El mes pasado, ante la noticia de que la población blanca de Detroit está creciendo por primera vez en décadas, y de que el número de residentes aumenta especialmente en el centro, una emisora de radio local se detuvo a preguntar: «¿Es Detroit lo bastante grande para todos?»
Era una pregunta extraña, dado que la población de la ciudad es menos de la mitad de la que tenía en 1950, y hay decenas de miles de solares vacíos y casas abandonadasque dan fe del amplio espacio disponible. Si hay alguna comunidad en Estados Unidos con espacio —rincones donde construir viviendas, capacidad para acoger más ideas y personas—, esa es Detroit.
Sin embargo, los ecos de una sospecha parecida en sentido contrario están muy extendidos en nuestra forma de hablar de los lugares donde vivimos. Se dice que toda la ciudad de San Francisco está«acabada. Lista.» Tampoco queda más espacio en Silicon Valley. Brooklyn está al límite de su capacidad. Boston también. Las zonas más agradables del noroeste de Washington llegaron al límite hace mucho tiempo. El codiciado Lincoln Park de Chicago quiere menos gente. Incluso países enteros padecen ahora esta situación: Gran Bretaña sencillamente no puede acoger a esos refugiados porque, por fin, la isla está llena.
Estos argumentos esconden una afirmación poderosa, pero engañosa: es posible que un lugar se llene.
Rara vez cuestionamos esa premisa porque parece absoluta, mensurable, incluso matemática. Lo siento, no es que no quiera que te mudes aquí. Es solo que ya estamos llenos.
Pero un barrio, y mucho menos un continente, no se puede reducir al volumen cuantificable de cajas, botellas o estadios. Sabemos cuándo una bañera está llena porque el agua se desborda. Lo mismo ocurre con un autobús en hora punta, cuando la gente ya no puede moverse. Pero ¿y una ciudad? ¿Una manzana urbana? ¿Cómo se definiría algo así?
«Los economistas rechazan absolutos como “lleno” y “necesidad”», dice Joe Cortright, uno de los varios economistas urbanos a quienes consulté. «Siempre se trata de compensaciones y elecciones».
En particular, las ciudades implican compensaciones entre calles bulliciosas y economías dinámicas, entre la escasez de estacionamiento y barrios que merecen una visita, entre vagones de metro abarrotados y la multitud que hace posible el metro.

Así pues, desde el punto de vista de un economista, no existe un lugar lleno. Mucho menos en Estados Unidos, donde, como dice la profesora de urbanismo Sonia Hirt, nuestros barrios tienen una «densidad asombrosamente baja» en comparación con el resto del mundo industrializado. Quizá la geología de una zona concreta no permita construir los cimientos de un rascacielos de una milla de altura. Pero, en general, siempre podemos optar por crear más espacio, construir edificios más altos y densos, mejorar las escuelas y replantear las carreteras para que quepa más gente.
Que no lo hagamos no se debe a una limitación de la física. Es una cuestión política disfrazada de física.
«Cuando la gente dice que un lugar está “lleno”, para mí es una forma abreviada de decir que no está dispuesta ni siquiera a plantearse los retos que supondría remodelar el espacio», afirma George McCarthy, presidente del Lincoln Institute of Land Policy.
«Una de las consecuencias de estar “lleno”, o de decir que se está “lleno”, es concluir que la calidad de vida del lugar nunca será mejor de lo que es ahora», continúa. «Eso es lo que la gente realmente está diciendo. Está diciendo: “Cualquier cambio que se haga exigirá algún tipo de sacrificio que no estamos dispuestos a hacer”».
Según esta lógica, la última persona que se muda a San Francisco, Portland o incluso Detroit es siempre, milagrosamente, la última en colarse antes de que las puertas se cierren de golpe.
McCarthy afirma: «Este es el mantra estadounidense: yo ya estoy aquí; se puede detener todo desarrollo».
Un profundo malentendido sobre las ciudades
Todo lo que sabemos sobre las ciudades indica que, de hecho, la calidad de vida no disminuye cuando llega más gente; ocurre lo contrario. Las poblaciones más densas permiten ofrecer más servicios (museos, equipos de béisbol, restaurantes) y también servicios más diversos (¡locales coreanos, etíopes y peruanos!).
Por eso tanta gente quiere vivir en San Francisco, y por eso a los turistas les gusta visitar Manhattan. Los lugares que vale la pena conocer están ahí precisamente porque también hay mucha otra gente.
El espacio reducido de las ciudades también nos hace más eficientes en el uso de la energía, como sostiene el economista Ed Glaeser, porque 20 hogares en un edificio de apartamentos consumen menos recursos que 20 hogares en casas unifamiliares.
