Durante años, hemos utilizado el crecimiento de la capacidad de generación de energía y del consumo como medida del desarrollo en los países emergentes. Pero partiendo de la base de que lo que se mide es lo que se obtiene, esto sugiere un futuro de desarrollo dominado por la industria pesada y el consumo urbano, los principales consumidores de grandes cantidades de electricidad.
En muchos países en desarrollo, como los del África subsahariana, la necesidad es más básica. Con solo alrededor del 31 % de los hogares conectados a la red en entornos urbanos y apenas el 14 % en zonas rurales (IEA World Energy Outlook 2011), el problema no es la cantidad de electricidad, sino, en gran medida, el acceso a cualquier tipo de electricidad.
A nivel de consumidor, la electricidad, por sí misma, no es útil. Lo que importa es la capacidad de convertir la electricidad en un beneficio para el usuario final: la capacidad de mejorar la vida, fabricar productos, ganar dinero, ahorrar costes y reducir el impacto ambiental.
Entonces, ¿cómo vinculamos el uso de la electricidad con el beneficio final?
En 2000, el Dr. Alan Pasternak publicó un artículo titulado Global Energy Futures and Human Development: A Framework for Analysis , en el que comparó el consumo medio de energía per cápita con el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas para una amplia gama de países. Su conclusión fue que, al menos en los países en desarrollo, quienes tenían mayores niveles de consumo de electricidad por persona tenían también mayores niveles de desarrollo humano.
Pero con la llegada de Internet y de los dispositivos de estado sólido de bajo consumo, el vínculo entre el consumo de electricidad y el nivel de vida se ha vuelto mucho más confuso.
Tomemos como ejemplo una bombilla. Hoy en día existen las bombillas incandescentes estándar o sus equivalentes LED de bajo coste. Ambas ofrecen aproximadamente el mismo beneficio, pero la bombilla LED consume cuatro veces menos energía. ¿Significa esto que un hogar que utiliza iluminación LED está de alguna manera menos desarrollado que el que usa una tecnología más antigua?
De igual modo, el impacto de una cantidad determinada de electricidad varía enormemente según cómo se utilice. Al igual que en Internet, donde la misma cantidad de datos puede generar miles de tuits o una fracción de segundo de vídeo de alta calidad, la energía necesaria para hervir el agua de una taza de café podría alimentar una pequeña tableta de Internet durante 2 horas o proporcionar iluminación básica a una vivienda rural durante un día. Cuál de estas opciones es más valiosa depende totalmente del contexto. Si soy un habitante de una ciudad occidental, una taza de café me resulta más útil que añadir una cantidad fraccionaria de luz extra a mi casa. Si sigo leyendo a la luz de una vela (como todavía se ven obligados a hacer muchos millones de personas), está claro que el paso a la iluminación LED supera con creces la necesidad de tener un acceso cómodo a una taza de agua caliente.
En otras palabras, el beneficio de la electricidad depende del contexto en el que se utiliza, y son quienes menos consumen quienes obtienen la mayor ganancia con más energía. Sin embargo, estos usuarios apenas aparecen en las estadísticas de consumo de energía.
Esto plantea un problema desconcertante. Si el beneficio de la energía es subjetivo y depende del contexto, ¿cómo medimos una mejora? En lugar de fijarnos en los niveles absolutos de consumo, ¿no deberíamos centrarnos en el cambio que puede generar una mayor disponibilidad de energía?
Es hora de adoptar una visión centrada en el cliente. Dejemos de hablar solo de la cantidad de electricidad generada y hablemos, en cambio, de los resultados en toda una población: el acceso a capacidades básicas como la iluminación, los medios de comunicación, el entretenimiento, Internet, el acceso para fines productivos y el acceso para la comodidad, y sopesémoslos frente al coste de proporcionar cada uno. Con una medida de este tipo, desarrollemos los medios más adecuados para satisfacer la necesidad final.
En una ciudad, una central eléctrica y una red pueden ser la forma ideal de proporcionar un acceso abundante a la electricidad. Pero, ¿necesita un agricultor rural de África esperar a que llegue la red o será más eficaz un sistema solar doméstico autónomo? Y, dada la opción, ¿es mejor proporcionar más electricidad de bajo coste en una ciudad (con solo una mejora marginal de las condiciones de vida) o sistemas eléctricos mucho más pequeños en zonas rurales que, en términos relativos, pueden transformar las condiciones de vida de las personas?
En un mundo gobernado por los titulares, es fácil ver cómo una métrica sencilla, como la capacidad eléctrica, puede utilizarse como llamada de atención para el desarrollo. Pero es hora de ir más allá de la superficie y reconocer que una medida de este tipo es, en el mejor de los casos, imprecisa y, en el peor, engañosa. Es hora de crear métricas que nos ayuden a medir el beneficio de la energía y de pensar en formas creativas de proporcionar ese beneficio a quienes lo necesitan.
Simon Bransfield-Garth es director ejecutivo de Azuri Technologies y Technology Pioneer del Foro Económico Mundial. Participa en la Reunión Anual 2014 del Foro Económico Mundial en Davos-Klosters.
Imagen: Bombillas decoran un árbol en el centro de Malmö, el 29 de enero de 2011. REUTERS/Marcelo del Pozo

