¿Pueden la UE y Grecia convertir las palabras en acciones?

¿Pueden la UE y Grecia convertir las palabras en acciones?
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En la reunión del 11 de febrero de los ministros de Finanzas de la eurozona ocurrió algo de lo más insólito. Había que firmar un documento y debían hacerlo todos los presentes. Contenía palabras conciliadoras para satisfacer a todos. A los países «acreedores» les decía que Grecia «exploraría las posibilidades de prorrogar el programa». Era la forma más suave que tenían los acreedores de trazar su línea roja. Incluso para los griegos, que detestan la palabra «programa», la expresión «explorar las posibilidades» parecía una salvedad razonable. A su vez, los griegos buscaban una financiación «puente» (provisional) entre el programa vigente y el que esperaban negociar. Para ellos, la expresión «salvar el intervalo» parecía adecuada.

Por eso fue algo así como una sorpresa que no se alcanzara un acuerdo ficticio. Ahora prevalece la profunda preocupación de que no haya palabras que satisfagan a ambas partes. No importa el fondo del debate: ¿qué alcance tendrá el alivio de la deuda?, ¿cuánto se relajará la austeridad? En cambio, la preocupación absorbente es si pueden encontrarse sustitutos adecuados para palabras como «programa», «troika» y «prórroga». Esa inquietud se agravó tras el fracaso del 16 de febrero en alcanzar un acuerdo sobre otro documento más.

Todo comenzó en octubre de 1970 con el Informe Werner, el plan de la unión monetaria incompleta en cuyo marco opera hoy la eurozona. Al comentar el Informe Werner, Hans Tietmeyer, expresidente del Deutsche Bundesbank, señaló lo evidente: era, dijo, «un intento de reconciliar lo irreconciliable». La marcada incongruencia económica y política de la unión incompleta —y los riesgos que ello entrañaba— saltaban a la vista de quien leyera el Informe Werner, pero se encontraron palabras ingeniosas que funcionaban para todos.

André Szász, ex alto cargo de la banca central neerlandesa, explicó este fenómeno con brillantez. En su historia, de una perspicacia asombrosa, de la unión monetaria incompleta de Europa, Szász, que participó en las deliberaciones internas desde el Informe Werner hasta el lanzamiento del euro, postuló el siguiente axioma. El Informe Werner, dijo, era:

«[…] un compromiso, no en el sentido de que los Estados miembros resolvieran sus diferencias acercando posiciones intermedias, sino en el de que acordaron documentos que, a su juicio, les dejaban libertad para seguir defendiendo su propia preferencia».[1]

Esa ha sido la historia recurrente del euro: palabras y documentos que significan cosas completamente distintas para las diferentes partes. Pero, a salvo dentro de la trampa retórica, el proceso continúa. Las incongruencias no dejan de acumularse.

Consideremos las palabras de la supuesta propuesta del 16 de febrero de las autoridades europeas. En ella se insta a los griegos a:

«[…] aprovechar al máximo la flexibilidad incorporada en el programa vigente».

¡Ah! Esa maravillosa palabra, «flexibilidad». Es —con perdón— muy flexible. Cuando el primer ministro italiano Matteo Renzi pidió «flexibilidad» en la aplicación de las reglas fiscales, la canciller alemana Angela Merkelse mostró desconcertada. Quería saber cuál era exactamente el problema. Insistió en que las reglas ya incorporaban flexibilidad. Esta, sencillamente, venía acompañada de «salvaguardias» para evitar el desorden.

Renzi se quejó durante días. Y entonces, he aquí que la Comisión Europea emitió un nuevo conjunto de instrucciones, con directrices especificadas en matrices incrustadas en otras matrices. Tras describirlas como las nuevas reglas «sencillas» que harían operativa la flexibilidad de las reglas fiscales, el asunto quedó zanjado. Las autoridades de la eurozona, que durante días habían amenazado a Italia con sanciones temibles, proclamaron su victoria. Las sanciones nunca antes utilizadas volvieron a guardarse para futuras amenazas vacías.

Grecia es importante no solo porque los griegos necesitan alivio —algo de enorme importancia por sí solo—, sino también porque el Gobierno griego insiste en cambiar la manera en que Europa lleva sus asuntos. Desde octubre de 2009, Grecia ha estado en la primera línea de la crisis de la eurozona. Cada vez, la han vuelto a integrar.

