¿Deberíamos restringir las noticias falsas y otras expresiones políticas diseñadas para crear discordia y socavar las instituciones democráticas? ¿Deberíamos imponer un impuesto a los refrescos para combatir el problema de la obesidad? ¿Deberíamos limitar la capacidad de los padres para transmitir su riqueza a sus hijos con el fin de nivelar las condiciones y garantizar la igualdad de oportunidades para todos?
Todas estas preguntas proponen limitar de algún modo la libertad para lograr consecuencias deseables. Algunas enfrentan un aspecto de la libertad (la libertad de expresión, la libertad de transferir riqueza) con otro (la democracia, la igualdad de oportunidades).
Si tomamos como ejemplo la expresión política, un argumento contra la restricción incluso de los discursos nocivos es que no se puede confiar en que nadie trace la frontera entre las expresiones aceptables e inaceptables. Si se otorgara este poder al Gobierno, este podría acabar utilizándolo para silenciar a sus adversarios. Es un buen argumento, pero es importante ir un paso más allá y pensar por qué sería malo que un Gobierno silenciara a sus adversarios.
¿Por qué es importante, en primer lugar, la libertad de expresión? Una razón es que un mercado libre de ideas conduce a la verdad, algo esencial para elegir políticas acertadas. Esta es una justificación instrumental de esta libertad en función de otros tipos de bienes (por ejemplo, las políticas acertadas y los beneficios que producen). Si se piensa exclusivamente en términos instrumentales, la cuestión de dónde trazar el límite de las expresiones permitidas consiste simplemente en sopesar los efectos positivos de la expresión en las políticas y los descubrimientos, por ejemplo, frente a sus efectos negativos, teniendo en cuenta la dificultad de vigilar ese límite.
Pero la justificación instrumental es incompleta: poder expresar libremente las propias opiniones forma parte de lo que hace posible una buena vida y una buena sociedad. La libertad de expresión es uno de los fines que deberíamos perseguir. La libertad también tiene un valor inherente, al margen de sus demás consecuencias.
Al evaluar las numerosas políticas que afectan a la libertad, deberían considerarse tanto los costes y beneficios instrumentales como los inherentes a la libertad. Al analizar sus costes, es importante tener en cuenta que las libertades pueden entrar en conflicto. La libertad de expresión puede utilizarse para persuadir a la gente de que restrinja otras libertades. Si tengo libertad para favorecer a mi hijo, eso podría limitar las oportunidades de los tuyos. En general, el disfrute de la libertad no es un juego de suma cero, pero tampoco es una situación en la que todos ganan sin excepción. No todos pueden tomar la misma decisión: si la tomo yo, tú no puedes hacerlo. Tal vez podamos compartir la decisión, por ejemplo, mediante el voto, pero entonces tengo menos control que si la decisión dependiera únicamente de mí. En ciertos aspectos, la libertad es escasa. En otros, quizá tengamos oportunidades de ampliarla para todos.
Los economistas, tanto de derecha como de izquierda, llevan mucho tiempo interesados en la libertad, y esta forma parte del discurso económico, pero no forma parte del aparato matemático formal de la economía dominante. Amartya Sen y otros teóricos de la elección social han realizado importantes contribuciones formales, pero este trabajo no forma parte del plan de estudios de economía dominante que cursa la mayoría de los estudiantes. Por tanto, aún queda trabajo por hacer.
La libertad puede parecer un concepto impreciso sobre el que resulta difícil razonar. En lo que queda de este artículo, ofreceré al lector una idea del estilo de razonamiento que se formaliza en mi artículo reciente y en trabajos relacionados.
Como he dicho, la libertad es escasa. Para verlo, pensemos en unas elecciones. Los votantes son Ann, Bob y Carol, y los candidatos son Clinton y Trump. No todos pueden controlar el resultado, así que ¿cómo debería repartirse el control? Podemos celebrar las elecciones mediante votación por mayoría o mediante dictadura aleatoria. La dictadura aleatoria es un método de votación en el que cada votante es elegido dictador con la misma probabilidad, y quien resulta elegido puede escoger al ganador. ¿Cuál de estos dos métodos maximiza el control colectivo de los ciudadanos sobre el resultado?
Consideremos la cuestión desde el punto de vista de Ann. Supongamos que Bob y Carol votan de manera independiente y que cada uno tiene la misma probabilidad de preferir a Clinton o a Trump. Con la dictadura aleatoria, el voto de Ann decide el resultado cuando ella es elegida dictadora, lo que ocurre 1/3 del tiempo. Con la votación por mayoría, el voto de Ann decide el resultado cuando Bob y Carol discrepan, lo que ocurre 1/2 del tiempo. Así pues, si medimos el control según la probabilidad de que el voto de una persona sea decisivo —una medida conocida como poder de Banzhaf*—, Ann tiene más poder con la votación por mayoría, y lo mismo ocurre con Bob y Carol.
Quisiera subrayar que esta forma de pensar no se limita a las elecciones. Siempre que un grupo de personas, grande o pequeño, debe compartir el control, podemos pensar en cómo repartirlo de manera eficiente y equitativa.
Consideremos otro tipo de ejemplo. Supongamos que Joe lleva 30 años siendo propietario de su casa. Una promotora le ofrece 300.000 dólares por su propiedad para construir un centro comercial. Joe acepta. Imaginemos ahora, en cambio, que expulsan a Joe por la fuerza de su propiedad para construir el centro comercial. Le entregan 300.000 dólares como indemnización. ¿Equivale la segunda situación a la primera?
En cuanto a los resultados, las situaciones son equivalentes. En ambos casos, la promotora paga 300.000 dólares, Joe recibe 300.000 dólares, derriban la casa de Joe y construyen el centro comercial. Pero no son equivalentes en todos los aspectos. En la primera situación, Joe tiene un control del que carece en la segunda. Puede decir que no. El derecho a decir que no, incluso ante una oferta que uno aceptaría, tiene valor.
Quizá Joe estaría dispuesto en secreto a aceptar 300.000 dólares por su propiedad, pero durante las negociaciones finge que la valora más para conseguir un precio superior. Esa simulación impide un intercambio mutuamente beneficioso. Al pensar si esto justificaría la confiscación de la propiedad de Joe, no deberíamos considerar únicamente si la propiedad vale más en manos de Joe o de la promotora, sino también qué tipo de derechos debería tener Joe sobre su propiedad, en este caso, su hogar.
La economía se centra en asignar los bienes a quienes más los valoran y evalúa las políticas según el grado en que satisfacen las preferencias de las personas. Estas consideraciones son importantes, pero no lo explican todo. Nuestras vidas no tienen valor únicamente en la medida en que seamos felices o no, o en que consigamos lo que queremos; también lo tienen en la medida en que somos agentes creativos que decidimos libremente qué hacer. Las cuestiones sobre cómo asignar derechos y libertades están a la par de las cuestiones sobre el grado en que se satisfacen los deseos de las personas. Las cuestiones de política pública son inevitablemente cuestiones de ética práctica y, para que la economía aborde la ética práctica, debe emplear un vocabulario ético amplio que incluya no solo la satisfacción de las preferencias y el bienestar, sino también la equidad y la libertad de elección.




