“Apuesto a que en los próximos 10 años Italia volverá a ser el [líder económico] de Europa, la locomotora de Europa.” Al leer estas palabras en la revista TIME a finales de abril de 2014, muchos debieron de pensar que el entonces recién nombrado primer ministro de Italia, Matteo Renzi, era, en el mejor de los casos, un joven iluso y, en el peor, un deslumbrante propagandista.
El escepticismo distaba mucho de estar justificado en un país que, en las últimas décadas, se había mostrado reiteradamente imposible de reformar y que, como consecuencia, es, junto con Grecia, el único Estado miembro de la UE en el que el PIB real se encuentra actualmente por debajo de su nivel de 2000.
Sin embargo, un año y medio después, la visión optimista del primer ministro sobre Italia empieza a dejar de parecer un escenario completamente descabellado para convertirse, más bien, en una posibilidad. Las reformas importantes puestas en marcha durante los últimos meses, junto con una coincidencia de factores externos especialmente favorables, hacen que Italia pueda, efectivamente, convertirse en la economía grande de la zona euro con mayor crecimiento en un futuro no muy lejano.
Figura 1. PIB real (2000=100)
Fuente: Eurostat
A pesar de contar con una mayoría mínima en el Parlamento, Renzi ha logrado asegurar la aprobación de reformas que tienen el potencial de reestructurar profundamente la economía italiana.
Una liberalización sustancial del mercado laboral – plasmada en la denominada «Jobs Act» – podría elevar la alarmantemente baja tasa de empleo de Italia en hasta 10 puntos porcentuales a largo plazo, según una encuesta a líderes empresariales que asisten al Forum Ambrosetti, y revertir el descenso de la productividad laboral observado durante los años 2000.
Figura 2. Tasa de empleo (de 15 a 64 años)
Fuente: Eurostat
Con una votación final en el Senado a principios de agosto, se han sentado las bases para una profunda reorganización de la administración pública. Concebida para simplificar el enrevesado aparato burocrático que durante mucho tiempo ha asfixiado la economía italiana, la reforma de la administración pública también pretende promover la transparencia y unas líneas de responsabilidad más claras. Los casos de éxito del pasado demuestran que precisamente estos son los principios en los que se basa una estrategia anticorrupción eficaz, en un país donde el problema se ha vuelto preocupantemente generalizado.
La última gran incorporación a la lista de reformas de Renzi es un acuerdo para reformar la estructura institucional italiana que, según los planes del primer ministro, convertirá el Senado en una cámara regional con poca influencia en las cuestiones legislativas nacionales. Combinada con la reforma electoral –la denominada Italicum– aprobada en mayo, la reforma constitucional tiene el potencial de garantizar la estabilidad política de un país en el que la duración media de un gobierno en la era posbélica ha sido de 12 meses.
La balanza se ha inclinado a favor de la profecía de Renzi también debido a un conjunto de condiciones externas particularmente favorables. El programa de compra de activos (QE) del BCE ha tenido más éxito en Italia que en otros lugares a la hora de reactivar los canales de crédito bancario, mientras que la combinación de precios bajos del petróleo y un euro débil ha reforzado la demanda interna y externa del país. Por último, la compresión de los rendimientos de los bonos soberanos derivada de las acciones del BCE ha dado a Italia más margen fiscal: un instrumento que el Gobierno de Renzi parece dispuesto a utilizar al máximo.
Todo lo anterior sugiere que, efectivamente, Italia podría convertirse en la economía grande de la zona euro con mayor crecimiento en los próximos años. Sin embargo, este escenario ha pasado simplemente de ser una ilusión a una eventualidad, sin que todavía represente en absoluto el escenario de referencia.
Si bien las reformas puestas en marcha hasta ahora representan hitos importantes que podrían ayudar a transformar la recuperación de cíclica en estructural, su éxito dependerá de una aplicación efectiva. El marco general de la reforma de la administración pública ha sido, en efecto, aprobado por el Parlamento, pero requerirá hasta 20 decretos ejecutivos para completarse. Como de costumbre, el diablo estará en los detalles. De manera similar, se alcanzó un acuerdo sobre el texto de la reforma constitucional, pero este todavía requerirá una revisión final en el Parlamento y, muy probablemente, su aprobación oficial mediante un referéndum a finales de 2016.
En términos generales, la agenda de reformas de Italia está lejos de completarse, con importantes medidas aún necesarias para acortar la duración de los procedimientos judiciales, simplificar el actual sistema fiscal laberíntico, acercar la negociación salarial al nivel de empresa y reestructurar el sector bancario, por citar solo algunas prioridades.
Además, las vulnerabilidades de larga data de Italia, como su enorme deuda pública –la segunda solo por detrás de la de Grecia en términos de PIB– y su elevada dependencia de las importaciones de energía, implican que un shock macroeconómico, ya sea en forma de renovadas turbulencias en los mercados financieros o de precios del petróleo más altos, podría descarrilar fácilmente la recuperación.
Los desafíos a los que se enfrenta Italia son formidables, pero un plan de reformas igualmente formidable y de gran alcance puede lograr devolver finalmente al país a un crecimiento sostenido tras décadas de estancamiento. A medida que la recuperación cobra impulso y las reformas empiezan a dar frutos en los próximos meses, no se permitirá dormirse en los laureles si Renzi pretende ganar su apuesta.
Este artículo fue publicado originalmente por Bruegel, el think tank con sede en Bruselas. Puede leer el artículo en su sitio web aquí. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial. Para estar al día de la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Alessio Terzi es investigador afiliado de Bruegel.
Imagen: Un hombre habla por teléfono en el centro de Milán. REUTERS/ Stefano Rellandini.




