Puede que los economistas no previeran la reacción contra la globalización, pero así podemos responder

An employee counts Euro notes at the Bank of Taiwan head office in Taipei May 10, 2010. Global policymakers unleashed an emergency rescue package worth about $1 trillion to stabilise world financial markets and prevent the Greek debt crisis from destroying the euro currency. REUTERS/Pichi Chuang (TAIWAN - Tags: BUSINESS) - RTR2DOS9
Economists did not see the 2008 financial crisis coming.Image: REUTERS/Pichi Chuang
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Los economistas no previmos la crisis financiera mundial de 2008.

Tampoco anticipamos ni predijimos la actual ola de oposición al comercio y a la inmigración y de populismo, ni siquiera advertimos a la gente sobre ella. ¡¿

Para ser justos, algunos economistas dieron la voz de alarma en el período previo a la crisis financiera. Y aun con la reacción actual, aunque quizá perdimos la oportunidad de predecirla, muchos habían advertido que estábamos subestimando los efectos del comercio mundial y que las tensiones distributivas —resultado del impacto desigual de la globalización, el cambio tecnológico y el envejecimiento en ciertos grupos— estaban aumentando.

Parece muy importante —sobre todo ante la retórica cada vez más encendida con que se describen algunas propuestas y decisiones de política— mantener la calma, analizar los datos con cuidado, seguir participando y apoyar reformas respaldadas por pruebas sólidas.

Como parte de este esfuerzo por seguir participando, celebramos una conferencia, junto con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y la Comisión Europea sobre el tema: «La clase media bajo presión y un nuevo contrato social». En el contexto de este foro surgieron preguntas importantes: ¿cuáles son las principales tensiones distributivas que afectan a la estabilidad del contrato social? ¿Qué factores podrían estar acentuando estas tensiones? ¿Qué respuestas de política deberían promoverse?

Está claro que no encontramos todas las respuestas, pero avanzamos mucho. En vez de resumir los numerosos e interesantes debates de la conferencia, quisiera destacar tres reflexiones que me llevé:

1. las políticas importan, y las políticas deficientes tienen consecuencias de gran alcance;

2. no debemos olvidar que, a escala mundial, la clase media ha disfrutado de un sólido crecimiento económico durante más de dos décadas; y

3. la economía no lo explica todo: otras disciplinas pueden contribuir a comprenderla. Tener presentes estos tres puntos me ha ayudado a juzgar nuestra profesión con menos dureza y, más importante aún, a ver el panorama general y ganar objetividad.

Empezaré analizando por qué importan las políticas (y retomaré las otras dos reflexiones en próximas publicaciones).

Las políticas son relevantes y, aunque puede ser difícil determinar la causalidad, probablemente estén detrás de algunos de los problemas distributivos que observamos hoy, así como de parte del progreso que ha logrado el mundo en su conjunto (hablaré más de esto en mi próxima publicación). Además, las políticas pueden ofrecer remedios potenciales o, al menos, soluciones parciales.

Pensemos, por ejemplo, en la globalización. Una buena forma de imaginarla es pensar en lo que Richard Freeman llamó la «gran duplicación» de la fuerza laboral. Hacia finales de la década de 1990, China, India y el bloque soviético se incorporaron a la economía mundial en un período muy breve y, como consecuencia, el mercado laboral mundial se duplicó, pasando de 1,46 mil millones de personas a 2,93 mil millones. Freeman dijo que este era «el mayor desafío [para Estados Unidos] desde la Gran Depresión» y sostuvo que, si ese país no se adaptaba bien, las décadas siguientes «agravarían las divisiones económicas y correrían el riesgo de volver a gran parte del país contra la globalización». Se refería a Estados Unidos, pero lo mismo puede decirse de otras economías occidentales.

¿Qué está detrás de la gran duplicación (o globalización)?

Las políticas.

Claramente, ellas pusieron en marcha el proceso: el bloque soviético se integró en los mercados mundiales poco después de la caída del Muro de Berlín, India desmanteló las barreras comerciales y se abrió a los flujos internacionales, y China avanzó en su integración al incorporarse a la Organización Mundial del Comercio en 2001.

Otro ejemplo es América Latina, una región que experimentó una marcada reducción de la desigualdad en la década de 2000 —un período en que la desigualdad se mantuvo estable o aumentó en la mayoría de las demás partes del mundo. Una vez más, las políticas —en particular, las políticas educativas y las transferencias monetarias condicionadas— allanaron el camino. Aunque aún queda mucho por hacer, la expansión de la educación contribuyó a reducir la prima por cualificación y, por tanto, la desigualdad.

Pensemos también en la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA), donde tuvo lugar la Primavera Árabe. La desigualdad no había aumentado antes de 2010, pero la gente percibía que carecía de oportunidades y que ni siquiera una educación superior abría las puertas a empleos estables y de calidad. Como explicó Elena Ianchovichina en la conferencia, los grandes subsidios energéticos distorsionadores, junto con la protección de ciertas industrias, frenaron el crecimiento y generaron una situación insostenible que desembocó en las revueltas.

La historia no necesariamente se repite, pero las políticas, sin duda, también importarán en el futuro. En vez de revertir las políticas que funcionaron bien en el pasado, deberíamos complementarlas con nuevas intervenciones. Jean-Ives Duclos, ministro canadiense de Familias, Infancia y Desarrollo Social, inauguró la conferencia con una inspiradora presentación en la que mostró lo que está haciendo su departamento para poner en práctica un «nuevo y ambicioso plan para una clase media sólida y en crecimiento». En pocas palabras, Canadá está implantando un sistema tributario más progresivo, introduciendo un ingreso básico universal y haciendo que las pensiones sean más beneficiosas para las familias de bajos ingresos.

El ministro también señaló que, al hablar de justicia, los economistas tienden a centrarse en los resultados en vez de en los procesos. La ciudadanía quiere que se la escuche, participar en el proceso de toma de decisiones e intervenir en su implementación. Hacer que el proceso sea inclusivo, argumentó, es clave para lograr un crecimiento más equitativo.

Las conclusiones de Francois Bourguignon y Mark Fleurbaey, en el segundo día de la conferencia, se hicieron eco de este debate: el acceso equitativo a oportunidades para generar ingresos y el papel de las instituciones públicas en reducir el riesgo para todos deberían ser prioridades fundamentales de un nuevo contrato social.

Al mirar al pasado, vemos que las políticas importan. Las intervenciones deficientes tuvieron consecuencias de gran alcance, mientras que las reformas equilibradas y bien implementadas pueden marcar una diferencia, sacar a la gente de la pobreza y mejorar el bienestar de muchas personas. No será fácil contrarrestar el juicio apresurado de los populistas, que tildan de errores las políticas del pasado y prometen soluciones fáciles; pero, como economistas, debemos advertir sobre las falacias y contribuir a explorar y poner a prueba soluciones.

La próxima semana hablaré de mi segunda reflexión: la perspectiva mundial sobre la clase media.

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