Además, al concentrar cada vez más trabajadores en un mismo lugar, se crean centros dinámicos como el Garment District de Nueva York o el corredor biotecnológico de Boston, donde quienes trabajan en los mismos problemas se encuentran y comparten ideas y proveedores y aumentan su productividad. Si una ciudad tiene más habitantes, la economía crece. Es lo contrario de los rendimientos decrecientes. Los costes ambientales por persona incluso pueden mejorar. En California, azotada por la sequía, algunos de los niveles más bajos de consumo de agua per cápita se registran en San Francisco.
«Afirmar que una zona puede “llenarse” implica suponer que existe una relación con la huella ecológica, como si fuera una ley física, según la cual cada persona adicional utiliza la misma cantidad de recursos», dice Matthew Kahn, profesor visitante de Economía en USC. «Pero la idea central de la economía es que siempre podemos sustituir insumos. Podemos construir hacia arriba o hacia abajo. Siempre hay posibilidades de sustitución que permiten lograr más con menos».
Por supuesto, añadir más gente también acarrea costes, y algunos son difíciles de gestionar. Puede haber más congestión y contaminación. Aparcar se vuelve más difícil.Las escuelas se llenan. Pero hay formas de afrontar esos inconvenientes (por ejemplo, sugiere Kahn, tarifas por congestión y precios dinámicos del estacionamiento). Y la verdadera pregunta para cualquier comunidad es si esos costes han aumentado tanto que superan todos los beneficios.
«En la gran mayoría de las ciudades de Estados Unidos», afirma el economista de Berkeley Enrico Moretti, «estamos muy lejos de ese punto».
Eso también se aplica al Área de la Bahía, dice, donde una crisis de vivienda ha surgido del temor de que la región no pueda soportar a todas las personas que quieren vivir allí.
«Es evidente que San Francisco podría tener millones y millones de habitantes si construyéramos rascacielos en cada parcela», dice Moretti. «No tiene mucho sentido hablar de eso, porque nadie quiere que ocurra. Yo no lo quiero. No creo que eso sea lo que está en juego».
Lo que está en juego, dice, es toda la vivienda que el Área de la Bahía podría añadir sin alterar sustancialmente su carácter ni convertirla en Hong Kong. Basta con sustituir los estacionamientos en superficie y aprovechar los terrenos poco desarrollados cerca de las estaciones de tren, añadir uno o dos pisos aquí y allá sin cubrir las colinas pintorescas de asfalto, y Moretti calcula que el Área de la Bahía tiene espacio para un 30-40 por ciento más de personas.
En la ciudad de Los Ángeles, sustituir casas unifamiliares por edificios modestos de cuatro viviendas permitiría construir casi 2 millones de nuevas viviendas, dice Devin Bunten, estudiante de doctorado que trabaja con Kahn. «Cuesta imaginar que nuestra ciudad se enfrentara a una crisis de alquileres», dice Bunten, «si permitiéramos que ocurriera algo así».
El problema, sostiene Bunten, es que los costes de acoger incluso a algunas de esas personas (como disponer de menos estacionamiento) suelen ser visibles justo delante de nuestras casas, mientras que los beneficios (una economía regional más productiva) se hacen sentir en un territorio más amplio. Y, lo que es crucial, decidimos cómo utilizar el suelo en esta primera escala, no en la segunda.
Se aprueban permisos para nuevas viviendas y los partidarios de «No en mi patio trasero» (NIMBY) se acercan al micrófono en las reuniones locales de planificación. Y así, al parecer, estamos llenos. No podemos ceder ni un centímetro. El barrio pertenece a quienes ya viven aquí, y cualquiera que quiera entrar solo será una amenaza.
«Desde el punto de vista económico, me parece profundamente preocupante», dice Moretti, «porque limitar la oferta de viviendas agravará el problema, en vez de mejorarlo. Pero también refleja un profundo malentendido sobre la naturaleza de las ciudades. Las ciudades siempre han cambiado a lo largo de los siglos. Las ciudades estadounidenses han cambiado enormemente de formas diversas e inesperadas, y tratar de levantar barreras a su alrededor es profundamente contrario a lo urbano».
Esto no significa que nadie tenga derecho a vivir en una casa unifamiliar si desea tener jardín y algo de privacidad. Significa que quien vive en esa casa no tiene derecho a mantener inmutable el mundo a su alrededor para conservar una plaza de estacionamiento. «Un economista preguntaría: “¿La compró?”», dice Kahn. «¿Por qué tendría esa persona derecho a encontrar fácilmente una plaza en su manzana?»
Los NIMBY y la desigualdad
Durante gran parte del siglo XX en Estados Unidos, la posibilidad de trasladarse de un lugar a otro —de pueblos agrícolas a ciudades industriales, de los estados del sur a los del norte— fue una vía fundamental que utilizaron las personas pobres para acceder a oportunidades. Así ocurrió, por ejemplo, durante la Gran Migración y el Dust Bowl.
