¿Entramos en una nueva era de inseguridad?

¿Entramos en una nueva era de inseguridad?
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El verano suele ser un momento para tomarse un respiro de los riesgos y las preocupaciones de la vida cotidiana y, quizá, para hacer balance de dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. Pero cada vez resulta más difícil, porque nuestra vida cotidiana se está volviendo mucho más arriesgada y preocupante.

Gran parte del debate posterior a la crisis financiera de 2008 se centró en diversos desequilibrios económicos que amenazaban o frenaban el crecimiento. Estos problemas no han desaparecido. El sorprendentemente débil desempeño de la economía estadounidense en el primer trimestre, por ejemplo, ha dejado a los analistas confundidos e inseguros sobre su trayectoria.

Pero, en medida creciente, la inseguridad política, los posibles conflictos y el deterioro de las relaciones internacionales suponen una amenaza mayor para el progreso económico que la que preveía el debate posterior a la crisis.

Asia, un punto brillante en términos de crecimiento en los años posteriores a la crisis, experimenta ahora tensiones crecientes que ponen en peligro el comercio y el crecimiento regionales. La recuperación algo frágil de Japón podría verse truncada por una escalada de su conflicto territorial con China, que es a la vez un mercado importante para los bienes japoneses y está profundamente integrado en las cadenas de suministro de las empresas japonesas.

Si bien las disputas territoriales suelen ser históricamente y políticamente importantes, su importancia económica suele ser menor, incluso mínima, a menos que se permita que tensiones como las de los mares de China Oriental y Meridional se descontrolen. El papel ambiguo de Estados Unidos en la seguridad asiática, debido a su interés en apoyar a sus aliados regionales sin antagonizar a China, contribuye a la incertidumbre.

Al margen de su minueto estratégico en Asia, China y Estados Unidos libran una batalla en materia de ciberseguridad que ya empieza a afectar a los flujos de bienes, inversiones y tecnología. En ambos bandos, los compromisos declarados de resolver el problema de forma cooperativa no han producido resultados significativos. Y las disputas sobre la vigilancia electrónica han provocado tensiones entre Estados Unidos y Europa.

Mientras tanto, Oriente Medio ha entrado en un período de extrema inestabilidad que sin duda tendrá efectos económicos negativos tanto a nivel regional como global. Y la pugna entre Rusia y Occidente por Ucrania y otros antiguos satélites soviéticos afectará negativamente a la estabilidad regional europea, a la seguridad energética y al crecimiento económico.

El derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines sobre el este de Ucrania y, más recientemente, la suspensión de los vuelos comerciales a Tel Aviv añaden una nueva dimensión de incertidumbre. Cuando el tráfico aéreo civil ya no está a salvo de ataques, cabe preguntarse legítimamente por la eficacia de los sistemas básicos de gobernanza que sustentan el comercio mundial.

De hecho, la Organización Mundial del Comercio vuelve a estar en peligro, pues el Gobierno indio amenaza con vetar el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio alcanzado en Bali el año pasado, debido a desacuerdos sobre la acumulación de alimentos y las subvenciones. Una pérdida de confianza en la OMC sería un golpe importante para una institución que desempeña un papel vital en la garantía de la cooperación y la regulación internacionales.

La economía mundial es un espacio mucho más interconectado que hace 40 años. Los flujos transfronterizos de bienes, información, personas y capital, que son su savia vital, dependen de un nivel umbral de seguridad, estabilidad y previsibilidad. Es este umbral el que parece estar amenazado. El progreso económico sostenido en el mundo en desarrollo y la recuperación de los países desarrollados requieren evitar que los conflictos locales y regionales provoquen grandes conmociones sistémicas.

En cuanto a las prioridades, es posiblemente más importante que los gobiernos del G-20 refuercen los sistemas básicos que permiten los flujos globales que abordar cuestiones estrictamente económicas. Además, existe un interés claro y compartido en hacerlo: nadie se beneficia de la expansión del riesgo sistémico.

La falta de contención del impacto de los conflictos regionales y las fricciones bilaterales podría dar lugar a algo más que shocks de oferta en ámbitos como la energía. El efecto principal probablemente sea una serie de shocks negativos de demanda: inversores que se retiran, viajeros que se quedan en casa y consumidores que cierran el monedero. En una economía global en la que la demanda agregada es un factor clave que limita el crecimiento, eso es lo último que necesita el sistema.

Hemos llegado casi al límite de lo que podemos hacer con un sistema global que, en el mejor de los casos, está parcialmente gobernado y regulado. A medida que el orden mundial definido por la Guerra Fría (y, después, por el breve predominio de Estados Unidos) queda atrás, debe desarrollarse un nuevo conjunto de instituciones y acuerdos para proteger la estabilidad básica del sistema.

Es más fácil decirlo que hacerlo. Pero el punto de partida es reconocer el daño generalizado a las perspectivas de la economía mundial que implica no abordar el problema. La regulación ineficaz en ámbitos como la seguridad alimentaria, las enfermedades infecciosas, la ciberseguridad, los mercados energéticos y la seguridad aérea, combinada con la incapacidad para gestionar las tensiones y los conflictos regionales, socavará los flujos globales y reducirá la prosperidad en todas partes.

En cierto modo, el entorno global actual es un caso clásico de externalidades negativas. Los costes localizados del comportamiento subóptimo, los que cabría esperar que se internalizaran, se quedan muy por debajo de los costes globales totales.

Varias cuestiones de carácter más estrictamente económico, por ejemplo, patrones de crecimiento defectuosos, infrainversión en activos tangibles e intangibles, y la ausencia de reformas destinadas a aumentar la flexibilidad estructural, siguen siendo motivo de preocupación, porque sustentan un crecimiento insuficiente.

Pero, en este momento de la historia, las principales amenazas para la prosperidad, las que requieren con urgencia la atención de los líderes mundiales y una cooperación internacional eficaz, son los enormes efectos negativos de desbordamiento, no contenidos, de las tensiones regionales, los conflictos y las pretensiones contrapuestas sobre esferas de influencia. El obstáculo más poderoso para el crecimiento y la recuperación no es este o aquel desequilibrio económico; es la pérdida de confianza en los sistemas que hicieron posible la creciente interdependencia mundial.

Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Autor: Michael Spence, premio Nobel de Economía, es catedrático de Economía en la Escuela de Negocios Stern de la NYU y miembro distinguido visitante del Council on Foreign Relations. Espresidente del Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial sobre Nuevos Modelos de Crecimiento.

Imagen: Un agente de la policía fronteriza. REUTERS/Stoyan Neno

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