La desigualdad de ingresos está recibiendo atención.
La buena noticia es que sabemos cómo abordarla: gravar la riqueza mundial, proporcionar una renta básica universal, ampliar el acceso a una educación de calidad y promover el trabajo decente.
La mala noticia es que a muchos gobiernos no les interesa, y a sus electorados tampoco. Para frenar el aumento de la desigualdad, debemos entender qué impulsa la resistencia, la politización y la capacidad de respuesta de los gobiernos.
América Latina ofrece algunas lecciones útiles. Aquí, la desigualdad de ingresos ha disminuido, como lo demuestra el descenso del índice de Gini promedio del 13 % entre 2000 y 2012. Esto desafía la tendencia mundial al aumento de la desigualdad de ingresos.

La desigualdad de ingresos en América Latina disminuyó en parte debido a los cambios en el mercado laboral. Los salarios de las personas pobres aumentaron gracias al auge de las materias primas (que impulsó la demanda de mano de obra no cualificada), a una mayor cualificación (facilitada por la inversión gubernamental en educación) y a las políticas activas del mercado laboral (que hacen cumplir las leyes laborales y aumentan los salarios mínimos).
Esto se complementó con la redistribución de la riqueza. El aumento del gasto público en salud, educación y protección social mejoró tanto la cobertura como la calidad para toda la ciudadanía.
Ahora debemos entender por qué se adoptaron estas políticas. Creo que hay tres posibles explicaciones: el aumento de los ingresos públicos (debido al auge de las materias primas); la democratización (que incentivó a los partidos políticos a atraer el voto de las personas pobres); y los movimientos sociales que convierten la desigualdad en un asunto político.
Mayores ingresos públicos
Cabe sostener que el auge de las materias primas de la década de 2000 hizo posible el gasto público en beneficio de todos los sectores de la sociedad. Este auge vino acompañado de una mejora de los términos de intercambio, crecimiento económico, un aumento de la proporción entre impuestos y PIB, la condonación de la deuda, una menor dependencia de Estados Unidos y de las instituciones financieras internacionales, así como más ayuda extranjera para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Pero ¿por qué los gobiernos optaron por redistribuir la riqueza en lugar de enriquecer a las élites? Las economías latinoamericanas también crecieron en la década de 1990, pero la desigualdad siguió disparándose (al igual que ocurre hoy en Estados Unidos). En la década de 2000, sin embargo, aumentó el apoyo a los partidos de izquierda que prometían redistribuir la riqueza.

Democratización
La democratización podría ayudar a explicar la disminución de la desigualdad. El deseo de obtener votos y conservar el poder quizá haya incentivado a los partidos políticos a atraer el voto de las personas pobres y atender sus preocupaciones.
Sin embargo, no hay pruebas sólidas de que la democracia reduzca la desigualdad. Tampoco parece que la democracia aumente el gasto social en América Latina. Además, las personas más pobres no necesariamente votan por partidos de izquierda.
Dicho esto, si observamos un período de 20 años, la democratización se asocia con un aumento del gasto social y una reducción de la desigualdad de ingresos. La democratización parece propiciar otros factores importantes, como la organización de la izquierda.
Movimientos sociales
Un proceso de largo plazo ha sido la movilización social, que ha politizado la desigualdad.
Partidos indígenas, que representan a algunos de los grupos más pobres de América Latina, han tenido mejores resultados en países con movimientos sociales indígenas más fuertes y cohesionados.
Las huelgas también han tenido un efecto positivo a largo plazo en el gasto en seguridad social. Las manifestaciones han sido encabezadas por asociaciones vecinales, personas sin tierra, trabajadores desempleados, cultivadores de coca, trabajadoras domésticas, organizaciones de mujeres, pensionistas y estudiantes.
Los movimientos se desencadenaron en gran medida por el interés económico propio. El aumento de los precios, los proyectos mineros, la congelación de los salarios, los despidos masivos, la privatización, la estabilización económica y la extracción de minerales hicieron que la inacción resultara demasiado costosa para quienes protestaban.
Cambio de ideas
Aunque la movilización social fue desencadenada por la liberalización económica, luego catalizó un cambio de ideas. Al compartir experiencias en mítines y bloqueos de carreteras, reconocer agravios comunes, cuestionar la ortodoxia neoliberal, reivindicar identidades hasta entonces marginadas y ver una resistencia generalizada al statu quo, muchos latinoamericanos ganaron confianza en la posibilidad de un cambio social.
Un elemento clave son las «percepciones de las normas»: nuestras creencias sobre lo que piensan y hacen los demás. Si nunca vemos resistencia, podemos suponer que otras personas aceptan el statu quo. Así, nos desanimamos y nos mostramos reacios a movilizarnos. Estas percepciones de las normas pueden reforzar la desigualdad. Pero esto cambió en América Latina gracias a un activismo sostenido.
Las percepciones de las normas también cambiaron cuando la gente vio avances en los países vecinos. Las victorias electorales en Colombia, Ecuador y Bolivia envalentonaron a organizaciones indígenas de otros países para formar partidos políticos. Este efecto regional puede explicar en parte por qué la desigualdad disminuyó en América Latina, pero no en otros lugares.
También son pertinentes los altos niveles de urbanización de América Latina. Es más probable que las personas que viven en zonas interconectadas, heterogéneas y densamente pobladas escuchen discursos alternativos y críticos, y que sintonicen emisoras de radio comunitarias que difunden relatos positivos sobre grupos marginados. También es más probable que vean consignas de resistencia plasmadas en el arte callejero y conozcan iniciativas de activismo exitosas.
Esa exposición cambia las percepciones de las normas y genera ciclos de retroalimentación positiva. Al ver que sus pares impulsan el cambio, las personas pueden ganar confianza en la posibilidad de la resistencia colectiva y unir fuerzas. Este tipo de aprendizaje compartido es claramente mucho más difícil en las zonas más remotas.
Gracias a la creación sostenida de redes y a la resistencia, que lograron la redistribución y el reconocimiento, muchos latinoamericanos han llegado a esperar más de sus gobiernos.
Pero el cambio material no ha estado a la altura de las demandas. Los gobiernos latinoamericanos no han sabido gestionar con cuidado los auges de las materias primas ni frenar la corrupción. Cuando los precios se desplomaron, también lo hicieron estos gobiernos. Pero la desigualdad sigue siendo un asunto politizado.
Para intensificar la resistencia a la desigualdad, debemos cambiar las percepciones de las normas. Mi investigación sobre América Latina revela la importancia de ver una resistencia generalizada, reconocer el poder de la organización colectiva, lograr una respuesta gubernamental y reconocer que la desigualdad puede reducirse drásticamente.



