sobre las competencias de los adultos. El acceso a la formación no corrige esta situación. En primer lugar, las personas con bajas cualificaciones tienen un 50 % menos de probabilidades que las demás de acceder a la formación. En segundo lugar, la tasa de participación en la formación formal dentro del conjunto de opciones de aprendizaje permanente disponibles vuelve a ser una de las más bajas entre los países de la OCDE. Las reformas recientes buscan cambiar esta situación, pero aún queda mucho por hacer. Aunque los planes puntuales recientes han ayudado a las personas desempleadas a acceder a la formación, no ocurre lo mismo con las personas inactivas.
Figura 3 El acceso a la formación sigue siendo desigual, 2016


Las brechas de ingresos reflejan disparidades en el acceso al empleo y en la tributación. En Francia, los ingresos del 20 % más pobre de la población, así como la renta disponible mediana, no aumentaron entre 2008 y 2016. Es posible que los tipos reducidos de cotización a la seguridad social, aplicados de forma selectiva, hayan reducido considerablemente el coste laboral de quienes perciben el salario mínimo, pero esas cotizaciones siguen pesando mucho sobre el salario mediano. Las cotizaciones de los empleadores como proporción de los salarios brutos son muy bajas para el salario mínimo (4 % tras las últimas reducciones), pero ascienden al 36 % para el salario mediano, una brecha única entre los países de la OCDE. Aunque esto contribuye a brindar un apoyo bienvenido a los empleos de baja cualificación, probablemente también frena el aumento de los ingresos entre el salario mínimo y el salario mediano, lo que puede explicar en parte las escasas mejoras del poder adquisitivo de quienes perciben salarios bajos.
La redistribución corrige las desigualdades más flagrantes, pero beneficia poco a las clases medias. El sistema de redistribución en Francia es amplio y contribuye mucho a corregir la pobreza mediante transferencias sustanciales a los hogares menos favorecidos. No obstante, las desigualdades de ingresos antes de impuestos y transferencias son elevadas en comparación con la media de la OCDE. Los impuestos y las transferencias, incluidas las prestaciones por desempleo y las pensiones, apenas reducen las desigualdades en la distribución de ingresos hasta el nivel de la media de la OCDE. Esto apunta a una menor redistribución, neta de impuestos, de las transferencias a las clases medias.
Figura 4 Las desigualdades de ingresos se moderan mediante impuestos y transferencias sociales


Los elevados costes de la vivienda agravan estas disparidades de ingresos. Los costes de la vivienda constituyen una partida importante de los gastos básicos de los hogares, y la vivienda representa una proporción del consumo de los hogares en Francia superior a la media europea. Una vez más, un amplio parque de viviendas sociales y unas prestaciones de vivienda significativas ayudan a corregir esta situación para los hogares menos favorecidos. Sin embargo, no todos esos hogares las reciben, y las reciben aún menos los hogares de clase media.
Conclusiones
La redistribución mediante impuestos y transferencias sociales es una herramienta eficaz para reducir la desigualdad de ingresos, pero persisten importantes desigualdades de oportunidades, vinculadas sobre todo al sistema educativo. La redistribución sostiene el nivel de vida de los hogares más pobres, pero no corrige las disparidades en la parte media de la distribución. Sobre todo, no basta para frenar la desigualdad de oportunidades vinculada al entorno socioeconómico o las desigualdades territoriales. La urgente necesidad de dar a todos la oportunidad de triunfar exigirá reformar el sistema educativo para garantizar que, mediante la educación y la formación, cada niño tenga la oportunidad de progresar desde la primera infancia y a lo largo de toda su vida, y que cada adulto que se haya quedado atrás pueda ponerse al día. El próximo estudio de la OCDE sobre Francia, que se publicará en abril, incluirá recomendaciones en ese sentido.