A principios de 2010, era evidente para cualquiera que quisiera verlo —y muchos no querían— que habría que reestructurar la deuda griega con acreedores privados. Sin esa reestructuración, el personal del Fondo Monetario Internacional (FMI) —uno de los integrantes de la diabólica «troika», junto con la Comisión Europea y el Banco Central Europeo— concluyó que la deuda griega no era «sostenible con un alto grado de probabilidad». Dicho sin rodeos, Grecia se ahogaba en deuda. En circunstancias normales, eso habría detenido el cuantioso préstamo del FMI que estaba a punto de concederse a Grecia. Y muchos miembros del Directorio Ejecutivo del FMI protestaron.

Pero había palabras que podían ayudar: «una exención por riesgo sistémico». Dicho más claramente, se afirmaba que, si se imponían pérdidas a los acreedores privados de Grecia, la civilización tal como la conocemos llegaría a su fin. Todos cayeron en la política basada en la retórica.

Y así, Grecia recibió cuantiosos préstamos oficiales para pagar a los acreedores privados. Y aceptó que Berlín, Bruselas y Fráncfort dirigieran su economía.

En el verano de 2012, un nuevo Gobierno griego llegó al poder. Su mandato era aliviar la carga de la austeridad para los griegos. Pero lo maduro era hacer caso omiso del mandato democrático.

Europa lleva mucho tiempo gobernada por un «despotismo benévolo» que se reconoce como tal. Sus líderes siempre saben cuál es el camino correcto. Esta idea proviene del propio Jean Monnet, fundador intelectual del Estado europeo posterior al siglo XIX. Lo afirmó directamente:

«Me pareció equivocado consultar a los pueblos de Europa sobre la estructura de una comunidad de la que no tenían experiencia práctica».

Hoy, muchos comentaristas que suscriben la doctrina de Monnet siguen desconcertados ante la insistencia del Gobierno griego en cumplir sus promesas electorales. ¿Por qué, preguntan, se resiste el Gobierno a decirles a los griegos que, después de todo, las esperanzas que se suscitaron eran poco razonables?

El Gobierno griego cuestiona tres premisas europeas: (a) el alivio de la deuda es un «no, no»; (b) los mandatos democráticos no son una base seria para negociar y actuar; y (c) las palabras pueden disimular diferencias reales. De estas tres, lo más exasperante es la falta de voluntad para ponerse de acuerdo sobre las palabras.

Por esta razón, es fácil simpatizar con el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schauble. Veterano de las negociaciones europeas y miembro destacado de gobiernos alemanes que han eludido deliberadamente al ciudadano alemán en asuntos relacionados con el euro, considera que todo esto es muy impropio. Comprensiblemente, exclama:

«Hasta ahora, ninguno de mis colegas ha entendido qué quiere realmente Grecia al final. La cuestión también es si la propia Grecia lo sabe».

También es fácil simpatizar con los ciudadanos alemanes, a quienes se les ha dicho repetidamente que el euro no les supone ningún costo.

Y así llegamos a esta encrucijada. El mayor descenso del apoyo público a la Unión Europea se ha registrado entre los más jóvenes. Durante mucho tiempo, los jóvenes, aunque estaban muy lejos de la sombra de la guerra, consideraron Europa una extensión natural de su identidad. La crisis ha sido dura para ellos. Muchos están huyendo.

El nuevo primer ministro griego nació mucho después de que se redactara el Informe Werner, mucho después de que el axioma de Szász comenzara a regir Europa, mucho después de que se volviera habitual alcanzar compromisos en documentos que significaban cosas distintas para distintas personas.

Allí donde otros han fracasado estrepitosamente, ¿será por fin el nuevo primer ministro quien socave el axioma de Szász? Si lo hace, será una victoria para Europa. Si no, continuará la sucesión de acuerdos ficticios para resolver la crisis griega. El estancamiento se agravará y las soluciones futuras serán cada vez más costosas. La tragedia griega se extenderá más allá de sus fronteras y la prueba griega de Europa continuará hasta que se den las respuestas correctas.

[1] André Szász, 1999, «The Road to European Monetary Union», Nueva York: St. Martin’s Press.

Este artículo se publicó originalmente en Bruegel Blog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Ashoka Mody es profesor visitante Charles and Marie Robertson de Política Económica Internacional en la Woodrow Wilson School de la Universidad de Princeton.

Imagen: Una bandera de la Unión Europea (UE) (al frente) y una bandera griega ondean frente al monumento del Partenón, en la colina de la Acrópolis, en Atenas. REUTERS/John Kolesidis

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