¿Son 1.700 millones de libras (2.700 millones de dólares) mucho dinero para que desembolse el Gobierno británico? Lo son cuando se trata de una exigencia presupuestaria de la Unión Europea que llega de la nada. Pero el impacto de la inesperada factura presupuestaria de la UE no es solo financiero, pues ha llegado en un momento en que el partido antieuropeísta Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) goza de gran popularidad en las encuestas de opinión. El episodio revela el carácter arbitrario de la elaboración del presupuesto de la UE, que deja a la propia UE en mal lugar y podría ser la gota que colme el vaso para la permanencia del Reino Unido en la UE.
La factura tiene su origen en un nuevo cálculo estadístico de Eurostat, la oficina estadística de la UE, sobre el desempeño económico del Reino Unido durante los últimos 20 años. Sin embargo, los costes a más largo plazo podrían ser mucho mayores que la cantidad relativamente pequeña en cuestión (el 0,1 % del PIB). La crisis política —originada por el cálculo de los recargos presupuestarios nacionales y las devoluciones del presupuesto de la UE— se debe a una arbitrariedad institucional que parece injusta y genera un enorme resentimiento. Como las amistades o los matrimonios que se rompen por cuestiones aparentemente triviales que, en realidad, revelan problemas fundamentales, esta crisis presupuestaria ha puesto de manifiesto un grave defecto en la relación entre el Reino Unido y la UE.
La nueva exigencia financiera sorprendió al primer ministro británico, David Cameron, quien la calificó de «completamente inaceptable». Para muchos euroescépticos, era otra señal de una conspiración de la Comisión Europea contra el Reino Unido. En alusión a un juego de mesa infantil de detectives y asesinatos, declaró Cameron: «No hace falta un juego de Cluedo para saber que alguien ha sido apaleado con la tubería de plomo en la biblioteca». Una comparación mejor quizá habría sido con las cartas de «Suerte» del Monopoly, el juego de mesa de la época de la Gran Depresión que puso de relieve la injusticia aleatoria del capitalismo.
El momento de esta disputa no podría ser más oportuno para los detractores británicos de la UE. Es posible que el UKIP tenga la llave del poder tras las elecciones generales del próximo mayo y obligue al Gobierno a convocar el referéndum «dentro o fuera» sobre la pertenencia a la UE que prometió. Bajo la presión electoral, los dos principales partidos británicos —los conservadores y el laborista— ya defienden límites a la inmigración incompatibles con la legislación de la UE y los principios fundamentales de la integración europea. La escalada emocional podría llevar a muchas personas, a ambos lados del canal de la Mancha, a concluir que tanto el Reino Unido como la UE estarían mejor sin el otro.
Las tensiones previas han desempeñado inevitablemente un papel importante en el actual recrudecimiento. Pero ¿es también culpable el método de cálculo del presupuesto de la UE?
Es razonable que la contribución de un país al presupuesto de la UE refleje su nivel real de actividad económica. En todo caso, el presupuesto total de la UE, de alrededor del 1 % de la producción de la UE, es relativamente pequeño y no ha cambiado en más de 30 años. El nuevo cálculo simplemente busca ofrecer una imagen más precisa de la economía de la UE y corregir la actividad que no se mide oficialmente en las cuentas nacionales, como la caridad, las drogas y la prostitución.
Además, el Reino Unido no fue el único miembro de la UE perjudicado por el nuevo cálculo. El desempeño económico de Italia también resultó mejor de lo que se había supuesto, lo que hizo necesario un pago adicional. El primer ministro italiano, Matteo Renzi, se sumó debidamente al coro de indignación y calificó el nuevo cálculo de «arma letal».
Sin duda, es fundamentalmente sensato que los gobiernos supervisen y graven la mayor cantidad posible de actividad económica nacional. Una evaluación externa que intente contabilizar la economía en su conjunto y calcule sobre esa base la contribución presupuestaria debería aumentar la eficiencia tributaria. Al fin y al cabo, la escasa capacidad recaudatoria ha sido un problema endémico en el sur de Europa, también en Italia (y especialmente en Grecia), mientras que Francia y Alemania, que recibieron cuantiosas devoluciones, son más eficaces recaudando impuestos.
Italia, como Grecia, ha intentado ampliar su base tributaria. Los reconocimientos aéreos detectan ahora piscinas en jardines; los inspectores fiscales investigan yates amarrados en los puertos; y no se pueden realizar en efectivo transacciones superiores a 1.000 euros (1.268 dólares).
Pero ¿por qué deberían los cálculos presupuestarios de la UE dar tanta importancia a las cuentas nacionales, que son un conjunto de convenciones arbitrarias? Si, por ejemplo, se pagaran salarios por las tareas domésticas, el PIB aumentaría sin que se realizara más actividad. En un mundo racional, las contribuciones al presupuesto de la UE no se fijarían arbitrariamente, sino que se determinarían automáticamente, por ejemplo, como una proporción fija de los ingresos por el impuesto sobre el valor añadido (IVA). Bastaría con una parte relativamente pequeña, sin necesidad de nuevos cálculos periódicos.
Evaluar y luego volver a evaluar las cuotas de los miembros de la manera actual perjudica a la UE. Llevado a su extremo lógico, los países miembros exigirían nuevos cálculos que reflejaran las distintas formas en que miden los ingresos y la riqueza, enfrentando así a los posibles países beneficiarios con los contribuyentes. Una estructura fiscal de ese tipo ya ha amenazado con desintegrar Estados miembros: pensemos en Escocia o Cataluña.
Si se considera que la UE no es más que un cofre del tesoro que asigna recursos fiscales a sus miembros, está condenada al fracaso. A medida que aumentan los desafíos geopolíticos y Europa afronta su primera amenaza sistémica a la seguridad desde el final de la Guerra Fría, lo que está en juego no podría ser más importante. Europa no puede empantanarse en lo que debería ser un sencillo proceso burocrático. La UE debe poder explicar lo que realmente representa, y esos ideales deben reflejarse en acciones claras, previsibles y no arbitrarias.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autor: Harold James es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, profesor de Historia en el Instituto Universitario Europeo de Florencia e investigador sénior en el Center for International Governance Innovation.
Imagen: Las banderas de la Unión Europea y de otros países europeos ondean frente al edificio del Consejo Europeo, antes de una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, en Bruselas, el 16 de junio de 2005. REUTERS/Yves Herman


