Las métricas tradicionales de crecimiento, como el producto interno bruto, no logran captar otras dimensiones del progreso económico, como la inclusión, la sostenibilidad y la resiliencia.
Los desafíos que plantean el cambio climático, la disrupción tecnológica y la interconexión global exigen abandonar la mentalidad de «crecer a cualquier costo».
Este artículo se publicó por primera vez en Foreign Affairs Magazine, léalo aquí.
Como mostró la elección presidencial estadounidense de 2024, el sentimiento público sobre las perspectivas económicas influye significativamente en el comportamiento electoral. En este momento, esas perspectivas parecen sombrías en todo el mundo.
El Fondo Monetario Internacional ha proyectado que el crecimiento económico mundial anual promediará alrededor del 3% durante los próximos cinco años, la perspectiva a mediano plazo más débil en décadas. El panorama es más sombrío para los países con economías avanzadas, donde se prevé que las tasas de crecimiento se mantengan estancadas.
El crecimiento económico sigue siendo la vía más confiable para elevar los niveles de vida y es esencial para avanzar en casi cualquier otra agenda de políticas. En un entorno de bajo crecimiento, los ingresos de los hogares se ven sometidos a una presión creciente, ya que los bienes esenciales se vuelven menos asequibles.
Las empresas tienen dificultades para encontrar demanda para sus productos y servicios. Los responsables de políticas enfrentan cada vez más disyuntivas de suma cero entre prioridades en competencia.
En los países con economías emergentes y en desarrollo, el lento crecimiento amenaza con retrasar el desarrollo una década o más; en los países con economías desarrolladas, donde años de crecimiento constante permitieron un aumento sostenido de los niveles de vida, una desaceleración amenaza con revertir los avances en la movilidad socioeconómica.
Y, sin embargo, un enfoque centrado en el crecimiento económico tal como se entiende tradicionalmente ya no es adecuado para su propósito. El mundo ha cambiado de maneras profundas, lo que ha remodelado las exigencias de la política económica. La crisis climática se cierne sobre las decisiones económicas, ya que más de la mitad del producto interno bruto (PIB) mundial depende de los recursos naturales en grado moderado o alto.
Las tecnologías de rápido cambio, como la inteligencia artificial (IA), crean nuevas oportunidades y también riesgos. La desigualdad está desgastando el tejido social en muchos países.
Como han demostrado los choques económicos provocados por la pandemia de COVID-19 y las interrupciones de las cadenas de suministro inducidas por el caos geopolítico, la resiliencia localizada es más importante que nunca en un mundo cada vez más interconectado.
La mentalidad de crecer a cualquier costo, común en los pasillos del gobierno y en los consejos de administración, ha contribuido en parte al daño ambiental, ha exacerbado la desigualdad socioeconómica y ha reducido las salvaguardas frente a los choques económicos en la búsqueda de la máxima eficiencia.
La cuestión no es si el mundo aún necesita crecimiento económico, que sí lo necesita, sino cuál es la mejor manera de lograr crecimiento y, al mismo tiempo, avanzar en otros objetivos esenciales de política.
El crecimiento que prioriza el avance del capital humano, la tecnología verde, la infraestructura y la resiliencia frente a los choques globales puede conducir a mayores niveles de vida y a una prosperidad verdaderamente compartida.
Imaginar este nuevo enfoque del crecimiento, que combina la sabiduría tradicional con políticas innovadoras, puede ayudar a reconstruir la confianza en la política económica, reactivar la situación económica de las poblaciones en riesgo de quedar rezagadas y abordar las incertidumbres de una nueva era económica.
Nuevas herramientas para una nueva era
Aunque el PIB es una medida útil para captar la trayectoria de una economía, es un instrumento tosco que revela poco sobre la distribución de recursos y oportunidades, el estado del medio ambiente o la resiliencia de regiones específicas.
Ampliar la perspectiva con la que los líderes observan el crecimiento no es solo un desafío intelectual interesante, sino también un desafío práctico. Asimismo, los líderes empresariales que ven un entorno incierto también deben repensar la trayectoria del crecimiento para aprovechar las grandes transformaciones que están remodelando el panorama económico.
En una encuesta a los economistas jefe de empresas y organizaciones líderes de diversos sectores, el Foro Económico Mundial preguntó si los responsables de políticas deberían perseguir el máximo crecimiento a cualquier costo o considerar a los beneficiarios de ese crecimiento.
El sesenta y cinco por ciento estuvo de acuerdo o totalmente de acuerdo en que los responsables de políticas deberían priorizar aquellas que combinen crecimiento económico y avances en otros objetivos clave, como la cohesión social, la sostenibilidad ambiental, la igualdad económica o la seguridad nacional, incluso si ello implica un menor crecimiento.
Además, casi dos tercios no vieron disyuntivas significativas entre el crecimiento y esos objetivos.
