Uno de los mayores desafíos políticos del siglo XXI es idear un sistema de bienestar social que sea eficaz y justo. Tanto quienes reciben prestaciones como quienes no las reciben señalan rápidamente las deficiencias aparentes del statu quo, así como los problemas de cualquier alternativa posible. Pero algunos países están claramente preparados para el cambio.
El 1 de enero de 2017, Finlandia se convirtió en el primer país europeo en poner en marcha un plan por el que los ciudadanos desempleados reciben una renta básica mensual. Creado por el organismo gubernamental responsable de las prestaciones de seguridad social finlandesas (KELA), se llevará a cabo como programa piloto en el que 2.000 personas desempleadas seleccionadas al azar recibirán 560 € cada mes en lugar de sus prestaciones de seguridad social actuales.
Los beneficiarios seguirán cobrando aunque encuentren trabajo o, algo más significativo para algunos, aunque decidan no buscarlo. El ensayo durará dos años y pretende reducir los elevados niveles de desempleo.
Como muchas sociedades occidentales, Finlandia ha tenido durante mucho tiempo un sistema complejo de seguridad social que podía llevar a una persona desempleada a rechazar un trabajo mal pagado o de corta duración por temor a que sus prestaciones económicas se redujeran drásticamente. Se puede decir que este tipo de sistema provoca un ciclo negativo en el que quienes reciben ayudas sienten que les conviene más vivir de las prestaciones. El temor a perder prestaciones «seguras» a cambio de salarios «inciertos» se convierte en un obstáculo importante para acceder al empleo.
Esta situación se repite en gran parte de la Europa continental, y sin duda es una medida audaz que el Gobierno finlandés estudie la posibilidad de un cambio de tal magnitud. Quizá les anime el éxito de programas similares en algunas zonas de África e India, diseñados para reducir la pobreza. En el Reino Unido, Escocia estudió abolir el sistema actual de bienestar social y sustituirlo por una renta garantizada para todos los ciudadanos, sin comprobación de recursos, con la esperanza de abordar el creciente problema del desempleo masivo.
Sin embargo, no convence a todo el mundo. En junio de 2016, tras un debate franco y abierto que en ocasiones se acaloró, los votantes suizos rechazaron por abrumadora mayoría una renta mensual mínima para todos; solo el 23 % de los votantes apoyó el plan. Pero, si se examina la lógica del experimento finlandés, puede sostenerse que un programa de renta básica tiene más ventajas que inconvenientes.
En primer lugar, la renta básica simplificará mucho el sistema de seguridad social al reducir la burocracia, lo que dará lugar a un sistema más justo y rentable que debería acabar con la pobreza extrema. El programa recompensará las contribuciones no remuneradas a la sociedad, como los cuidados prestados por familiares cercanos. Además, podría hacer que las personas se sintieran más seguras al introducir cambios en sus vidas: una red de protección que quizá reforzaría el espíritu de iniciativa y empresa de la nación.
Otra ventaja importante es que un programa de renta básica debería erradicar casi por completo la lacra del fraude en las prestaciones, que le cuesta al Reino Unido miles de millones de libras cada año.
La carrera por Finlandia
Los críticos del programa creen que recompensará y fomentará la pereza. Los escépticos más severos han llegado a comparar el concepto con volver a los estereotipos negativos de las sociedades comunistas. Pero, más allá del temor a lo que podría ocurrir si se entrega «dinero gratis» a la población, quizá las mayores preocupaciones que se expresan actualmente tengan que ver con la inmigración. ¿Podría un programa así crear para un país un «factor de atracción» no deseado?
No es ningún secreto que Europa atraviesa actualmente la peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Un programa de renta básica en Europa podría hacer que el continente resultara aún más atractivo para vivir. El año pasado, el Reino Unido registró su mayor saldo migratorio neto de la historia; las cifras para el año que terminó en junio de 2016 se situaron en 335.000. Se ha sugerido que Finlandia podría ver cómo los migrantes dejan de dirigirse al Reino Unido y se sienten atraídos hacia el país por la promesa de una vida «más fácil», gracias a la renta básica. Este argumento ocupó un lugar central en el debate suizo.
Los críticos del programa también señalan el problema del turismo de prestaciones entre ciudadanos europeos que se trasladan de países con un PIB bajo a otros con un PIB más alto sin tener la menor intención de encontrar trabajo. Se entiende que haya más de unos cuantos escépticos.
Sin embargo, en medio de todo el debate, parece que a muchas personas se les ha escapado un dato clave. El ingreso medio del sector privado en Finlandia es de unos 3.500 € al mes, por lo que la renta básica para las personas desempleadas equivale a solo el 16 % del salario medio. Quizá la pregunta que debería hacerse la gente es si esta cantidad basta para cubrir los gastos cotidianos en Finlandia, y mucho menos para atraer a personas al país.



