Aunque la tasa de desempleo y las solicitudes de prestaciones por desempleo son actualmente más bajas que en cualquier momento desde 1969, la economía estadounidense sigue afrontando desafíos en el mercado laboral que no se pueden ignorar. Uno destaca especialmente: el descenso a largo plazo de la tasa de participación en la fuerza laboral de Estados Unidos (TPFL), un factor clave para el crecimiento futuro.
A finales de la década de 1960, el 97% de los hombres en edad laboral óptima (25-54 años) participaba en la fuerza laboral, pero en 2018 su participación había caído al 89%, debido al descenso de la participación laboral de los hombres sin estudios universitarios. De manera similar, tras aumentar de forma constante, la tasa de participación de las mujeres en edad laboral óptima alcanzó un máximo del 77% en 1997, se estancó hasta 2000, cayó durante la Gran Recesión, se recuperó algo después de 2015 y se situó en el 75% en 2018.
Las tendencias en Estados Unidos difieren de las de otras economías industriales avanzadas. Por ejemplo, si se considera un grupo de edad más amplio (15-64 años), la TPFL masculina se estabilizó en Canadá y el Reino Unido tras caer entre 1990 y 2000, mientras que siguió disminuyendo en Estados Unidos. En 2018, la tasa estadounidense era del 78%, frente al 82% tanto en Canadá como en el Reino Unido. Las tendencias de la TPFL femenina también variaron entre países. Con esta medida más amplia (15-64 años), la tasa de participación femenina en Estados Unidos alcanzó un máximo del 70% en 1997 y cayó al 67% en 2018. En marcado contraste, las tasas femeninas de Canadá y el Reino Unido aumentaron gradualmente desde la década de 1990, hasta alcanzar máximos del 75% en Canadá y del 73% en el Reino Unido en 2018.
El descenso de la participación en la fuerza laboral no se distribuye por igual entre la población activa de Estados Unidos. Varía no solo según el género y la edad, sino también según la educación y la geografía, y refleja diversos factores, como las condiciones macroeconómicas, la automatización, el encarcelamiento y la adicción a los opioides. Por ejemplo, según la OCDE, la adicción a los opioides es un factor que explica el descenso de la participación laboral masculina en Estados Unidos. De hecho, investigaciones recientes indican que el aumento de las tasas de prescripción de opioides entre 1999 y 2015 podría explicar hasta un 43% del descenso de la TPFL de los hombres en edad laboral óptima.
El desafío de la oferta laboral en Estados Unidos se complica aún más por las diferencias entre las zonas rurales y urbanas. Al albergar grandes empleadores institucionales, las ciudades suelen tener menos desempleo, un mayor crecimiento demográfico (sobre todo entre las cohortes más jóvenes) y una fuerza laboral con más educación. En cambio, en muchos pueblos pequeños y zonas rurales la población está envejeciendo, y en más de la mitad de todos los condados de Estados Unidos la población está disminuyendo.
Entre 1963 y 2017, la proporción de trabajadores estadounidenses con un título universitario o de posgrado aumentó del 12% al 39%, mientras que la proporción de quienes tenían como máximo un diploma de secundaria cayó del 75% al 33%. Sin embargo, este último grupo registra tasas de desempleo más altas, una TPFL más baja y menores ingresos que quienes tienen más estudios. Aunque la brecha entre zonas rurales y urbanas en la tasa de finalización de la secundaria se ha reducido, la brecha en la tasa de finalización de estudios universitarios está creciendo. Además, tanto en las tasas de graduación de secundaria como en las universitarias, los estudiantes latinos, afroamericanos, indígenas estadounidenses y nativos de Alaska están muy rezagados respecto de los estudiantes asiáticos y blancos.
