Durante siglos, las personas han debatido si el dinero puede comprar la felicidad. Nuevas investigaciones ofrecen una comprensión más completa de la relación entre lo que ganamos y cómo nos sentimos.
Puede parecer algo obvio: en general, las personas con ingresos más altos son más felices que quienes tienen dificultades económicas. Se preocupan menos por pagar sus facturas, tienen mayor libertad para elegir dónde vivir o cómo trabajar, y pueden proporcionarse a sí mismas y a sus seres queridos comodidades materiales. Sin embargo, la riqueza por sí sola no es la clave del éxito. De hecho, el tipo de dinero que se tiene y cómo lo gastan importa mucho más que un ingreso elevado.
Los fundamentos de la felicidad
Al analizar todos estos resultados de investigación, es importante entender qué se entiende por el término «felicidad». Quienes trabajan en el campo de la investigación sobre la felicidad la dividen en dos componentes, y las personas necesitan ambos para ser verdaderamente felices. Pero solo uno de esos componentes sigue mejorando cuanto más se gana. El otro alcanza un máximo a partir de cierto punto.
La primera medida de la felicidad es la «evaluativa», que puede definirse como la sensación de que la vida es buena: la persona está satisfecha con su vida y siente que avanza hacia sus objetivos. Esta es la medida que utilizan los economistas Justin Wolfers y Betsey Stevenson , quienes han llevado a cabo amplias investigaciones que comparan datos económicos y encuestas sobre la felicidad en todo el mundo. Han constatado que, en casi todos los países, las personas ricas tienden a ser más felices que las pobres. Asimismo, las personas de los países ricos son más felices que las de los países pobres. Cuando no se satisfacen nuestras necesidades básicas de alimentación, seguridad, atención sanitaria y vivienda, un aumento de los ingresos marca una diferencia desproporcionadamente mayor que cuando nos encontramos en una situación financiera relativamente estable. Además, quienes luchan por salir adelante tienen más probabilidades de sufrir inestabilidad en la vivienda, la nutrición, la educación y la salud, situaciones que provocan dolor, estrés y las exigencias prácticas de una enfermedad o discapacidad, de modo que incluso un pequeño aumento de los ingresos puede aliviar o prevenir muchas de estas situaciones adversas.
El otro componente de la felicidad se conoce como «afectivo» y se refiere a la frecuencia con la que las personas experimentan emociones positivas, como la alegría, el afecto y la paz, en lugar de emociones negativas. Daniel Kahneman y Angus Deaton de la Universidad de Princeton constataron un aumento constante de la satisfacción vital general a medida que suben los ingresos, en línea con los resultados de los profesores Wolfers y Stevenson. Sin embargo, al analizar las medidas afectivas, la felicidad no aumentaba una vez que un hogar alcanzaba un ingreso anual de aproximadamente 75.000 dólares. Los ingresos más altos se relacionan con una mayor sensación de satisfacción con la vida, pero no necesariamente con las emociones positivas que asociamos con la felicidad. Dicho de otro modo, las personas pueden pensar que su vida va bien y, al mismo tiempo, no sentir alegría, risa, comodidad ni conexión con los demás.
Entonces, ¿por qué ocurre esto? ¿Cómo puede el dinero tener un efecto relativamente débil en la felicidad de las personas más ricas?
¿Qué tipo de dinero se tiene?
Una nueva investigación de la Oficina Nacional de Estadística (ONS) del Reino Unido sugiere que el tipo de riqueza que se acumula importa mucho. La ONS pidió a las personas que valoraran su bienestar en una escala de 0 a 10 mediante una serie de preguntas, como «En general, ¿qué grado de satisfacción tiene con su vida actualmente?» y «En general, ¿en qué medida considera que lo que hace en su vida merece la pena?»
La riqueza financiera neta, que incluye acciones, participaciones y ahorros, mostró la relación más sólida con el bienestar positivo. En cambio, según la ONS, el aumento de la riqueza inmobiliaria o de los planes de pensiones personales no incrementó de forma medible el bienestar. En general, la riqueza tuvo un efecto positivo en el aumento de los niveles de satisfacción vital, de sentido de valía y de felicidad. Además, una mayor riqueza también redujo los niveles de ansiedad. Al considerar el tipo de riqueza, la riqueza financiera neta, que incluye acciones y ahorros, fue la que se relacionó de forma más intensa con el bienestar personal. En cambio, el aumento de la riqueza inmobiliaria o de los planes de pensiones personales no se tradujo en un mayor bienestar. Una posible explicación es que el dinero discrecional generado a través de acciones y ahorros permite a las personas una mayor libertad para elegir su estilo de vida. Tener estas opciones influye en la felicidad, incluso aunque las personas nunca lleguen a ejercerlas.