De forma sorprendente, los investigadores Peter Ganong y Daniel Shoag sugieren que casi un tercio de la reducción de la desigualdad económica en Estados Unidos durante el siglo pasado, hasta 1970, puede explicarse por el traslado de trabajadores de estados pobres a estados ricos.
Pero desde entonces algo ha cambiado. Antes, los precios de las viviendas en California eran más o menos iguales a los de Michigan o Connecticut. Hoy, el coste de la vivienda varía enormemente en todo el país y, señalan los economistas, esas diferencias se han ampliado al mismo tiempo que aumentaba la oposición al crecimiento —y se aprobaban leyes para frenarlo— en estados como California.
Ahora es muy caro vivir en las comunidades que, en la práctica, se han declarado «llenas». Y la consecuencia más amplia es que esto no solo obliga a los jóvenes del sector tecnológico a alquilar literas de mil dólares en Silicon Valley; también cierra una vía para reducir la desigualdad de las personas pobres que podrían mudarse allí.
William Fischel, quien lleva mucho tiempo estudiando el uso del suelo en Dartmouth, tiene algunas teorías fascinantes sobre lo que cambió en la década de 1970. Por un lado, la Ley nacional de Protección Ambiental dio poder a los residentes locales preocupados por el coste ambiental de los nuevos desarrollos. Pero la década de 1970 también fue una época en que empezamos a considerar nuestras viviendas no solo lugares donde vivir, sino inversiones financieras para el futuro.
Y es lógico que quienes creen que sus viviendas permitirán a sus hijos ir a la universidad o financiar su jubilación quieran protegerlas más.
«Fue entonces cuando la gente empezó a mirar a su alrededor y a preguntarse: “Bueno, ¿qué podría amenazar el valor de esta casa?”», dice Fischel sobre la década de 1970. A los residentes ya no les preocupaban las antiguas cuestiones de zonificación, como mantener separadas las fábricas y las viviendas. «Les preocupaba que, si construían otro conjunto de viviendas allí, las escuelas se llenarían y habría más tráfico. Se volvieron extremadamente sensibles a los efectos en la comunidad. Y empezaron a presentarse a las audiencias de zonificación».
Hablar del valor de las propiedades en una reunión pública es de mal gusto, dice Fischel, pero las preocupaciones que expresa la gente en su lugar están claramente relacionadas.
En su nuevo libro, «Zoning Rules!» Fischel utiliza con ingenio un Google Ngram, que registra la frecuencia de las palabras en libros digitalizados, para seguir el aumento de nuestra obsesión por el valor de las viviendas frente al auge del interés por limitar el crecimiento. Aquí hemos reproducido su experimento:

Google Ngram Viewer
Al parecer, tardamos un poco en encontrar un nombre para las personas

Google Ngram viewer
Esta nueva actitud de los últimos 30 años se ha superpuesto a un instinto estadounidense que siempre ha estado presente.
«Formaba parte de la promesa original: si vienes de Europa a Estados Unidos, tienes tu propio espacio, tu propia casa, una casa privada con espacio de sobra respecto a los vecinos», dice Hirt, experta en urbanismo de Virginia Tech, quien ha escrito un nuevo libro sobre la historia de la zonificación en Estados Unidos.
En Estados Unidos existe una arraigada percepción cultural del espacio: todos deberíamos tener mucho, hasta el punto de que una localidad con una familia por acre puede considerarse llena. Y no se debe solo a que tengamos un país grande; Rusia también tiene mucho terreno, señala Hirt. Sin embargo, sus ciudades son mucho más densas.
Por supuesto, lo que se basa en la cultura y la política —y no en la física— puede cambiar. Así que quizá podamos aprender a vivir de otra manera.
«Todo el que vive en San Francisco piensa que San Francisco siempre ha sido y siempre será un lugar magnífico», dice McCarthy, director del Lincoln Institute. «Estuve en San Francisco en 1971 y no era tan magnífica. En realidad, estaba en muy mal estado».
En aquel entonces la ciudad perdía población y tardó muchos años en recuperarse. Ahora pensamos que los microapartamentos de un millón de dólares son la norma.
«Pero dentro de 40 años, San Francisco podría parecerse a Detroit. Y podría parecerse a Detroit porque la gente haya decidido dejar de evolucionar y adaptarse», dice McCarthy. «Y, en vez de hacer que funcionen los lugares que nos importan, nos desplazamos por el planeta».
Este artículo se publica en colaboración con WonkBlog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Emily Badger es periodista de Wonkblog y cubre temas de política urbana.
Imagen: Vista aérea del distrito financiero. REUTERS/Beawiharta.