Ante estas diferencias demográficas, el Banco de la Reserva Federal de Richmond estima que, si se centrara en las mujeres, los trabajadores sin estudios universitarios y los estadounidenses de zonas rurales, Estados Unidos podría sumar más de 18 millones de personas a la fuerza laboral. Por ejemplo, si Estados Unidos elevara su TPFL femenina hasta igualar la de Canadá —donde las licencias parentales remuneradas, el cuidado infantil asequible y los beneficios y créditos fiscales para padres y cuidadores facilitan a las mujeres trabajar a tiempo completo—, la oferta laboral estadounidense contaría con 5,2 millones de trabajadores adicionales.
Asimismo, cerrar las brechas educativas podría sumar otros diez millones de personas a la oferta laboral estadounidense. La tasa de desempleo de quienes se graduaron de la secundaria es casi el doble que la de quienes se graduaron de la universidad. Sin embargo, para 2025, dos tercios de todos los empleos exigirán estudios posteriores a la secundaria. Y, según el Centro de Educación y Fuerza Laboral de la Universidad de Georgetown, Estados Unidos ya afrontará el próximo año una escasez de cinco millones de trabajadores cualificados.
Por último, si la proporción de personas empleadas respecto de la población en edad laboral óptima de los condados rurales alcanzara la de las grandes áreas metropolitanas, Estados Unidos podría sumar 3,5 millones de personas a la oferta laboral. Para ello será necesario ampliar el acceso a la conexión de banda ancha y a una educación asequible basada en la tecnología, así como ofrecer más oportunidades de desarrollo profesional. Una propuesta que merece consideración es utilizar créditos fiscales y otros incentivos para atraer a emprendedores y empresas a las zonas rurales.
Pero aumentar la TPFL solo permitirá llegar hasta cierto punto. Puede que al presidente Donald Trump no le guste, pero Estados Unidos necesitará más inmigración legal. No se puede subestimar el papel crucial que desempeñarán los inmigrantes en el crecimiento futuro de Estados Unidos. En el ejercicio fiscal 2017-2018, el 10% de los condados estadounidenses que experimentaron un crecimiento demográfico lo hicieron gracias a la inmigración.
Otro requisito para satisfacer las futuras necesidades del mercado laboral es el reciclaje profesional. A medida que la automatización se convierte en un elemento cada vez más importante del crecimiento económico, los trabajadores que desempeñan tareas manuales y cognitivas rutinarias serán más vulnerables al desplazamiento laboral. Se necesitarán nuevos programas de seguro social para ayudarles a adquirir nuevas competencias, y las prestaciones actuales deberían ser transferibles para que acompañen a los trabajadores de un empleo a otro. Un buen modelo es el programa SkillsFuture de Singapur, que ofrece a cada ciudadano acceso a programas personalizados de reciclaje profesional y aumenta los créditos fiscales y otras prestaciones a medida que los trabajadores envejecen.
En Estados Unidos, los responsables políticos de todos los niveles pueden ayudar tanto a los trabajadores como a las empresas mediante créditos fiscales para las inversiones en formación de empleados, la ampliación de los programas de aprendizaje y el apoyo a programas innovadores de desarrollo profesional y formación. Es preciso dotar a los trabajadores actuales y futuros de los medios para obtener las credenciales y la experiencia laboral que necesitan en un entorno profesional que cambia rápidamente.
En California, por ejemplo, el gobernador Gavin Newsom (a quien asesora Lenny Mendonca) está elaborando una estrategia integral para mejorar las competencias de la diversa fuerza laboral del estado. La administración prevé un sistema educativo que acompañe a las personas desde la infancia hasta su incorporación al mundo laboral, que ofrecerá dos años de estudios gratuitos en centros universitarios comunitarios y 500.000 programas de aprendizaje remunerado mientras se estudia para 2029. Newsom también tiene previsto convocar una nueva comisión sobre el futuro del trabajo, en la que representantes del Gobierno, los trabajadores y las empresas estudiarán soluciones a los desafíos de la oferta laboral mencionados anteriormente.
La cuestión no es solo «el futuro del trabajo», sino también el futuro de las personas y sus medios de vida. Desarrollar las competencias que requiere el mercado laboral del siglo XXI es la forma más eficaz de impulsar el crecimiento, abordar las desigualdades y generar una prosperidad cuantificable para todos.
