En las últimas décadas, la globalización ha reducido la brecha de riqueza entre los países ricos y pobres, pero ha contribuido a una creciente crisis de desigualdad dentro de los países occidentales. Ha creado un mundo en el que tomamos café de Brasil, llevamos una camisa confeccionada en Camboya, miramos un teléfono fabricado en China y no nos parece nada extraordinario. Pero ¿está a punto de invertirse la apertura gradual de los mercados mundiales?
En Davos hubo un intenso debate sobre el futuro de la globalización y los méritos de un sistema que recibe ataques de populistas de todas las tendencias.
«Puede que hayamos llegado a un punto en el que la globalización esté llegando a su fin y el provincialismo y el nacionalismo estén imponiéndose», dijo Ray Dalio, fundador de la empresa de inversión Bridgewater Associates. Respondía a una pregunta sobre las consecuencias de las políticas económicas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. «Veremos más proteccionismo, quizá una reversión de la tendencia de los años noventa hacia los acuerdos comerciales y la globalización», afirmó.
Sin embargo, también hubo firmes llamamientos a favor de un futuro abierto. En su primera aparición en Davos, el presidente de China, Xi Jinping defendió los beneficios de la globalización económica y su capacidad para sacar a las personas de la pobreza.
«Es cierto que la globalización económica ha creado nuevos problemas. Pero eso no justifica descartarla por completo. Más bien, debemos adaptarnos a la globalización y orientarla, amortiguar sus efectos negativos y hacer llegar sus beneficios a todos los países y naciones», afirmó.
«Debemos comprometernos a desarrollar una economía mundial abierta», añadió. «Nadie saldrá vencedor de una guerra comercial».
Quizá sorprendentemente, sus palabras encontraron eco en uno de los asesores más cercanos de Donald Trump, Anthony Scaramucci, quien dirigirá la Oficina de Participación Pública de la Casa Blanca. Dijo:
«China y Estados Unidos tienen una causa común, y debemos mantener una sólida relación bilateral. No queremos una guerra comercial. Queremos un proceso de comercio libre y justo».
La importancia de los vínculos comerciales entre Estados Unidos y China, los dos países más ricos del mundo, quedó patente cuando Jack Ma, fundador del gigante chino de internet Alibaba, visitó las Trump Towers.
En su intervención en Davos, Ma dijo que Estados Unidos se había beneficiado enormemente de la globalización, pero había malgastado su riqueza.
Christine Lagarde, directora gerente del FMI, coincidió en que, para que la globalización sobreviviera, sus beneficios debían repartirse de forma más amplia. Recordó a los asistentes de Davos que había advertido en 2013 de que la desigualdad podía hacer descarrilar el proceso; sin embargo, sostuvo que la respuesta no debía ser volver atrás ni replegarse hacia dentro.
«Hay 3.600 millones de personas en todo el mundo que aspiran a tener mejores ingresos y comida en la mesa dos veces al día, o una vez al día. Dar la espalda a la globalización y a la ayuda al desarrollo es exactamente el enfoque equivocado. Decir que la globalización es mala porque destruye empleos es una simplificación excesiva de algo que requiere mucho más análisis y comprensión».

Esta opinión fue compartida por Henrique Meirelles, ministro de Hacienda de Brasil:
«En conjunto, la globalización está funcionando. Si se considera el mundo entero, el efecto neto es extremadamente positivo».
Para Pier Carlo Padoan, ministro de Economía y Finanzas de Italia, no se trataba de más o menos globalización, sino de una trayectoria distinta y menos previsible, ya que algunos países adoptaban el proteccionismo mientras otros avanzaban en la dirección opuesta y desregulaban sus mercados.
«No creo que estemos saliendo de la globalización; creo que estamos entrando en una nueva etapa de las relaciones internacionales, en la que las políticas nacionales determinarán cómo evoluciona la globalización».