¿Qué nuevas herramientas se necesitarán en esta nueva era de la formulación de políticas económicas? El Marco del Futuro del Crecimiento del Foro introduce un enfoque multidimensional que equilibra las tasas de crecimiento con prioridades globales y nacionales más amplias.
Utiliza los datos disponibles más recientes de 84 indicadores de desempeño económico para medir en qué medida el crecimiento es innovador, inclusivo, sostenible y resiliente en 107 países.
El mundo ha cambiado de maneras profundas, lo que ha remodelado las exigencias de la política económica.
Los hallazgos son contundentes. Casi cuatro mil millones de personas viven en países con un crecimiento de menor calidad, lo que significa que, aunque las mediciones tradicionales pueden indicar una trayectoria económica nacional ascendente, ese progreso no se ha traducido en un crecimiento innovador, inclusivo, sostenible o resiliente.
Dicho de otra manera, un crecimiento alto no garantiza calidad: ninguna economía que haya promediado un crecimiento del PIB del 3% o más en los últimos cinco años alcanza el nivel superior de calidad de crecimiento, que incluye a los países que invierten en talento y tecnología, buscan que el uso de sus recursos sea sostenible y protegen sus economías frente a los choques.
Las relaciones entre los objetivos de política económica son inherentemente complejas. Algunas disyuntivas son inevitables, pero también existen sinergias que aún no se han aprovechado.
Consideremos, por ejemplo, la compleja variedad de posibles disyuntivas entre el stock de capital físico de un país y su huella ambiental: aunque el desarrollo de infraestructura es un motor clave del crecimiento en muchos países, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha estimado que los edificios son responsables del 34% de la demanda mundial de energía y del 37% de las emisiones de carbono relacionadas con la energía.
Al mismo tiempo, la investigación y la tecnología de un país pueden ayudar a mitigar el impacto ambiental del crecimiento aprovechando tecnologías como la IA, la temperatura y el flujo sensores y big data para optimizar el uso de energía en edificios y entornos urbanos.
La apertura al comercio y a la inversión extranjera sigue siendo un acelerador crítico del crecimiento de alta calidad. En particular, los países más integrados en la economía global se benefician de una mayor transferencia de conocimiento y tecnología, insumos clave para el crecimiento de alta calidad.
El mundo ha cambiado de maneras profundas, lo que ha remodelado las exigencias de la política económica.
—Saadia Zahidi, directora gerente, Foro Económico Mundial
Saadia Zahidi, directora gerente, Foro Económico Mundial
El hombre es la medida
Aunque el enfoque de cada país para definir y lograr un crecimiento de alta calidad necesariamente será diferente, existen principios comunes, un conjunto de medidas «sin arrepentimientos», que pueden ayudar a impulsar ciclos de dicho crecimiento en todo el mundo.
Las habilidades humanas y el ingenio son insumos indispensables para el crecimiento económico, y mejorar el bienestar humano debe ser el objetivo último de toda política económica. Sin un sólido ecosistema de capital humano que abarque los conocimientos, las habilidades y la salud de los trabajadores, la producción económica se ralentiza y los países no logran aprovechar las oportunidades que tienen ante sí.
Las desventajas de no invertir en capital humano son graves: el Banco Mundial ha estimado que hasta el 30% de las diferencias entre países en el PIB per cápita son atribuibles a distintos niveles de capital humano.
En los países con menores niveles de capital humano, las ganancias del crecimiento suelen concentrarse en pequeños segmentos de la población, lo que limita las perspectivas de crecimiento a largo plazo.
Por otra parte, la inversión generalizada en capital humano puede dar lugar a ciclos virtuosos de crecimiento si los beneficios económicos de la mayor productividad y del crecimiento se reinvierten luego en la población.
Aunque los mercados de frontera, como los de tecnologías emergentes, son importantes para impulsar el crecimiento, la inversión en los cimientos de las economías y las sociedades, como los bienes y servicios básicos, la conectividad digital y la electricidad, puede ser transformadora para amplios sectores de la población de un país, al proporcionarles los medios para beneficiarse del crecimiento.
Más de mil millones de personas viven en países que tienen dificultades para garantizar el acceso a agua limpia, alimentos saludables e internet. Y muchas economías de ingresos altos y medianos altos tampoco logran ofrecer un acceso confiable al transporte y la vivienda.
Avances significativos en estas áreas requerirán inversiones importantes. La UNCTAD ha estimado que se necesitan 4 billones de dólares de financiamiento anual de los sectores público y privado si los países con economías en desarrollo quieren alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, frente a 2,5 billones de dólares en 2015.
Las mayores brechas de financiamiento se encuentran en áreas clave del desarrollo económico, como la energía, el agua y el saneamiento, la infraestructura, y la alimentación y la agricultura.
