Cuatro certezas sobre la economía populista, según un premio Nobel

A man walks past buildings at the central business district of Singapore February 14, 2007. Singapore's trade-reliant economy expanded faster than expected in the fourth quarter on a pick up in domestic activity, data showed on Wednesday, prompting the government to lift its expectations for 2007. REUTERS/Nicky Loh (SINGAPORE) - RTR1MDL4
Globalisaton has disrupted global economics.Image: REUTERS/Nicky Loh
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La globalización económica exitosa requiere patrones de crecimiento razonablemente sólidos en cada país. Esa dinámica caracterizó los aproximadamente 30 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial: las tasas de crecimiento fueron relativamente altas en una amplia variedad de países; sus beneficios se repartieron ampliamente dentro de cada país; y el ascenso de los países en desarrollo redujo la desigualdad mundial. Podría decirse que este período fue el apogeo de la globalización.

Por supuesto, la globalización continuó durante la década de 1970 y más allá. Pero los patrones de crecimiento subyacentes cambiaron. Impulsados por el arbitraje laboral inherente a la globalización económica y el auge de las tecnologías digitales disruptivas, desaparecieron los empleos manufactureros de clase media en las economías avanzadas, se estancaron sus ingresos medianos y aumentó la polarización laboral y de los ingresos, aunque el crecimiento del PIB siguió siendo sólido. Este nuevo patrón —que persistió durante las décadas de 1980 y 1990 y se aceleró después de 2000— hizo que la desigualdad aumentara drásticamente, debilitando los cimientos de la globalización.

Las respuestas de los países han variado ampliamente. Algunos han tomado medidas para reducir la desigualdad, como la redistribución a través del sistema tributario, los sistemas de seguridad social y educación, diversas formas de protección social y el apoyo a una recapacitación eficaz. La eficacia de estos esfuerzos suele estar condicionada por las normas culturales, el poder de negociación institucional de los trabajadores, el nivel de confianza entre trabajadores y empresas, y la influencia de la riqueza individual y empresarial en la política.

En los países con fuerzas atenuantes más débiles —en particular, Estados Unidos y el Reino Unido—, las disparidades de ingresos, riqueza y oportunidades llegaron a ser las más extremas. La falta de una respuesta política sustancial, sumada a la aparente indiferencia de quienes habían aumentado su poder de negociación económica, provocó una profunda ira entre las personas más afectadas.

Además de los problemas distributivos que afrontan muchos países, Japón, algunas partes de Europa y ciertos países en desarrollo se enfrentan a un crecimiento débil y un desempleo persistentemente alto. En el caso de Europa, estos problemas tienen su origen en un sistema con pocas válvulas de escape y mecanismos de ajuste.

Pero lo cierto es que, últimamente, el crecimiento persistentemente no inclusivo ha estado transformando las economías. En esas situaciones, el factor que rompe el bloqueo es político y, a menudo, dramático. Fuera de las democracias desarrolladas, los persistentes retrocesos en materia de inclusión casi siempre son devastadores para el crecimiento y el desarrollo a largo plazo, y a menudo conducen a la violencia y los conflictos civiles; una tendencia que el Informe sobre el crecimiento de la Comisión sobre el Crecimiento y el Desarrollo destacó hace varios años.

En las democracias funcionales, el drama político suele limitarse a elecciones y referendos, como la votación británica para abandonar la Unión Europea y las elecciones presidenciales de Estados Unidos, ganadas por Donald Trump, un candidato populista ajeno al establishment. Los votantes descontentos rechazan los sistemas que generaron esas deficiencias. Esta es una respuesta normal y saludable. Y, a falta de un cambio tectónico en las dinámicas y las políticas de crecimiento, es muy posible que veamos más casos en los próximos años en Europa, concretamente en Francia, Italia y Alemania.

