Los principales bancos centrales del mundo están actualmente obsesionados con el objetivo de elevar sus tasas nacionales de inflación hasta su meta común de alrededor del 2% anual. Esto es así en Estados Unidos, donde la tasa de inflación anual fue del -0,1% en los últimos 12 meses; en el Reino Unido, donde los datos más recientes muestran un crecimiento de los precios del 0,3%; y en la eurozona, donde los precios al consumidor cayeron un 0,6%. Pero ¿es esto un problema real?
El pronunciado descenso de los precios de la energía es la razón principal de la reciente caída de la tasa de inflación. En Estados Unidos, la tasa de inflación subyacente (que excluye las variaciones de los volátiles precios de la energía y los alimentos) fue del 1,6% en los últimos 12 meses. Además, la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo entienden que, aunque los precios de la energía no suban el próximo año, la estabilidad del nivel de precios del petróleo y otras formas de energía hará que aumente la tasa de inflación.
En Estados Unidos, la tasa de inflación también se ha visto contenida por la apreciación del dólar frente al euro y otras monedas, que ha provocado una caída de los precios de las importaciones. Esto también es un «efecto de nivel», lo que implica que la tasa de inflación aumentará cuando el tipo de cambio del dólar deje de apreciarse.
Sin embargo, pese a entenderlo, los principales bancos centrales siguen manteniendo tasas de interés extremadamente bajas como medio para aumentar la demanda y, con ella, la tasa de inflación. Lo hacen prometiendo mantener bajas las tasas a corto plazo; conservando grandes carteras de bonos públicos y privados; y, en Europa y Japón, continuando con las compras de activos a gran escala.
Los banqueros centrales justifican su preocupación por la baja inflación alegando que un shock negativo de demanda podría llevar a sus economías a un período de deflación prolongada, en el que el nivel general de precios disminuye año tras año. Esto tendría dos efectos adversos sobre la demanda agregada y el empleo. Primero, la caída del nivel de precios aumentaría el valor real de las deudas que deben los hogares y las empresas, empobreciéndolos y reduciendo su disposición a gastar. Segundo, una inflación negativa significa que las tasas de interés reales aumentan, porque los bancos centrales no pueden reducir la tasa de interés nominal por debajo de cero. A su vez, unas tasas de interés reales más altas deprimen la inversión empresarial y la construcción residencial.
En teoría, al deprimir la demanda agregada, la combinación de un mayor endeudamiento real y unas tasas de interés reales más altas podría provocar nuevas caídas de precios y, con ello, tasas de inflación negativas aún mayores. Como resultado, la tasa de interés real aumentaría aún más, empujando a la economía más profundamente a una espiral descendente de precios y demanda en caída.
Afortunadamente, tenemos relativamente poca experiencia con la deflación para poner a prueba la teoría de la espiral descendente. El ejemplo de economía deflacionaria más citado es Japón. Pero Japón ha experimentado una baja tasa de inflación y algunos períodos breves y sostenidos de deflación sin que jamás se produjera una espiral descendente de los precios. La tasa de inflación de Japón cayó de casi el 8% en 1980 a cero en 1987. Luego se mantuvo por encima de cero hasta 1995; después permaneció baja, pero por encima de cero, hasta 1999; y luego fluctuó entre cero y el -1,7% hasta 2012.
Además, la baja inflación y los períodos de deflación no impidieron que aumentaran los ingresos reales en Japón. De 1999 a 2013, el PIB real per cápita creció a una tasa anual de alrededor del 1% (lo que reflejó un aumento más modesto del PIB real y una disminución efectiva de la población).
¿Por qué, entonces, tantos banqueros centrales están tan preocupados por las bajas tasas de inflación?
Una posible explicación es que les preocupa la pérdida de credibilidad que supone fijar una meta de inflación del 2% y luego no acercarse a ella año tras año. Otra posibilidad es que los principales bancos centrales del mundo estén más preocupados, en realidad, por el crecimiento real y el empleo, y estén usando las bajas tasas de inflación como excusa para mantener condiciones monetarias excepcionalmente generosas. Una tercera explicación es que los banqueros centrales quieren mantener bajas las tasas de interés para reducir el costo presupuestario de las grandes deudas públicas.
Nada de esto importaría si no fuera porque las tasas de interés extremadamente bajas han alentado una mayor toma de riesgos por parte de los prestatarios y de los prestamistas ávidos de rendimiento. El resultado ha sido una valoración muy errónea de los activos financieros. Y esto ha creado un riesgo creciente de efectos adversos graves en la economía real cuando se normalice la política monetaria y se corrijan los precios de los activos.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Martin Feldstein es profesor de Economía en la Universidad de Harvard y presidente emérito de la Oficina Nacional de Investigación Económica.
Imagen: El edificio de la Junta de la Reserva Federal de Estados Unidos aparece detrás de barreras de seguridad. REUTERS/Gary Cameron