Capear la tormenta
La transición hacia la energía verde puede mitigar el cambio climático al tiempo que impulsa la innovación, genera resiliencia localizada y cataliza nuevos modelos de crecimiento. La expansión de fuentes de energía limpia, como la eólica y la solar, ya ha impulsado avances significativos en la tecnología y, al mismo tiempo, ha creado nuevos empleos.
Según la Agencia Internacional de Energías Renovables, el sector de las energías renovables podría emplear a más de 40 millones de personas en todo el mundo para 2050. El cambio hacia la sostenibilidad también refuerza la resiliencia al blindar frente a los riesgos climáticos y reducir los riesgos de interrupciones en las cadenas de suministro energético mundiales.
La resiliencia requiere una multiplicidad de proveedores, redes logísticas y medios de producción. Las cadenas de valor internacionales sólidas y el comercio se cuentan entre las mejores formas de garantizar esta redundancia. Los países que obtienen las puntuaciones más altas en la métrica general de resiliencia del Marco del Futuro del Crecimiento tienden a estar más diversificados en sus fuentes de energía y en sus productos de exportación.
A su vez, los países con mayores grados de apertura tienden a crecer más rápido y a recuperarse mejor de los choques. La autosuficiencia, aunque seductora, es inalcanzable incluso para los países con las economías más avanzadas y las capacidades de producción nacional más desarrolladas.
Al mismo tiempo, la interconexión también puede reducir la resiliencia si los países no mitigan los factores de riesgo subyacentes, como la concentración de suministros de materias primas o de energía.
En lugar de replegarse hacia dentro, los países estarían mejor servidos si aseguraran y monitorearan las cadenas de suministro globales críticas y desarrollaran redes de proveedores capaces de resistir choques, al tiempo que fortalecen la producción nacional y las reservas de bienes estratégicos cuando sea necesario y posible.
Desatar la innovación
Sin embargo, la inversión necesaria para impulsar la transición verde y garantizar la resiliencia brilla por su ausencia: solo 14 de los 107 países incluidos en el Marco del Futuro del Crecimiento invierten más del 0,5% del PIB en energías renovables.
De manera similar, aunque la Agencia Internacional de Energía ha estimado que casi la mitad de las reducciones de emisiones de carbono que el mundo necesitaría lograr entre 2020 y 2050 para alcanzar un escenario de emisiones netas cero deberían provenir de tecnologías que aún no están en el mercado, la innovación en energía verde se ha limitado a un pequeño número de países, lo que ralentiza el desarrollo de posibles soluciones.
Los gobiernos y la industria deben asociarse para crear un impulso más fuerte a la difusión global de tecnologías ambientales que pueden ayudar a combatir la contaminación del aire, la gestión de residuos, el suministro de agua y el saneamiento, el almacenamiento y la distribución de energía, y la protección de la tierra y el agua.
El progreso tecnológico también puede impulsar ciclos virtuosos que estimulen el crecimiento, junto con avances en diversas otras áreas de política. Sin embargo, las inversiones en tecnologías clave por sí solas no permitirán a los países, especialmente a los países en desarrollo, cosechar los beneficios económicos de los avances tecnológicos.
Educar y capacitar a las personas para trabajar con nuevas tecnologías es igualmente crucial, incluso en el sector público, para garantizar que todos puedan utilizarlas. Sin embargo, según una encuesta del Foro a más de 10.000 directivos de todo el mundo, solo el 20% de los países cuenta con el talento digital que necesita.
También puede ser necesaria la acción y los incentivos gubernamentales para orientar el despliegue de la tecnología hacia áreas que generen resultados sociales positivos, como la salud, la educación y el cuidado de personas mayores y niños.
Para cumplir la promesa de la tecnología de impulsar un crecimiento de alta calidad, los ecosistemas de innovación necesitan una serie de instituciones y prácticas: gasto confiable en investigación y desarrollo, una cultura empresarial competitiva, sólidas protecciones de la propiedad intelectual, supervisión regulatoria y el Estado de derecho.
La integración tecnológica también exige que los gobiernos establezcan salvaguardas en materia de ética, seguridad, protección y privacidad.
El camino a seguir
La economía mundial lidia con un crecimiento débil, desigualdad y una movilidad social estancada, tanto en países desarrollados como en desarrollo. Esto plantea a los responsables de políticas un dilema. Deben alejarse de la mentalidad de crecer a cualquier costo. Pero no pueden perseguir agendas sociales, ambientales o de seguridad mientras ignoran el crecimiento agregado.
Para resolver este rompecabezas, los responsables de políticas deben abrazar la complejidad para evaluar el desempeño económico de un país, teniendo en cuenta no solo la cantidad de crecimiento, sino también su calidad.
Este enfoque equilibrado no es una política social disfrazada de nueva terminología; es una estrategia económica sólida que puede reavivar las tasas de crecimiento y, al mismo tiempo, asegurar los intereses nacionales y fomentar la prosperidad mundial.