Puede que ya sea demasiado tarde para convencer a los votantes de que no rechacen los sistemas existentes, pero aún hay tiempo para construir alternativas eficaces. La posible ventaja de la enorme incertidumbre que siente mucha gente en todo el mundo es que, en esencia, nos encontramos ante una hoja en blanco. Al haberse borrado las presunciones, los prejuicios y los tabúes anteriores, quizá sea posible crear algo mejor.

Pensemos en Estados Unidos. Los nuevos patrones de crecimiento y las políticas podrían tomar muchos rumbos, como rechazar el multilateralismo en favor del bilateralismo o el proteccionismo; cambiar las políticas de inmigración; ampliar la inversión pública y los estímulos fiscales; introducir cambios regulatorios o una reforma tributaria; o aplicar medidas por el lado de la oferta en educación, formación y atención de la salud. Todas estas áreas conllevan riesgos y posibles beneficios, y los resultados dependerán del conjunto de políticas.

Aunque en esta etapa las posibles combinaciones siguen siendo desconcertantes, algunas cosas están claras. En primer lugar, las expectativas y la confianza importan para la inversión, el gasto de los consumidores y el crecimiento del empleo. Los indicios de que se avecinan respuestas políticas más sólidas y equilibradas han tenido un efecto visiblemente positivo, aunque podría ser transitorio, según cómo se implementen. El repunte de las expectativas se refleja en los mercados financieros, aunque muchos, entre ellos yo, creemos que las valoraciones actuales de los activos son demasiado optimistas.

En segundo lugar, parece probable que aumente el crecimiento nominal en Estados Unidos, aunque aún está por determinarse la combinación subyacente de inflación y crecimiento real. Esto importa porque condicionará la respuesta de la Reserva Federal de Estados Unidos y afectará los precios de los activos en Estados Unidos y en otros lugares.

Una posibilidad es que la ampliación de la inversión pública y privada empiece a revertir la tendencia descendente de la productividad y, con ello, genere crecimiento real. Pero el regreso del estancamiento en el Congreso podría interrumpir esta tendencia y moderar las expectativas, mientras que las tendencias estructurales que limitan el crecimiento, como la demografía, no van a desaparecer sin más.

Una tercera característica probable del nuevo patrón de crecimiento de Estados Unidos es el aumento de la presión sobre las grandes empresas para que mantengan su reputación en el país. Incluso antes de asumir el cargo, Trump intentaba influir en las decisiones de las empresas sobre dónde fabricar, incluso amenazando con imponer aranceles a las importaciones de productos fabricados, por ejemplo, en México. Aunque Trump ha llegado a acuerdos para mantener algunos empleos en Estados Unidos, como el pacto con Carrier, su táctica más poderosa ha sido amenazar la imagen de marca de las empresas, incluso a través de Twitter.

Algunos describen las iniciativas de Trump —y, en particular, sus incursiones en Twitter— como más apariencia que sustancia, con pocas probabilidades de tener un impacto cuantitativo a largo plazo. Puede que tengan razón. Pero, a mi juicio, Trump parece estar enviando un mensaje más profundo sobre la toma de decisiones empresariales. Pese al historial empresarial del propio Trump —que, señalarán sus oponentes, incluye varias quiebras y el impago a contratistas y sus trabajadores—, es posible que ahora esté intentando cambiar una cultura empresarial y de inversión que privilegia los intereses del capital, las empresas y los accionistas, y considera prescindible a la mano de obra.

La cuarta tendencia con la que podemos contar es el avance continuo de la tecnología digital. Sin embargo, ahí termina la certeza: hasta ahora, el gobierno de Trump ha dado pocas señales, si es que ha dado alguna, sobre cómo abordará el apoyo a la adaptación de la fuerza laboral.

En los próximos meses sabremos más sobre si el reciente repunte del optimismo económico es sólido; si los esfuerzos de Trump por combatir la deslocalización y fomentar el crecimiento y el empleo tienen un impacto a largo plazo; y si prevalece el proteccionismo. Solo entonces podremos determinar si Trump fue realmente la elección económica adecuada para los trabajadores descontentos de Estados Unidos.

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