La reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos concluyó a finales de la semana pasada, justo cuando se inauguraba una nueva visión global en Estados Unidos. El contraste entre ambas fue marcado.
Davos suele ser objeto de críticas y burlas. Se lo presenta como una reunión opulenta donde las élites mundiales cierran acuerdos y ensalzan las virtudes del capitalismo y el libre comercio. El «hombre de Davos» predica la globalización mientras ignora los agravios de quienes más han sufrido sus consecuencias.
Como director ejecutivo de una organización mundial dedicada a abordar los desafíos más difíciles del mundo —los conflictos, la fragilidad, los refugiados y la pobreza extrema—, no me identifico con el hombre de Davos. Este no es el Davos que conozco.
A algunos quizá les suene cursi, pero el Davos que conozco se preocupa profundamente por la misión de su organizador, el Foro Económico Mundial: mejorar el estado del mundo. Pasé mi semana en Davos planificando cómo podemos erradicar hoy el hambre para 800 millones de personas y, después, alimentar de forma nutritiva a 8,5 millones de personas para 2030. Mi Davos ha puesto en marcha iniciativas concretas que han mejorado la vida de millones de pequeños agricultores.
Mi Davos se centró en ampliar el acceso a servicios financieros básicos para más de dos mil millones de personas que no pueden obtenerlos. Afrontó desafíos humanitarios, como la manera de atender las necesidades de más de 65 millones de refugiados o de impulsar una paz inclusiva en Siria. Mi Davos rindió homenaje al ganador del Premio Nobel de la Paz y presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y destacó cómo un liderazgo político ilustrado y la inversión privada pueden estabilizar economías frágiles y acelerar los esfuerzos de paz.
Es fácil criticar y parodiar Davos. Por supuesto, hay excesos y mucho discurso vacío. La diversidad, especialmente la de género, sigue siendo un problema real. Un poco más de humildad ayudaría. Pero, en el fondo, Davos cree que nuestras acciones de hoy deben tener en cuenta el mundo que queremos para nuestros hijos y los hijos de estos. Cree que los mayores desafíos mundiales solo pueden afrontarse reuniendo a todos para centrarse en soluciones: líderes de gobiernos, del sistema internacional, del mundo empresarial y de la sociedad civil; y, sobre todo, las propias voces de las personas más pobres y vulnerables.
Así que sí, Davos atrae a una élite, pero no es elitista. Sabe que no hay soluciones deslumbrantes ni remedios rápidos para los desafíos sin precedentes de hoy. Nos enfrentamos a un período de cambios increíblemente rápidos. La tecnología impulsará transformaciones y posibilidades casi inimaginables. Puede que las instituciones mundiales tradicionales se marchiten. Los sistemas políticos, sociales y ambientales pueden tambalearse. Los enfoques antiguos sencillamente ya no funcionan.
Así que, si como yo crees que estos desafíos exigen una responsabilidad compartida a escala mundial; si crees que un mundo conectado que comparte una responsabilidad mutua es mejor que uno hobbesiano, regido por el interés nacional y la lógica de «todos contra todos»; si crees en la dignidad de cada persona y en una red ininterrumpida de compasión que nos incluya a todos, entonces sí: Davos importa de verdad.
Quizá hoy más que nunca.



