Anunciada oficialmente por primera vez en 2013 por el presidente Xi Jinping, la ambiciosa iniciativa china “One Belt, One Road” busca mejorar la conectividad entre China, Asia y Europa. Este año marca un hito en las relaciones entre China y la Unión Europea, que celebran 40 años de relaciones diplomáticas.
La iniciativa combina la Ruta de la Seda terrestre (desde China, pasando por Asia Central, hasta Turquía y la UE) con la Ruta Marítima (a través del océano Índico y África hasta Europa). Ambas rutas se crearon con la intención de desarrollar infraestructuras de transporte, facilitar el desarrollo económico y aumentar el comercio. Esta iniciativa del siglo XXI no se limita a que China idealice sus legados históricos: encierra importantes cálculos estratégicos económicos y geopolíticos.
China parece perseguir tres objetivos clave
Un nuevo impulso para su economía. El PIB de China creció alrededor de un 7,4 % el año pasado, la cifra más baja desde los años noventa, y parece inevitable una nueva desaceleración. Dada la enorme sobrecapacidad del sector manufacturero, las grandes empresas estatales, en gran medida ineficientes y con una rentabilidad sobre el patrimonio en descenso, así como la burbuja inmobiliaria y las crecientes presiones medioambientales, China necesita urgentemente encontrar nuevos motores económicos. One Belt, One Road se centra en el desarrollo de infraestructuras y canaliza el apetito de las empresas estatales chinas con sobrecapacidad.
La Ruta de la Seda ayudará a aliviar la sed de energía de China, con nuevos gasoductos en Asia Central y nuevos puertos de aguas profundas en el sur de Asia, cuya construcción está prevista. Estos enormes proyectos de infraestructura también acelerarán la internacionalización del renminbi y su emergencia como divisa de reserva alternativa, un objetivo económico estratégico.
Lo más importante es que el núcleo de esta iniciativa reside en su importancia estratégica y geopolítica. China busca construir un cordón sanitario de estabilidad regional. Su dirigencia cree firmemente que la prosperidad económica es la única forma de mantener la paz en su frágil vecindario, desde la volátil Asia Central, pasando por un Pakistán fragmentado y un Afganistán devastado por la guerra, hasta el cinturón de terror de Oriente Medio y el norte de África. El Gobierno chino se ha resistido a calificar el proyecto “One Belt, One Road” como su propio Plan Marshall, pero la coincidencia de los intereses económicos de China con los países del corredor y un sólido vínculo en materia de infraestructuras constituirán la mejor forma de prevenir los conflictos regionales. También es una vía viable para exportar el modelo de desarrollo chino: el derecho a desarrollarse independientemente de los sistemas políticos.
Estratégicamente, el concepto de “One Belt, One Road”, así como la creación del Banco Asiático de Infraestructuras e Inversión (AIIB), el Fondo de la Ruta de la Seda y otras iniciativas relacionadas, envían una señal clara: China está dispuesta a asumir un papel más relevante en la gobernanza regional y mundial. Durante las últimas décadas, China fue más seguidora de la agenda que fijadora de la misma. Un principio clave de su política exterior ha sido el de un “ascenso pacífico con perfil bajo”. En consecuencia, China aceptó inicialmente el sistema vigente de gobernanza global e se integró en él.
Esta fase está llegando a su fin. El poder económico y el peso político de China son sólidos argumentos para que Pekín sostenga que su desarrollo no puede seguir sujeto a normas decididas principalmente por las naciones industrializadas. Pekín pretende ser más proactivo en la protección de sus intereses nacionales.
Un nuevo tipo de relaciones de poder
Basada en una mezcla de tradiciones marxistas y confucianas, la dirigencia china ha comenzado a articular políticas más explícitas hacia la gobernanza regional y mundial, mediante conceptos como la Sociedad Armoniosa, del expresidente Hu Jintao, y la “nueva forma de relaciones entre grandes potencias” del presidente Xi Jinping. Estos conceptos, en gran medida ignorados por los gobiernos occidentales, no son meros eslóganes. Han dado lugar a una serie de cambios visibles en su compromiso exterior: la Organización de Cooperación de Shanghái, los BRICS, el G13 y foros económicos como el Boao Forum.
Este giro estratégico puede llegar a ser un factor decisivo para la gobernanza global. Su énfasis explícito en una amplia definición de inclusión, en el derecho al desarrollo y en un estilo de gestión relativamente difuso desafiará inevitablemente los principios occidentales actuales de la gobernanza global.
El lanzamiento del AIIB, sorprendentemente exitoso, puede ser solo un adelanto de China sobre las instituciones existentes. Pero debe interpretarse como una llamada de atención. La pelota está ahora en manos de la UE, que debe decidir si participa en estos procesos emergentes y cómo hacerlo. Aunque Europa sigue lidiando con su propia crisis, debe hacer suya la Ruta de la Seda y convertirla en su prioridad estratégica.
Para la UE están en juego importantes intereses: la estabilidad regional, el desarrollo económico y la diversificación del suministro energético.
Esta región, con India, Pakistán, Irán y Kazajistán en el centro, podría ofrecer nuevos mercados de primer orden a las empresas europeas, aprovechando la antigua influencia europea para colaborar de forma rentable tanto con empresas chinas como locales. Europa también podría utilizarla como puerta de entrada al mercado chino, cada vez más difícil pero fundamental, ya que China necesitará aliados cuando opere en el extranjero.
Sería igualmente una jugada inteligente integrar a Rusia en una cooperación regional a través de estas dos iniciativas, al margen del conflicto actual. Las conversaciones entre la UE, la Unión Económica Euroasiática (UEEA) y China sobre un acuerdo de libre comercio podrían ser un objetivo a medio plazo.
¿Puede la UE marcar la agenda?
Como mayor socio comercial de China (y socio sin conflictos geopolíticos), Europa no debería esperar a que el concepto “One Belt One Road” se desarrolle más en esta etapa; es un “concepto en movimiento”. Para los responsables de decisiones chinos, los conceptos están sujetos a prueba y error. Al igual que los proyectos piloto, se desarrollan a medida que maduran. La UE tiene una oportunidad única de formular sus propios intereses e intenciones y de ofrecer a China propuestas concretas de colaboración en el marco de la Ruta de la Seda, convirtiéndola en una verdadera iniciativa Europa-China, en ambos extremos de la ruta.
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Autores: André Loesekrug-Pietri es presidente de la Fundación Paulina, fundador de A CAPITAL y Young Global Leader. Michael Schaefer es presidente del Consejo de Administración de la Fundación BMW. Wei Shen es catedrático de Negocios Internacionales en la Universidad de Lancaster.
Imagen: el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker (D), y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk (C), se reúnen con el primer ministro chino, Li Keqiang (I), en la sede del Consejo Europeo antes de una cumbre UE-China en Bruselas, el 29 de junio de 2015. REUTERS/Virginia Mayo/Pool