Curiosamente, los resultados también indicaron que los hogares con una mayor proporción de ingresos procedentes de prestaciones públicas, como la ayuda a la vivienda o la prestación por desempleo (jobseeker’s allowance), registraban un menor bienestar personal, y que el impacto parecía ser «más fuerte en los hombres que en las mujeres», según la ONS.
Así que, sí, el dinero compra felicidad, siempre que sea del tipo adecuado.
¿Cómo gasta su dinero?
Si el dinero se utiliza como herramienta pro social, y no solo como medio para alcanzar una mayor abundancia material, tiene un impacto positivo en el bienestar y fomenta la conexión social.
Numerosos estudios realizados en los últimos 10 años han demostrado que las experiencias de vida nos proporcionan un placer más duradero que los bienes materiales. Profesor asociado de psicología en la Universidad Estatal de San Francisco, Ryan Howell, constató que las personas consideran que las compras materiales ofrecen una mejor relación calidad-precio porque las experiencias son efímeras, mientras que los bienes materiales duran más. De hecho, cuando las personas analizaron retrospectivamente sus compras, se dieron cuenta de que las experiencias habían proporcionado realmente una mejor relación calidad-precio.
El profesor de psicología de la Universidad de Cornell Thomas Gilovich ha llegado a conclusiones similares. Con frecuencia, las personas hacen el cálculo lógico de que, con una cantidad limitada de dinero, pueden hacer un viaje o comprar un artículo. Razonan que el viaje es efímero, mientras que el objeto físico permanecerá. Aunque esto es objetivamente cierto, no lo es psicológicamente, porque las personas experimentan lo que se conoce como «adaptación hedónica». La adaptación hedónica describe la experiencia en la que una nueva compra material produce una emoción o una novedad pasajera que, con el tiempo, se desgasta, de modo que empezamos a dar por sentado el objeto. Un aumento de sueldo en el trabajo anima a los empleados, pero después sus aspiraciones también crecen. Un coche o un smartphone nuevo resulta emocionante al principio… hasta que aparecen los nuevos modelos, con mejoras, y se quiere más.
Las experiencias, en cambio, tienden a satisfacer más nuestras necesidades psicológicas subyacentes, porque a menudo se comparten con otras personas, lo que nos da una mayor sensación de conexión, y forman una parte más importante de nuestra identidad. Si ha escalado en el Himalaya, es algo que siempre recordará y de lo que hablará, mucho después de que todos sus dispositivos favoritos hayan acabado en el vertedero.
Más allá de nosotros mismos, gastar dinero en los demás puede generar la mayor cantidad de felicidad. Elizabeth Dunn y sus colegas demostraron en 2008 que gastar dinero en otras personas (en lugar de en uno mismo) predice una mayor felicidad. Dunn entregó dinero en efectivo a estudiantes de un campus universitario, pidiendo a algunos que lo gastaran en ellos mismos y a otros que lo gastaran en los demás. Quienes gastaron dinero en otras personas fueron más felices que quienes se lo gastaron en sí mismos. Desde entonces, ha repetido el experimento en otros países de todo el mundo y lo ha modificado para comprobar si las personas seguirían siendo felices si donaran su propio dinero, en lugar de dinero gratuito que les entregaba un profesor. En países tan diversos como Canadá, Sudáfrica y Uganda, el experimento demostró que donar dinero hacía a las personas sistemáticamente más felices. Esto se cumplió incluso cuando ellas mismas eran relativamente pobres.
Dunn también trabajó con economistas para analizar datos de encuestas de 100 países de la Encuesta Mundial Gallup (Gallup World Poll) y constató que las personas que donaban dinero a organizaciones benéficas eran más felices, tanto en países pobres como en países ricos.
Entonces, ¿cuál es la conclusión? Cuando no se tiene mucho dinero, un poco más puede marcar una gran diferencia, porque hay más necesidades básicas que cubrir. Sin embargo, a medida que se acumula más riqueza, resulta más difícil comprar más felicidad. A partir de ahí, las personas empiezan a darse cuenta de que las experiencias de vida, el uso sabio de su tiempo, que es valioso, y la conexión con los seres queridos son los verdaderos ingredientes de la felicidad.
Este artículo se publicó originalmente en The World Bank’s People, Spaces, Deliberation Blog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
Para estar al día de la Agenda suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autoría: Roxanne Bauer es consultora del departamento de Comunicaciones Operativas de Relaciones Externas y Corporativas del Banco Mundial (ECROC).
Imagen: personas disfrutan del tiempo soleado de primavera sentadas en la orilla del lago de Zúrich. REUTERS/Arnd Wiegmann.


